Su mirada se elevó lentamente. Se revolvió en su propia incomodidad al sentirse suspendido, colgado como un animal listo para el sacrificio.
Intentó hablar, pero la mordaza apenas le permitió soltar un jadeo húmedo que se mezcló con el golpeteo constante de la lluvia contra el techo de zinc de la bodega. Ese sonido nos protegía. Lo habíamos planeado así.
Ethan fue el primero en ponerse de pie. Ale lo siguió sin necesidad de palabras. Yo permanecí observando, extasiado por la sensibilidad del momento. Había algo adictivo en ver cómo el miedo se asentaba en los ojos de alguien que entendía que no tenía escapatoria.
El primer latigazo cortó el aire.
Luego vino el grito ahogado.
Después otro golpe. Y otro. Y otro más.
La lluvia cubría cada sonido hacia el exterior, pero dentro se formaba una sinfonía privada: cuero rompiendo piel, respiraciones agitadas, gemidos sofocados, el eco húmedo de la sangre comenzando a caer. La ropa empapada se adhería a mi cuerpo y el frío solo intensificaba la claridad con la que percibía cada estímulo.
Se detuvieron cuando la tela se desgarró junto con fragmentos de piel. La sangre comenzó a fluir con más libertad, dibujando líneas irregulares por su espalda. Lloraba. Temblaba.
Nosotros apenas comenzábamos.
Nos acercamos. Ethan, Ale y yo contemplamos el resultado. Colgado, golpeado, sangrando. Respirando como si cada inhalación fuera un privilegio que no merecía.
Había un cubo con agua acumulada. No me molesté en comprobar su contenido. Lo lancé contra su espalda abierta. El líquido arrastró suciedad, sangre y restos de piel desgarrada. El hombre se arqueó en un espasmo silencioso.
—¿Continuamos? —preguntó Ale, con una calma que parecía profesional.
Asentí.
—Déjenlo descansar un poco. Luego sigan. Pero no lo maten. Solo necesita entender el mensaje.
Ethan sonrió apenas.
—Ya escucharon a mi hermanito. Nosotros nos vamos.
Salí primero. El aire frío de la noche se sintió distinto después del calor espeso de la bodega.
El camino a casa fue silencioso. El sonido del limpiaparabrisas marcaba el ritmo hasta que Ale rompió la quietud.
—¿Vale la pena involucrarte más en esto por ella?
No supe responder de inmediato.
Me había obsesionado con alguien que no conocía del todo. Y aun así, esa obsesión no se sentía incorrecta. Se sentía… inevitable. Segura.
—No lo sé —respondí al fin—. Pero se siente bien intentarlo.
Vi la mirada fugaz de Ethan en el retrovisor. Preocupación. Algo más profundo que desaprobación. Ale me miró igual. Nadie dijo nada más.
Al llegar, mamá nos esperaba con la cena servida. Papá intentaba disimular su curiosidad al vernos juntos. No solíamos salir los tres. No desde que Paris y Kevin se habían ido de la ciudad. Antes siempre estábamos en su casa. Era un recuerdo bueno… o al menos lo había sido.
Hasta que vi a Paris salir de mi habitación.
La rabia me subió por la garganta antes de poder contenerla.
—¿Qué hacías allí?
Sonrió. Esa sonrisa ladeada que siempre parecía esconder algo.
Dijo que no era forma de recibir a una hermana mayor. Lo dijo como si la palabra hermana no hubiera sido enterrada tres años atrás.
Ale intervino antes que yo. Siempre lo hacía. Le recordó que había negado compartir sangre conmigo cuando se fue, que no podía volver ahora reclamando autoridad moral. Mamá observaba en silencio, los ojos grises entrecerrados, como si yo ya hubiera cometido un crimen invisible.
Paris avanzó un paso. Me miró fijo. Quiso perforar.
Preguntó si sus palabras habían ofendido al “pequeño asesino”.
Sentí el impulso en las piernas antes de pensarlo. Di un paso, pero Ethan me sujetó. No era un abrazo. Era contención. Era advertencia.
Mamá gritó su nombre. Papá se puso de pie, decepcionado, colocándose al lado de Ethan como si yo fuera el verdadero peligro.
Me reí.
Un sonido áspero, sin humor.
Incliné la cabeza.
Le pregunté por qué sus palabras habrían de ofenderme. Luego la llamé ramera.
El golpe fue inmediato.
El sonido seco resonó en la habitación. El sabor metálico inundó mi boca. El ardor en la mejilla se extendió con precisión quirúrgica.
Sonreí.
Entonces mamá salió de la cocina y abofeteó a Paris.
Dijo que no permitiría que volviera a golpearme.
La indignación cruzó el rostro de mi hermana como si la traición hubiera sido contra ella.
Y ahí lo entendí.
En esa casa nadie defendía a nadie. Solo elegían bandos.
Y yo siempre había sido el error que intentaban controlar.
O al menos así me hacían sentir.
Me solté del agarre de Ethan para que entendiera que ya me había calmado. Mamá ordenó que nos sentáramos a la mesa y fingir normalidad. Subrayó esa palabra mirándome directamente.
Como siempre.
Como si el único anormal allí fuera yo.