"Dime las cosas terribles que has hecho y déjame amarte de todos modos".
— Edgar Allan Poe.
Luego de la increíble cena “familiar”, me encontraba en mi habitación, sentado en la cama y divagando entre mis pensamientos. El eco de la bofetada de Paris aún vibraba en el aire. Sentí la vibración de mi celular; al sacarlo, vi un remitente extraño: Camilo.
Nuestras interacciones solían ser mordaces, pero su mensaje era aún más extraño que el hecho mismo de que me escribiera: —“¿Puedes salir? Tenemos que hablar”.
No respondí. Me asomé por la ventana y lo vi allí, como un espectro bajo la luz mortecina del poste. Le lancé una piedra para llamar su atención. —¿Qué sucede? —pregunté, sentándome en el borde del marco. Agradecí que mi habitación fuera la única en el primer piso.
Camilo se detuvo a un par de metros, la oscuridad afilando sus facciones. —Ethan ya le informó a Goliat lo que hiciste —soltó—. El tipo está vivo, pero sigue desaparecido para el resto del mundo. Se quedó callado, examinando mis manos, mi ropa, mi cara. Buscaba los rastros de la bodega que yo aún sentía bajo las uñas. —Dispara. Tienes algo más que preguntar —escupí con desgana.
—¿Estás obsesionado otra vez? —dijo al fin. Su curiosidad burlona me resultó exasperante. Por inercia, golpeé mis dedos contra la pared, imaginando que era su cabeza. —¿Qué tiene que lo esté? —respondí, tensándome. Ya me irritaba que lo notaran tanto. Él levantó las manos en señal de rendición. —¿Por qué repetir el patrón ahora? —Él conocía mi pasado; él estuvo involucrado—. Ha pasado un tiempo. Tu relación con Paris y Kevin es un desastre, y ella no te quiere ver ni en pintura. ¿Por qué justo este año?
Me colmó la paciencia. Golpeé la pared con fuerza, bajando la mirada. ¿Qué les importaba qué tan lejos llegaría ahora? —Lárgate. —David... tú no perteneces a este mundo. Ya deberías saberlo.
Sus palabras calaron hondo. Miré la calle solitaria hasta que su figura se perdió en la esquina. Al girarme, Paris estaba en la puerta, analizándome. —David... no deberías estar despierto. Mañana tienes clase. Su voz era baja, inusual. Sentí la necesidad de obedecerla. Nuestras miradas se cruzaron; vi preocupación tras su máscara gélida. —Solo iba a fumar un rato —dije, desviando la vista. Ella me dio un manotazo en el hombro y sonrió forzadamente. —Te vas a volver viejo antes de salir de la secundaria. Extendió la mano pidiéndome un cigarro. Precisamente con ella había aprendido a fumar.
Esa noche no dormimos. Nos quedamos junto a la ventana recordando viejos tiempos: las veces que me golpeaba por fumar sin ella o cuando derramamos detergente en el baño. Fue liberador; la ira se disolvió entre carcajadas. El sol nos tomó desprevenidos, sentados en la cama mirando al techo.
Al llegar a la escuela, tras el sermón de mi madre, mis hermanos se despidieron en la puerta. Fui directo a buscar a Xiomara. Trataba de convencerme de que solo quería saber si estaba bien, ocultando la verdadera necesidad de que ella me mirara.
Necesitaba que estuviera sola. Mi mente se arremolinó en comparaciones: antes necesitaba a Paris para todo, luego fue "ella" y ahora era Xiomara. Sus ojos cafés, su piel caramelo, su cabello rizado y esas pecas casi imperceptibles alimentaban mi hambre de tenerla, de poseerla de forma absoluta. Quería saber que esta vez ella no se iría, que podía ser diferente.
"MÍA". El pensamiento intrusivo me sacudió mientras caminaba a su salón, desesperado por encontrar validación en el momento en que sus ojos se cruzaran con los míos.
—¿A dónde vas tan apresurado? —preguntó Seraph, apareciendo de la nada.
Sentí que podía matarla con la mirada en ese mismo instante.