Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Verano: parte IX

—No es de tu incumbencia —respondí tajante.

En ese momento, Seraph me sujetó del brazo, obligándome a detenerme. La fulminé con una mirada gélida mientras mis músculos se tensaban bajo su toque. Ella no titubeó; al contrario, apretó su agarre con más fuerza mientras se acercaba a mí, invadiendo mi espacio personal.

—Claro que me incumbe... No puedes ir por ahí haciendo estupideces.

¿Estupideces? La ironía me quemó la garganta. Ahora resultaba que mis acciones eran simples tonterías.

—¡Suéltame! —tiré de mi brazo con violencia. Mi mandíbula se apretó tanto que dolió en el instante en que logré zafarme por la fuerza.

Ella intentó alcanzarme de nuevo, pero la voz de Camilo resonó detrás de nosotros, cortando el aire como un cuchillo.

—Suéltalo, Seraph.

Ella accedió mascullando algo inaudible, pero no se atrevió a cuestionarlo. Camilo y yo cruzamos miradas durante un segundo cargado de pesadez, hasta que él rompió la tensión con un recordatorio seco:

—Hay reunión hoy. No falten.

Se alejó en silencio, dejándonos solos de nuevo. No perdí ni un segundo; me giré para irme, buscando desesperadamente el aula de Xiomara, y entonces la vi. Iba llegando a su clase, ajena a la tormenta que yo cargaba encima. Me apresuré a interceptarla.

—Xiomara... —su nombre salió con un rastro de nerviosismo que odié.

Me acerqué tratando de fingir una naturalidad que no tenía, una máscara que escondía el miedo visceral a que me rechazara.

—¿Me necesitabas, David?

Por fin. Sus ojos cafés se encontraron con los míos. Quería responder que sí, gritarle que la necesitaba tanto como el aire que respiraba, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Me limité a asentir, soltando un pequeño suspiro que delataba mi alivio.

—¿Cómo estás hoy? ¿Ya te sientes mejor? —pregunté.

Me interesé por su bienestar, un gesto que con cualquier otra persona me habría parecido asqueroso. Esas palabras, que jamás habrían salido de mi boca por nadie más, dejaban claro que para mí ella no era “alguien”: era el error magnífico que hacía que mi sistema, tan estricto y gélido, se fuera directo a la mierda.

Sin previo aviso, puso sus manos en mi rostro. El cuerpo entero se me tensó. Una descarga eléctrica recorrió mi columna, desarmándome por completo y dejándome a su merced. Sus manos frías se sentían gloriosas contra mi piel caliente, mientras acariciaba mis mejillas con la suavidad de sus pulgares.

—Deberíamos ir a clases —murmuró.

Quise protestar, decirle que sonaba igual que mi madre, pero no pude articular sonido. Se puso de puntillas y dejó un beso suave en mi frente antes de apartarse. Su sonrisa final, antes de cruzar el umbral del salón, me dejó allí plantado, aturdido por un placer que me costaba procesar.

Fui a clases instantes después, pero no procesé ni una sola palabra de las explicaciones. Mi mente se negaba a abandonar el aula de Xiomara; volvía, una y otra vez, a esa pequeña muestra de afecto. Me estaba afectando demasiado, debilitando las paredes que tanto me había costado levantar.

Cuando las clases terminaron, sentí un ligero alivio que duró apenas unos segundos. Mi verdadera preocupación emergió entonces: la maldita reunión. Mi único día de buen humor en la semana se evaporó al recordar el compromiso. Sabía de qué se trataba; probablemente era el momento de discutir qué habíamos hecho realmente con el padrastro de Xiomara.

Al llegar al lugar, me recibió ese olor de siempre: pútrido, nefasto, asqueroso. Un aroma que se pegaba a la garganta y te recordaba dónde estabas. Dentro ya estaban todos, sumidos en una calma tensa. Solo esperaban a Goliat y a mí.

Pronto sabríamos el motivo real de la convocatoria. De momento, me senté en mi lugar de siempre, junto a Seraph, y simplemente esperé. El silencio en la sala era más pesado que cualquier grito.




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