De momento, solo quedaba esperar. Goliat entró con su paso pesado, rompiendo el silencio como un trueno lejano. Se sentó al frente y nos recorrió con esa mirada que no admitía tonterías.
—Bien, ya estamos todos. David, tú lideraste lo del padrastro de la chica. Cuéntanos exactamente qué pasó.
Relaté todo con frialdad: la entrada, los golpes precisos, el mensaje claro. No mencioné la rabia que me quemaba por dentro cada vez que imaginaba a ese hombre cerca de Xiomara.
Seraph me observaba con los labios apretados. Camilo tamborileaba los dedos. Goliat gruñó al final:
—Bien hecho. Pero el tipo tiene contactos con los del sur. No se va a quedar callado. Hay que estar listos.
La reunión se alargó al hablar de vigilancia y rutas. Mi cabeza estaba lejos, en las manos frías de Xiomara sobre mi cara y ese beso en la frente.
Cuando terminamos, la noche ya estaba cerrada. Caminé hacia casa con las manos en los bolsillos. Llegué a la casa de dos pisos de siempre, donde vivo con mis padres y mis cuatro hermanos: Ale el mayor, Ethan el segundo, Paris la tercera y el cuarto. Yo soy el menor, el quinto, y apenas voy en primero de secundaria.
Al entrar, el olor a comida estaba ahí, pero el ambiente ya era pesado. Mi mamá estaba en la cocina. Apenas me vio, soltó el trapo con fuerza.
—¿Otra vez llegando a esta hora, David Alexander? ¿Dónde carajos estabas?
—No es de tu incumbencia —respondí seco, sin mirarla.
—¡No me hables así! —gritó ella, y el sonido del trapo golpeando la encimera resonó como un disparo en la cocina—. En esta casa todavía hay reglas, y tú no eres más que un niño que apenas sabe amarrarse las botas.
Me detuve en seco, pero no me giré. La ironía me provocó una punzada de risa ácida en el estómago. Si ella supiera que esas mismas botas habían pisado la sangre del padrastro de Xiomara apenas unas horas antes, quizás no me llamaría “niño”.
—Reglas que solo parecen aplicarse a mí —solté con voz gélida.
Escuché sus pasos rápidos acercándose. Me tomó del brazo con esa fuerza desesperada que tienen las madres cuando sienten que están perdiendo el control sobre algo que nunca entendieron. Me obligó a mirarla. Sus ojos grises, iguales a los míos, buscaban algo en mi rostro: una señal de arrepentimiento, una pizca de la inocencia que se quedó enredada en aquel cordón umbilical hace diecisiete años. No encontró nada.
—Tus hermanos... ellos al menos guardan las apariencias —susurró, y su voz se quebró un poco—. Pero tú, David... tú tienes esa mirada. La misma mirada de tu hermano que no llegó a respirar. Como si estuvieras muerto por dentro.
Ese golpe dolió más que la bofetada de Paris. Me solté de su agarre con un movimiento brusco.
—Entonces deja de intentar revivir a un muerto, mamá.
Subí las escaleras a zancadas. Al pasar por el pasillo, vi las puertas de las habitaciones de mis hermanos. Ethan, Ale, Paris... todos estaban ahí, en silencio, refugiados en sus propias sombras, siendo los cómplices silenciosos de mi doble vida. Éramos una familia de extraños compartiendo el mismo techo de dos pisos, una farsa perfecta que empezaba a desmoronarse.
Me encerré en mi cuarto y me desplomé en la cama sin quitarme la chaqueta de cuero. El olor de la bodega —metal, humedad y miedo— parecía haberse quedado impregnado en los poros de mi piel. Saqué el celular y miré la última conexión de Xiomara.
“Mía”, volví a pensar, pero esta vez el pensamiento no fue un rugido de poder, sino un lamento. Ella era lo único real, lo único limpio en medio de este fango que yo llamaba vida.
Cerré los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, sentí frío. No era el frío de la lluvia de verano, sino algo más profundo, algo que venía de adentro. El calor de la batalla y la adrenalina del “Gato Negro” se estaban apagando, dejando paso a una quietud gris y amenazante.
El verano había terminado. Y yo sabía, por la forma en que el viento silbaba contra mi ventana, que lo que venía no tendría piedad de ninguno de nosotros.
(Gracias a todos por leer este libro, espero de su segunda parte tanto como disfrutaron de la primera, os quiero.)