Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Invierno: Parte II

Luego de la reunión en la bodega, arrastré los pies de vuelta a casa. Al entrar, el aire se sintió distinto, cargado de una presencia que no esperaba volver a sentir tan pronto: Kevin.

Era mi cuarto hermano mayor. En cuanto nuestras miradas se cruzaron en la penumbra del pasillo, no pude evitarlo; simplemente me rompí. Las lágrimas corrieron por mis mejillas con una libertad que me resultó ajena, nublándome la vista por completo.

No lo entendía. Tampoco quería hacerlo. Deseaba con todas mis fuerzas fingir que todo esto era un sueño, que la bodega, la sangre y el “Gato Negro” no existían. Pero cualquier rastro de negación se fue al demonio en el instante en que me rodeó con sus brazos.

Me tensé. No fue por miedo, ni mucho menos por odio. Fue la culpa. Me sentía sucio, pesado y miserable bajo su abrazo. Era una ironía cruel: solo con Paris y Kevin podía permitirme desmoronarme y llorar como el niño pequeño que todos en esa casa insistían en que era, pero que yo sabía que había dejado de ser hace mucho tiempo.

—David... te dejaron una caja.

Sus palabras fueron un segundo golpe, uno seco y directo al estómago que me dejó sin aire. Aparté la mirada de Kevin para encontrar a Paris; sostenía una caja pequeña con una curiosidad contenida que me puso los pelos de punta.

—Solo estamos nosotros tres en casa —añadió ella con voz queda—. Ale salió con mamá y Ethan sigue en el trabajo.

Me acerqué con las manos temblorosas. Al abrirla, mi mente barajó mil posibilidades atroces, pero la realidad fue mucho más sutil y aterradora. Eran cuatro fotografías.

En la primera, Paris caminaba junto a mamá. En la segunda, mis mejores amigos, Juan y Cristian, reían en una esquina sin sospechar que alguien los encuadraba desde las sombras. En la tercera aparecía Xiomara, desprevenida, hermosa. Y la última... la última éramos Xiomara y yo. Todas habían sido tomadas desde la distancia, con ese ángulo granulado y furtivo de quien estudia a su presa antes de atacar.

Me congelé. El frío de invierno se me metió en los huesos de golpe. Ya estaban aquí. Estas fotos no eran un recuerdo; eran una lista de objetivos. Era la prueba irrefutable de que el “Gato Negro” había sido detectado y que los del Sur estaban marcando el territorio alrededor de lo que más amaba: mi familia, mis amigos y ella.

Kevin se acercó por detrás y miró por encima de mi hombro. Su respiración se detuvo un segundo al ver la foto de Xiomara.

—¿Quién es ella? —preguntó en voz baja, casi temiendo la respuesta.

—Xiomara —respondí con la garganta cerrada—. Es… es importante.

Paris soltó un suspiro largo y se sentó en el borde de la cama de mi cuarto. La caja quedó sobre mis piernas como una bomba a punto de explotar. Tomé la foto donde aparecíamos Xiomara y yo caminando juntos. En ella se veía claramente mi mano sosteniendo la de ella. Alguien nos había seguido. Alguien nos había visto.

—No es una amenaza cualquiera —dijo Kevin, cerrando la puerta del cuarto con llave—. Esto es profesional. Las fotos tienen marca de tiempo de hoy mismo, después de la reunión. Saben dónde vives, saben quiénes somos.

Me pasé las manos por la cara, todavía húmeda de lágrimas. La vergüenza de haberme roto frente a ellos se mezclaba ahora con un miedo visceral, profundo, que me retorcía las tripas. No era miedo por mí. Era terror puro de que tocaran a Xiomara, de que lastimaran a Paris o a mamá solo para llegar a mí.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Paris. Su voz, normalmente firme y cortante, ahora temblaba ligeramente—. No podemos contarle a mamá. Se volvería loca. Papá… bueno, papá no haría nada.

Kevin se pasó una mano por el cabello corto y negro, igual al mío. Era el único de mis hermanos que realmente me entendía, el que había visto pedazos de mi oscuridad sin juzgarme del todo.

—Primero, tú nos vas a contar todo, David. Desde el principio. Sin mentiras. ¿En qué mierda estás metido?

Me quedé en silencio unos segundos, mirando las fotos esparcidas sobre la colcha. Luego empecé a hablar. Les conté todo: cómo entré a las Siete Grandes Calamidades, cómo Goliat me había dado el nombre de “Gato Negro”, la golpiza al padrastro de Xiomara, la reunión de anoche, las conexiones con los del Sur. Les hablé de Seraph, de Camilo, de la bodega que olía a humedad y sangre. Les hablé de Xiomara y de cómo ella era lo único que me mantenía con algo parecido a un alma.

Cuando terminé, el silencio en el cuarto era tan denso que se podía tocar.

—Eres un niño de trece años… —susurró Paris, con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo carajos llegaste tan lejos?

—No soy un niño —respondí con voz ronca—. Dejé de serlo hace tiempo.

Kevin se levantó y empezó a caminar de un lado a otro del pequeño cuarto.

—Tenemos que movernos rápido. Esas fotos son un mensaje claro: “Sabemos dónde golpear”. Lo primero es proteger a Xiomara y a mamá. Ale y Ethan deben enterarse también, aunque sea a medias. No podemos seguir fingiendo que esto es solo problema tuyo.

Me levanté de golpe. La rabia empezaba a reemplazar al miedo.

—No. Esto es mío. Yo lo empecé y yo lo termino. No voy a arrastrarlos más.

Paris soltó una risa amarga.

—Demasiado tarde, enano. Ya estamos adentro. Esa foto mía y de mamá lo deja muy claro.

En ese momento escuchamos la puerta principal abrirse. Voces de mamá y Ale entrando. Kevin guardó las fotos rápidamente dentro de la caja y la metió debajo de mi cama.

—Ni una palabra ahora —advirtió—. Mañana hablamos con todos.

La cena esa noche fue una de las más tensas que recuerdo. Mamá seguía enfadada conmigo por llegar tarde, pero notaba que algo más pesado flotaba en el aire. Me miraba de reojo, como si intentara leer en mi cara lo que yo no quería mostrar. Papá comía en silencio, como siempre. Ale y Ethan hablaban de fútbol, pero sus miradas se cruzaban conmigo de vez en cuando. Paris y Kevin actuaban normal, pero yo sabía que estaban tan alertas como yo.




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