Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Invierno: Parte III

El caos de mis mañanas llegó en forma de golpes secos y desesperados. Ale aporreaba la puerta de mi habitación con una insistencia que me detuvo el corazón antes de siquiera abrir. Al verlo, la desesperación en sus ojos me dio la respuesta antes de que pronunciara una palabra.

—Ethan... no ha llegado desde anoche. Su celular está apagado —soltó, y su voz, siempre firme, flaqueó.

Sentí que un golpe físico me habría dolido menos. Ethan no era de los que desaparecían por capricho; no apagaba el teléfono sabiendo que mamá entraría en crisis. Afortunadamente era sábado. No había escuela, no había distracciones. Tenía el día entero para encontrarlo, o para encontrar lo que quedara de él.

Ignoré el temblor de mis manos y tomé el celular para llamar a Camilo. Por obra del destino, o porque en nuestro mundo nadie duerme realmente, respondió al segundo tono.

—Quiero a los Siete vigilando a Xiomara. Ahora —ordené, y mi voz salió con una carga de autoridad que sorprendió hasta a Ale—. Ella no da un solo paso sin que yo lo sepa. Si una mosca se le acerca, quiero su cabeza.

Apreté el auricular con tanta fuerza que mis nudillos destacaron, pálidos y tensos, sobre mi piel morena. La guerra ya no era una posibilidad lejana en una caja de fotos; la guerra estaba dentro de mi casa, y se había llevado a mi hermano.

Camilo no hizo preguntas. No eran necesarias; él y yo sabíamos que el tablero se había movido. Escuché cómo ahogó un “sí” seco en la línea antes de cortar. Con Xiomara cubierta, mi mente pudo enfocarse en una sola cosa: Ethan.

Me vestí rápido, mecánicamente, y bajé a la cocina. Mamá ya estaba allí, moviéndose entre las ollas, pero su espalda revelaba una rigidez que gritaba angustia.

—Buenos días, mamá —dije.

Esta vez, las palabras fluyeron de mi boca con una suavidad inusual. Por mucho que intentara negarlo mil veces, ver la preocupación devorándola era algo que ya no podía soportar. Ella intentó ser indiferente, sonar habitual, pero su “buenos días, cariño” salió forzado, roto por la falta de noticias del segundo de sus hijos.

Sin decir nada, me acerqué y la abracé. Ni siquiera yo podía recordar la última vez que lo había hecho; el contacto físico en nuestra casa solía ser de golpes o empujones, nunca de consuelo. Ella se quedó paralizada por un instante, sorprendida por el gesto del “hijo problema”, pero terminó correspondiendo, aferrándose a mí y besándome la cabeza.

En ese abrazo, pude oler el jabón de la cocina mezclado con su miedo. Me sentí como un traidor; la estaba abrazando con los mismos brazos que cargaban un cuchillo y la promesa de una carnicería.

El momento se rompió cuando Paris entró en la cocina, con su ironía habitual a cuestas.

—Vaya, ¿no eres un tierno cordero así? —soltó, arqueando una ceja.

Escuché la risa de mamá, genuina por un segundo, mezclada con la de Ale, que se acercaba por el pasillo tras la burla de mi hermana. Por un instante, la cocina de los Belmont no fue un centro de mando ni un campo de batalla; fue solo una casa con cinco personas riendo.

—Voy a arrancarte la lengua, tonta —respondí con una indignación fingida.

Incluso yo me permití sonreír. Pero mientras lo hacía, sentía el peso del celular en mi bolsillo y el frío del acero que cargaba conmigo. Miré a Ale de reojo; su risa no llegaba a sus ojos. Él sabía lo que yo sabía: que Ethan faltaba en esa mesa y que, en cuanto cruzáramos el umbral de la puerta, la ternura del “cordero” moriría para dar paso al hambre del gato.

Ya estábamos fuera. Ale conducía con la mandíbula apretada, sus manos aferradas al volante como si quisiera estrangularlo. Yo viajaba en los asientos traseros, flanqueado por Juan y Cristian; el aire dentro del auto estaba cargado de una tensión eléctrica, un silencio que solo los que van a la guerra conocen.

“Die for You” empezó a sonar en la radio.

La voz de The Weeknd caía perfecta para el momento, envolviendo el habitáculo en una melancolía oscura mientras yo murmuraba la letra del coro, casi como un mantra, casi como una oración:

Even though we’re going through it. And it makes you feel alone. Just know that I would die for you...

Miraba por la ventana cómo el barrio se desdibujaba a medida que acelerábamos. Pensaba en Ethan, en el frío de la bodega y, sobre todo, en Xiomara. La letra golpeaba mi pecho con cada nota.

Baby, I would die for you, yeah. The distance and the time between us. It’ll never change my mind...

Juan y Cristian me miraron de reojo, pero no dijeron nada. Sabían que detrás de ese murmullo no había un niño cantando una canción de amor; había un hombre aceptando que, para proteger lo que amaba, estaba dispuesto a no volver de ese viaje.

’Cause baby, I would die for you. Baby, I would die for you, yeah.

Apoyé la cabeza en el vidrio frío. El otoño afuera estaba ardiendo, y nosotros éramos el combustible.

El auto se deslizaba por las calles del barrio como un animal herido que busca sangre. Ale conducía más rápido de lo prudente, esquivando baches y peatones con la mandíbula tan tensa que parecía que se le romperían los dientes. Juan iba a mi derecha, Cristian a mi izquierda. Ninguno hablaba. Solo la voz de The Weeknd seguía llenando el espacio, repitiendo una y otra vez esa promesa mortal que yo sentía en cada latido: “I would die for you”.

Mi teléfono vibró. Era Camilo.

—Xiomara está cubierta. Seraph y dos chicos la siguen a distancia. No se mueve ni una hoja cerca de ella sin que lo sepamos. Pero David… hay movimiento en el sur. Dicen que vieron a tres tipos rondando la zona de tu casa anoche.

El estómago se me cerró. Miré por la ventana. Cada sombra, cada moto que pasaba, cada persona en la esquina se convertía en una posible amenaza.

—Avísame si ves algo raro —respondí con voz baja—. Y Camilo… si le tocan un solo cabello, dime. No quiero que quede nadie vivo para contarlo.




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