Lo dejé todo por ella... Y no bastó

Invierno: parte IV

El olor a pólvora se me había quedado pegado en las fosas nasales, mezclado con el hierro de la sangre. Ale conducía a lo que parecía ser el doble del límite de velocidad, esquivando autos como si estuviéramos en un videojuego de pesadilla. Ethan venía recostado en mi pecho; su respiración era pesada, un silbido errático que me recordaba nuestra fragilidad. Juan, en el asiento del copiloto, vigilaba el retrovisor cada pocos segundos, esperando ver las luces de los del Sur o el destello azul de la ley.

Las sirenas no habían cesado desde que quemamos llanta al salir del almacén. El eco de la autoridad nos pisaba los talones, pero el verdadero peligro estaba sentado a mi lado.

Mi respiración seguía acelerada. Miré mis manos: estaban teñidas de un rojo oscuro que empezaba a cuartearse. El cuchillo aguardaba en mi cinto, sintiéndose más pesado que nunca, mientras mi pierna temblaba por una descarga de adrenalina que no encontraba salida.

—No podemos llegar a casa... —soltó Ale, doblando violentamente al pasar por el Ikea. El chirrido de las llantas fue el único eco a su advertencia.

—¿Qué propones? —preguntó Juan, recuperando esa calma de soldado que tanto envidiaba. Yo solo podía aferrar a Ethan contra mi pecho, intentando que mi propio calor lo mantuviera unido.

—Dobla en la avenida Boston. Iremos a la vieja casa —ordené.

El silencio que siguió fue denso. Todos me miraron. Conocían la vieja casa; era el mausoleo de nuestra infancia, el lugar donde nuestros secretos empezaron a enterrarse mucho antes de que yo me convirtiera en el Gato Negro.

La estructura apareció entre la niebla del puerto como un esqueleto de madera grisácea. Entramos y el olor a humedad nos golpeó como un muro. Recostamos a Ethan en el viejo sofá de la sala, el mismo donde alguna vez vimos películas antes de que el alcohol de papá y el silencio de mamá lo consumieran todo.

—David… —susurró Ethan, abriendo los ojos apenas un milímetro. —No hables, idiota. Te tengo. —Cristian… —su voz fue un roce de lija—. No lo culpes… él solo… tenía miedo.

Sentí un pinchazo de rabia. Cristian había roto el código. La lealtad, en este mundo, era una moneda que se devaluaba con el primer signo de sangre.

—Él tomó su decisión, Ethan. Ahora yo estoy tomando la mía.

Entonces, el teléfono vibró. No era Xiomara. Era Goliat.

En la pantalla, la imagen me desgarró: Xiomara, con los ojos rojos, sentada en su sala. Detrás de ella, la mano masiva de Goliat sobre su hombro. Y al lado, el padrastro, sonriendo con una cara que aún conservaba las marcas de mi paliza.

“El Gato siempre vuelve a casa cuando tiene hambre. Te esperamos para cenar, David. Trae lo que es mío.”

Antes de que pudiera gritar, entró la llamada de Kevin. —¡David! Llegué a casa y la puerta estaba abierta. Mamá no está. Paris tampoco. Hay una nota en la cocina... dice que “la familia debe estar unida para el sacrificio”.

Sentí que el suelo se abría. Goliat no quería dinero; quería borrarme. Quería demostrar que el monstruo que él había creado todavía podía ser destruido por su amo.

—Quédate ahí, Kevin —le interrumpí con una voz muerta—. Cierra todo. No salgas.

Miré a Ale y a Juan. El silencio se volvió sepulcral. —Se las llevó —susurró Ale, aterrorizado. —No quiere territorio, Ale. Quiere demostrar que tiene el control total. Juan, quédate con Ethan. Ale... tú vienes conmigo. Si entramos en esa casa, es posible que ninguno vuelva a ver el sol.

Salí a la avenida Boston. La lluvia lavaba la sangre de mis manos solo para preparar el terreno para la siguiente. Antes de arrancar, le texté a Kevin: “Ethan está con Juan en la casa vieja; avenida Boston, que nadie te vea. No confíes en nadie más que en mis textos y los de Ale...”

Estacionamos nueve cuadras antes. El frío era glacial, pero mi cuerpo ardía. Era odio. Odio en su forma más pura y primordial. La casa de Xiomara estaba rodeada, pero no por los Siete. Eran los del Sur. Goliat los estaba usando como escudos.

—David... ¿Qué harás? —preguntó Ale. Sus manos intentaban frenar las mías, que apretaban el filo del cuchillo con tanta fuerza que el metal ya me estaba cortando la palma.

—No lo sé...

Fue todo lo que dije. Solté el mango y miré, con una fascinación macabra, cómo mi propia sangre corría por mi mano, mezclándose con la lluvia. El Gato Negro ya no tenía plan. Solo tenía hambre.




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