Las imágenes de esa misma tarde pasaron por mi mente como ráfagas de estática: la traición de Cristian, el brillo frío del cañón apuntándome y, sobre todo, el impacto sordo de la bala incrustada en las costillas de mi hermano. Aún podía sentir su sangre corriendo, tibia y espesa, empapando mi pecho mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor en aquel almacén.
Cada vez que parpadeaba, veía los ojos de Cristian. No había maldad en ellos, solo un miedo paralizante que resultó ser mucho más letal que cualquier odio. Él había elegido salvarse a sí mismo, y en ese acto, nos había condenado a todos.
—David, reacciona —la voz de Ale me sacó del trance.
Estábamos a oscuras, ocultos por la sombra de un callejón a pocos metros de la casa de Xiomara. La lluvia golpeaba el techo del auto con la cadencia de un tambor de guerra. Bajé la mirada hacia mi mano; la herida que me había provocado al apretar el cuchillo seguía goteando, mezclándose con los restos de sangre seca que no me pertenecían.
En ese momento comprendí que el invierno no era solo una estación. Era esto. Un vacío glacial que se instalaba en el estómago cuando te dabas cuenta de que las personas que amabas eran las únicas que realmente podían destruirte.
—No voy a entrar ahí para negociar, Ale —susurré, sintiendo cómo el Gato Negro terminaba de devorar lo poco que quedaba de mi inocencia—. Voy a entrar para cobrar la deuda.
Caminé con paso firme, ignorando el ardor de mi palma abierta, pero Ale me siguió, obligándome a detenerme y confrontarlo bajo la luz parpadeante de un farol que apenas sobrevivía a la lluvia. Sus ojos buscaban al hermano que solía escuchar consejos, pero se toparon con una pared de hielo.
—¿A dónde crees que vas solo? —masculló, tomándome del brazo—. Es un suicidio, David.
—Quédate aquí —ordené, zafándome de su agarre con un movimiento brusco—. Si traen a mamá o a Paris, necesito que alguien cuide de ellas. Alguien que no esté cegado por lo que voy a hacer.
Mi voz no dejaba paso a reclamos u oposiciones. Era gélida, despojada de cualquier matiz de duda. Ale retrocedió un paso, impactado no por mis palabras, sino por la autoridad que emanaba de mi postura. En ese momento, él ya no veía al niño que necesitaba protección; veía al Gato Negro reclamando su territorio.
—Si no salgo en veinte minutos... —hice una pausa, mirando hacia la casa de Xiomara, donde las sombras de los del Sur se movían tras los ventanales—, llévatelas lejos. No mires atrás.
Me di la vuelta y me fundí con la oscuridad del callejón. El cuchillo en mi mano derecha pesaba, pero mi voluntad pesaba más. Goliat creía que me tenía acorralado porque tenía lo que yo amaba, pero se olvidó de una regla básica de la calle: no hay nada más peligroso que un hombre que ya aceptó que no volvería a casa.
Cada gota de lluvia que resbalaba por mi rostro se sentía como un recordatorio del sacrificio que estaba por cobrar. No iba a entrar por la puerta principal. Iba a entrar por donde las sombras eran más densas, justo como el animal que me daba nombre.
El vidrio se fragmentó en un estallido ensordecedor, devorando por un instante el rugido de la lluvia torrencial. Mi figura no pidió permiso ni mostró vacilación al cruzar la entrada que yo mismo acababa de abrir en la estructura de la casa. Caí sobre el suelo de madera con la ligereza de un depredador, rodeado de diamantes de cristal que brillaban bajo la escasa luz interior.
Me puse en pie lentamente, ignorando los cortes minúsculos que el vidrio dejó en mi rostro. Mi mirada estaba totalmente vacía; no quedaba rastro de miedo, ni de duda, ni de humanidad. Era un desierto de ceniza donde solo ardía el objetivo.
—¿Quién anda ahí? —gritó una voz desde el pasillo, seguida del sonido metálico de un arma siendo amartillada.
No respondí. No había nada que decir. El cuchillo en mi mano, aún manchado con mi propia sangre, parecía vibrar en sintonía con el latido acelerado de mi corazón. Los del Sur creían que estaban protegiendo una propiedad, pero no entendían que acababan de dejar entrar a la tormenta misma.
Avancé por el pasillo, mi silueta fundiéndose con las sombras. Cada paso era una promesa de violencia. El aire dentro de la casa de Xiomara se sentía denso, viciado por la presencia de Goliat y el padrastro, un aroma que mi instinto reconoció de inmediato.
Habían convertido este hogar en un matadero, y yo estaba allí para asegurar que ellos fueran las reses.