Escuché las voces provenientes de la habitación de Xiomara: un ligero jadeo, seguido de un gemido y sollozos ahogados que cortaron el aire pesado de la casa. Me pasmé en seco. En ese instante, la sangre que goteaba de mis manos y los cuerpos que acababa de dejar tendidos a mis espaldas tras mi masacre parecieron inexistentes. El olor a hierro y muerte que me rodeaba se disolvió, reemplazado por el eco del sufrimiento de la única persona que todavía me ataba a la Tierra.
El pomo de la puerta se sentía frío bajo mis dedos cubiertos de rojo. Mi mente, que un segundo antes funcionaba con la precisión matemática de un asesino, se volvió un caos de estática. ¿Era dolor lo que escuchaba, o el miedo absoluto de estar atrapada con los monstruos?
—Por favor... —el susurro quebrado de Xiomara atravesó la madera, haciéndome reaccionar.
Empujé la puerta sin hacer ruido, dejando que las sombras del pasillo me escoltaran hacia el interior. La escena que se abrió ante mis ojos vacíos congeló lo último que quedaba de mi sangre.
Goliat estaba de pie junto a la ventana, fumando con una parsimonia asquerosa, como si el destino de mi familia fuera solo un trámite más en su agenda. Y en el centro del cuarto, el padrastro sostenía a Xiomara por las muñecas, obligándola a mirarme mientras la luz de la luna filtraba nuestras desgracias.
—Vaya —soltó Goliat, exhalando una densa nube de humo gris que bailó entre nosotros—. El Gato Negro por fin se dignó a venir a cenar. Lástima que hayas ensuciado la alfombra antes de entrar.
Xiomara levantó la vista. Cuando sus ojos heridos se encontraron con mi rostro salpicado de sangre ajena y mi mirada completamente vacía, soltó un grito ahogado. En ese microsegundo, supe que lo que más me dolía no era la traición de Cristian, ni la herida de Ethan, sino ver cómo la inocencia de la chica que amaba moría al descubrir en qué clase de demonio me había convertido.
—Súeltala... —la exigencia rasgó mi garganta, baja y cargada de una estática peligrosa.
El agarre sobre el mango de mi cuchillo se hizo aún más férreo. Mi piel, usualmente oscura, palideció por completo ante la fuerza bruta con la que apretaba el metal, como si pretendiera fundir mi propia mano con la hoja. Evité meticulosamente la mirada de Xiomara; no podía permitirme ver el pánico o la decepción en sus ojos. Si la miraba, el niño volvería, y en esta habitación el niño solo significaba la muerte de todos.
Me enfoqué en Goliat. En mi mente, las variables empezaron a correr como código frío: las infinitas posibilidades que tenía para recortar la distancia, burlar su guardia y arrancarle la garganta antes de que pudiera parpadear. El viejo lobo seguía inmóvil, sosteniendo el cigarrillo, midiendo el alcance de mi desesperación.
Pero había una pieza que no encajaba en el tablero. Mis ojos escanearon los rincones oscuros del cuarto. ¿Dónde estaba Cristian? Él nos había entregado en el almacén, había sido el cebo, pero no estaba aquí celebrando la victoria con su nuevo amo. La ausencia de mi amigo dolía casi tanto como su traición; significaba que Goliat todavía guardaba una carta bajo la manga.
—Siempre tan predecible, David —habló Goliat, dejando caer la ceniza sobre el suelo de la habitación—. Buscas fantasmas cuando tienes a tus verdugos de frente. El chico ya cumplió su parte. Los cobardes no tienen asiento en esta mesa.
El padrastro de Xiomara soltó una carcajada ronca, aumentando la presión sobre las muñecas de la chica, que ahogó un grito de dolor. Ese sonido fue el detonante.
Mis músculos se tensaron, listos para liberar el resorte de la violencia que acumulaba en las venas. La sangre que goteaba de mi palma herida salpicó el suelo, un segundero rojo que marcaba el final de la paciencia del Gato Negro.
—Última oportunidad, viejo —susurré, dando un paso al frente mientras las sombras de la habitación parecían estirarse conmigo—. Suéltala, o juro por la sangre de mi hermano que esta casa va a ser tu tumba.
Vi cómo Goliat sonreía confiado, saboreando su supuesta victoria, pero entonces el celular vibró una última vez en mi bolsillo. Juan. Al contestar, puse el altavoz con una calma mecánica. Sus palabras no fueron una advertencia; fueron el detonante exacto para hacer que el mundo se detuviera por completo.
—Lo siento… hermano, de verdad lo siento. Ethan murió.
No respondí. El nudo que se me formó en la garganta se sintió como tragar vidrio molido, mientras mis ojos se abrían como platos en la penumbra. El silencio que siguió a la voz de Juan fue absoluto. La humanidad dejó de ser viable, un lujo del pasado que ya no me pertenecía.
Antes de que Goliat o el padrastro pudieran siquiera procesar la noticia, mi brazo se movió con una velocidad in-natural. El cuchillo surcó el aire de la habitación en un destello frío y se incrustó con un impacto sordo y seco justo en el centro de la frente del padrastro de Xiomara. Su cuerpo se desplomó como un fardo de ropa vieja, soltando el agarre de mi chica al instante. Murió antes de tocar el suelo.
La certeza me inundó el pecho, helada y absoluta. Empecé a caminar directo hacia Goliat con una parsimonia que no dejaba espacio a la duda de lo que estaba por venir. Mis pasos ya no arrastraban el peso de la culpa; eran los pasos de un verdugo.
—Xiomara, sal de aquí. Te estarán esperando afuera —ordené, con una voz que no poseía ningún rastro de emoción humana.
Le extendí el celular a sus manos para que tuviera la luz del dispositivo. Solo cuando sentí su tacto tembloroso rozar mis dedos manchados de sangre, continué mi avance hacia el hombre que lo había destruido todo. Ya no me importaba si los del Sur estaban rodeando el perímetro. Ya no me importaba si salía vivo de ese cuarto. Goliat me había creado en las sombras, y en las sombras iba a morir conmigo.
Xiomara no miró atrás. Cruzó el umbral de la habitación tropezando con sus propios pasos, ahogando un sollozo mientras apretaba el teléfono contra su pecho como si fuera un escudo. El roce de sus dedos temblorosos fue la última línea que me unía al mundo de los vivos. Una vez que el eco de sus pisadas se perdió pasillo abajo, el silencio regresó a la estancia, denso, cargado con el olor a pólvora y la sangre fresca que comenzaba a encharcar el suelo desde la frente del padrastro.