I. ALE
El sonido del cristal rompiéndose a la distancia no sonó como una ventana; sonó como un disparo de cañón en mitad de la noche. Desde mi posición en el callejón, apretando el volante del auto hasta que los nudillos me quedaron blancos, supe que el conteo de veinte minutos de David había terminado antes de tiempo.
Entonces la vi salir.
Xiomara corría por la acera húmeda, tropezando con sus propios pies, sosteniendo el celular de mi hermano como si fuera lo único que la mantenía con vida en este maldito mundo. Tenía la mirada perdida, los ojos inyectados en sangre y el terror pegado a la piel. Me bajé del auto de un salto, interceptándola antes de que sus piernas cedieran por completo.
—¿Dónde está David? —la sacudí por los hombros, buscando una respuesta que mi cordura necesitaba—. ¡Xiomara, mírame! ¿Dónde está mi hermano?
Ella solo pudo señalar hacia el patio trasero de la casa, soltando un gemido que me heló la sangre. Cuando levanté la vista, dos camionetas de los del Sur doblaron la esquina con las luces apagadas. David nos había dejado una misión: proteger a los vivos. Pero el instinto de correr hacia ese maldito patio a buscar su cuerpo casi me hace romper mi promesa.
II. XIOMARA
Mis manos no paraban de temblar. El metal del teléfono de David todavía conservaba una calidez extraña, un contraste asqueroso con el frío glacial de la lluvia que me golpeaba la cara.
Todavía podía ver el destello del cuchillo. Todavía podía escuchar el impacto seco en la frente de mi padrastro, el hombre que me había atormentado durante años, cayendo muerto a mis pies en un parpadeo. Pero lo que realmente me estaba destrozando por dentro no era la muerte, sino la mirada de David. Ya no había luz en él. No quedaba nada del chico que me abrazaba en el verano; el Gato Negro lo había devorado por completo para salvarme.
—Cayó... —logré articular, la voz ahogada por el llanto mientras Ale me subía a la fuerza al asiento trasero del auto—. Se tiró por el ventanal con ese hombre... Ale, había tanta sangre...
El motor del auto rugió y las llantas patinaron sobre el asfalto mojado mientras escapábamos del perímetro. Miré por la ventana trasera hacia la silueta de mi casa, desvaneciéndose en la niebla del puerto. David se había quedado atrás, peleando en las sombras con su creador, y yo me llevaba su celular, cargando con el eco de una llamada que acababa de cambiar nuestras vidas para siempre.
El motor del auto rugía al límite mientras Ale esquivaba los baches de las calles traseras del puerto. Las luces del tablero iluminaban de forma intermitente nuestras expresiones desencajadas. En el asiento trasero, yo me encogía, frotando mis brazos para espantar un frío que venía desde adentro.
—¡Habla ya, Xiomara! —exigió Ale, golpeando el volante con una mano mientras con la otra corregía la dirección tras un derrape—. ¿Qué carajos pasó allá adentro? ¿Por qué David no salió contigo?
—Él... él lo mató, Ale —solté, y la palabra “mató” se sintió pesada, sucia, extraña en mi boca—. Tu hermano lanzó el cuchillo. Ni siquiera parpadeó. Le dio en la frente a mi padrastro... cayó ahí mismo, frente a mí.
Ale clavó la mirada en el retrovisor por una fracción de segundo. Vi cómo mandíbula se le tensaba tanto que pareció que los dientes se le iban a romper. Pero no dijo nada. Esperaba el resto.
—Pero eso no fue lo peor —continué, con la voz quebrada, apretando el celular de David contra mi pecho—. Goliat estaba ahí. Nos tenía acorralados. Tu hermano no iba a atacar, lo vi en sus ojos, estaba midiendo el peligro por mí... hasta que vibró el teléfono.
—¿La llamada? —la voz de Ale bajó un tono, volviéndose peligrosamente queda—. Vi que paró el auto antes de entrar y llamó Juan. ¿Qué dijo Juan, Xiomara? ¿Por qué David se volvió loco?
Mis sollozos regresaron, violentos, impidiéndome respirar por un segundo. Recordar la voz distorsionada por el altavoz era como volver a escuchar una sentencia de muerte.
—Juan dijo... dijo que lo sentía. Que Ethan murió.
Un silencio sepulcral, más violento que el rugido del motor, invadió el habitáculo.
El auto dio un pinchazo brusco hacia la derecha cuando el pie de Ale flaqueó en el acelerador. Vi la nuca de mi hermano mayor congelarse. La reacción de Ale no fue un grito, ni un golpe, ni lágrimas. Fue algo mucho más aterrador: se quedó sin aire. Sus hombros cayeron como si el techo del vehículo le hubiera colapsado encima. El dolor de perder a un hermano de sangre se le transformó en una parálisis inmediata.
—¿Ethan...? —el susurro de Ale apenas fue audible sobre el azote de la lluvia—. No... no, Juan estaba con él. Juan tenía que curarlo. ¡No puede estar muerto!
—¡Lo siento, Ale, de verdad lo siento! —grité desde atrás, estirando la mano para tocar su hombro, pero él se zafó con un movimiento brusco, recuperando el control del volante a la fuerza mientras el auto subía a la avenida principal.
—En ese momento David cambió —añadí, limpiándome las lágrimas con el puño de la chaqueta—. Su mirada... ya no era él. Le cambió la cara. Se volvió hielo. Me dio el teléfono, me dijo que saliera y caminó directo hacia Goliat. No le importaron las armas, no le importó nada. Se abalanzó sobre él y rompieron el ventanal... cayeron al vacío abrazados, Ale. Se estaban matando en el aire.
Ale no respondió. Sus ojos, fijos en el asfalto mojado, se inundaron de lágrimas que se negó a limpiar, parpadeando con furia para no perder el camino. La muerte de Ethan lo había quebrado, pero saber que David se había lanzado a una muerte segura por pura desconexión humana lo estaba transformando.
—Ese imbécil... —masculló Ale, y por fin una lágrima pesada le resbaló por la mejilla, perdiéndose en su barba de pocos días—. Te dije que el Gato Negro era una maldición, Xiomara. Se lo tragó. Se tragó a mi hermano.
El auto aceleró aún más, devorando los kilómetros hacia la avenida Boston. Ale ya no solo huía de los del Sur; manejaba con la desesperación de quien sabe que su familia se está desangrando por dos extremos diferentes de la ciudad y que, quizás, ya es demasiado tarde para salvar a cualquiera de los dos.