Ale frenó en seco frente a la vieja casa de la avenida Boston. Las llantas patinaron en el lodo, dejando el auto cruzado en mitad de la acera. No esperamos. Xiomara y yo bajamos de un salto bajo el diluvio, empujando la pesada puerta de madera grisácea que ya no guardaba ningún secreto.
El olor a humedad del ambiente fue sepultado por el sonido del quiebre absoluto.
En el centro de la sala, bajo el parpadeo de la linterna de Juan, mi madre estaba arrodillada en el suelo, meciéndose de adelante hacia atrás mientras aferraba el cuerpo frío de Ethan contra su pecho. Sus gritos ya no eran humanos; eran un lamento seco, un eco animal que rebotaba en las paredes descascaradas. A su lado, la pequeña Paris lloraba escondiendo el rostro en el sofá, tapándose los oídos para no escuchar la realidad.
Juan permanecía de pie en una esquina, con la mirada fija en el suelo y los puños apretados, destrozado por no haber podido cumplir la última orden del Gato.
Me acerqué lentamente y caí de rodillas junto a mi madre, rodeándola con los brazos mientras las lágrimas que había contenido durante todo el viaje por fin se mezclaban con el agua de la lluvia que chorreaba de mi ropa. Éramos los restos de un naufragio en una casa muerta. Teníamos a los vivos a salvo, sí, pero el precio había sido entregar nuestra propia sangre. Y mientras apretaba a mi familia rota, la silueta de David cayendo al vacío seguía grabada a fuego detrás de mis párpados.
El invierno nos había quitado a Ethan. Y el Gato Negro se había ido con él.
INVIERNO | Capítulo VII: El Resurgir del Espectro
La lluvia golpeaba mi rostro con la fuerza de mil agujas, pero ya no sentía el frío.
Abrí los ojos lentamente, con la boca pastosa y el sabor metálico de la sangre inundando mi garganta. El dolor tardó unos segundos en reclamar su territorio, expandiéndose desde mis costillas rotas hasta cada centímetro de mi cuerpo. Me incorporé como pude entre los fragmentos de vidrio y el lodo del patio trasero de la casa de Xiomara. A un par de metros, el cuerpo masiva de Goliat yacía inmóvil, con los ojos abiertos hacia el cielo gris y el pecho estático. La caída había cobrado su parte, pero el viejo lobo no iba a levantarse más.
Estiré mis dedos entumecidos y busqué a tientas en la oscuridad hasta que mi mano tropezó con el mango texturizado. El cuchillo. Seguía ahí, enterrado a medias en la tierra húmeda, esperándome. Lo arranqué del suelo con un gruñido sordo, usándolo como un bastón improvisado para ponerme en pie.
Caminé hacia la salida lateral, arrastrando una pierna, dejando una línea roja que la tormenta borraba casi de inmediato.
Al cruzar el pasillo principal hacia la calle, la escena era dantesca. La mortandad que había dejado a mi paso antes de la caída seguía ahí, intacta en la penumbra. Los cuerpos de los del Sur adornaban el suelo como trofeos de una cacería que yo no había pedido, pero que había ejecutado con una parsimonia quirúrgica. Rostros pálidos, miradas perdidas y un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el goteo constante de mi propia mano sobre el suelo de madera.
Crucé el umbral roto de la entrada y salí a la acera. Malherido, con la ropa hecha jirones y el acero apretado firmemente en mi puño derecho, miré la calle vacía. Goliat creía que me había quitado todo al destruir mi entorno, pero se había equivocado en lo fundamental.
Cuando no te queda nada por perder, dejas de ser un objetivo. Te conviertes en el peligro.
No sé cuántas calles crucé. Nueve cuadras, o tal vez un millón. El trayecto desde la casa de Xiomara hasta la avenida Boston fue un desierto de dolor donde mis pasos se arrastraban por pura inercia. La lluvia ya no limpiaba el rojo que me cubría; la herida de mi palma se había cerrado a medias con la mugre del asfalto y el frío glacial actuaba como un anestésico maldito. En mi mano derecha, el mango del cuchillo seguía apretado, ya no como un arma, sino como la única estaca que me mantenía erguido.
Cuando empujé la puerta de la vieja casa, el chirrido de las bisagras oxidadas cortó el lamento que llenaba la sala.
Nadie habló. El tiempo se detuvo.
Me sostuve contra el marco de la entrada, parpadeando con pesadez para aclararme la vista a través de las luces de la linterna. Mi silueta, hecha jirones, goteando agua y lodo sobre la madera, parecía la de un aparecido.
La primera en reaccionar fue Paris. Su llanto se cortó de golpe y sus ojos pequeños se abrieron como platos, paralizada por el terror de ver al monstruo en el que me había convertido, pero reconociendo la mirada de su hermano bajo la capucha empapada. Mi madre, que aún mecía el cuerpo de Ethan contra su pecho, levantó la cabeza lentamente; al verme, soltó un jadeo ahogado, una mezcla de horror puro y una chispa dolorosa de alivio que no supo cómo procesar.
Juan dio un paso al frente, llevando la mano a su cinto por puro instinto de soldado, hasta que la luz enfocó mi rostro salpicado de la sangre de los del Sur. Su mandíbula cayó. Él me había dado por muerto por teléfono, y verme ahí, respirando de milagro, lo dejó sin palabras.
—¿David...? —el susurro de Ale rompió el hechizo.
Mi hermano mayor se levantó del suelo despacio, como si tuviera miedo de que un movimiento brusco me hiciera desaparecer en la niebla. Xiomara, detrás de él, se tapó la boca con ambas manos, las lágrimas volviendo a brotar con fuerza al ver que el chico que se había lanzado al vacío seguía en pie, pero cargando con una mortandad entera sobre los hombros.
No dije nada. No tenía voz, ni aire, ni alma.
Avancé un paso cojeando, y el cuchillo finalmente resbaló de mis dedos entumecidos, impactando contra el suelo con un sonido metálico que resonó en toda la casa. Mis ojos evitaron a los vivos y se clavaron directamente en el sofá, en el rostro pálido e inmóvil de Ethan.
La certeza de su muerte me golpeó por segunda vez, ahora sin la adrenalina de la pelea para protegerme. Caí de rodillas a unos centímetros de mi madre, sin fuerzas para sostener el peso de mi propio cuerpo, y dejé que la cabeza me colapsara contra el suelo. Había matado al lobo. Había limpiado el pasillo. Pero al mirar el cadáver de mi hermano, supe que el Gato Negro había ganado la guerra solo para reinar sobre las cenizas.