El llanto de Paris y la mirada fija de Xiomara se convirtieron en un zumbido blanco dentro de mi cabeza. Intenté enfocar los ojos en el techo de madera, pero la falta de aire me estaba nublando el juicio. La mano de Paris seguía apretando mi nuca, recordándome que estaba vivo, pero mi mente, programada ya solo para el peligro, escaneó la sala una vez más.
Estaba mi madre. Estaba Ale. Estaba Paris. Y en el sofá, el cuerpo inerte de Ethan.
Cuatro de nosotros. Faltaba uno.
—¿Dónde... —la voz me salió como un raspón de lija, obligándome a escupir un hilo de sangre espesa antes de continuar—. ¿Dónde está Kevin?
La pregunta cayó como un balde de agua helada en mitad de la sala. El llanto de Paris se detuvo en seco. Ale, que estaba a punto de agacharse para levantarme, se quedó congelado a mitad de camino, con la mirada endurecida y los puños apretados a los costados. Giré la cabeza hacia Juan, pero mi amigo simplemente desvió la vista hacia la ventana, incapaz de sostener la pregunta del menor de los Belmont.
Recordaba perfectamente la última llamada de Kevin. Lo recordaba llorando por teléfono, desesperado porque la puerta de la casa estaba abierta y mamá no aparecía. Pero en este juego de traiciones donde Cristian ya nos había vendido, el silencio que guardaban mis hermanos me dio una respuesta que no quería aceptar.
—David, no pienses en eso ahora —intervino Ale, y el tono forzado de su voz solo confirmó mis peores sospechas—. Estás perdiendo mucha sangre. Juan, ayúdame a sentarlo en el piso de la cocina, necesito coser esa palma antes de que se le infecte.
—¡Pregunté por Kevin! —rugí, arrastrando las palabras con la poca fuerza que me quedaba en los pulmones, intentando incorporarme aunque las costillas me gritaran del dolor—. Él me llamó... me dijo que Goliat se las había llevado... ¿Dónde carajos está mi hermano?
Nadie respondió. El silencio de la casa vieja se volvió sepulcral, roto únicamente por el azote de la lluvia contra las ventanas tapiadas. Ser el menor de cinco hermanos significaba que siempre me habían intentado ocultar las peores verdades para protegerme, pero esa noche yo había dejado de ser el niño de la familia. Había matado para volver. Y si Kevin no estaba en esa habitación llorando a Ethan con nosotros, significaba que el invierno todavía no había terminado de cobrarse sus deudas con los Belmont.
Ale intentó ponerme una mano en el hombro para contenerme, pero antes de que sus dedos ejercieran presión, me apoyé en la pared y me obligué a ponerme de pie. El dolor en mis costillas se sintió como un soplete encendido y la vista se me tiñó de negro, pero me tragué la debilidad. Me agaché con una lentitud tortuosa, recogiendo el cuchillo del suelo.
—Nadie me va a sentar en ninguna cocina —sentencié, y mi voz, aunque rota, arrastró una autoridad gélida—. Juan. Vienes conmigo. Vamos a buscar a Kevin.
Juan asintió en silencio, revisando el cargador de su arma con un clic metálico, listo para seguirme al mismísimo infierno. Ale dio un paso al frente para bloquear la salida, pero no fue él quien me detuvo.
Fue ella.
Xiomara cruzó el espacio como una exhalación, interponiéndose entre la puerta y yo. No me miró con miedo; sus ojos fijos en los míos estaban cargados de una desesperación salvaje. Me plantó ambas manos en el pecho, justo sobre la ropa empapada de sangre, obligándome a retroceder un paso. El contacto me dolió hasta la médula, pero lo que me congeló fue su firmeza.
—¡No te vas a ir, David! ¡No vas a dar un solo paso fuera de esta casa! —su grito rasgó el aire de la sala, acallando por un segundo el llanto de Paris—. Ya mataste a Goliat. Ya limpiaste esa maldita casa. ¡Mira tus manos, carajo, te estás desangrando!
—Xiomara, muévete —mascullé, intentando apartarla con mi brazo herido, pero ella se aferró a las solapas de mi chaqueta con una fuerza sobrehumana, hundiéndose en mi pecho.
—¡No me voy a mover! —las lágrimas le resbalaban por las mejillas, mezclándose con la suciedad de mi ropa—. No te convertiste en este monstruo para salvarme solo para ir a morirte en una acera por puro orgullo. Ethan está muerto, David. ¡Ethan está ahí! Si cruzas esa puerta ahora, no vas a encontrar a Kevin, solo vas a lograr que tu mamá tenga que enterrar a dos hijos en la misma semana. ¡Mírame! ¡Quédate conmigo!
Sus palabras me golpearon con más fuerza que la caída del ventanal. Miré sus manos temblorosas, manchándose con mi propia sangre en un intento desesperado por retenerme. La adrenalina que me había mantenido en pie empezó a evaporarse, dejando al descubierto el frío glacial del invierno y el peso insoportable de mis costillas rotas.
La miré a los ojos, y por primera vez en toda la noche, el vacío del Gato Negro parpadeó. La humanidad regresó en forma de un dolor agónico que me dobló las rodillas.
El cuchillo resbaló de mis dedos entumecidos por segunda vez, chocando contra la madera. Mis piernas cedieron por completo, pero no caí al suelo; Xiomara me sostuvo, envolviéndome con sus brazos mientras ambos nos deslizábamos hacia el piso. Apoyé la cabeza en su hombro, respirando su aroma a lluvia y miedo, sintiendo cómo sus manos temblorosas me acunaban en mitad de la ruina.
—Quédate... por favor, quédate —susurró ella contra mi oído, mientras Ale y Juan se acercaban a toda prisa para cargarme.
La miré a los ojos, y por primera vez en toda la noche, el vacío del Gato Negro parpadeó. La humanidad regresó en forma de un dolor agónico que me dobló las rodillas.
El cuchillo resbaló de mis dedos entumecidos por segunda vez, chocando contra la madera. Mis piernas cedieron por completo, pero no caí al suelo; Xiomara me sostuvo, envolviéndome con sus brazos mientras ambos nos deslizábamos hacia el piso. Apoyé la cabeza en su hombro, respirando su aroma a lluvia y miedo. La oscuridad ya estaba bordeando mi campo de visión, arrastrándome hacia el vacío, pero me negué a apagarme todavía. Me quedaba un último gramo de voluntad, una última orden que debía grabarse a fuego antes de que el invierno me consumiera.