El invierno no se marcha con la primavera. Se queda incrustado en los huesos, recordándote con cada crujido que el frío siempre gana.
Hacía tres semanas que la lluvia torrencial se había convertido en una llovizna gris y perpetua sobre el puerto de la avenida Boston. Tres semanas desde que enterramos a Ethan en una fosa sin nombre, bajo el silencio cómplice de la noche y el llanto ahogado de Paris. Hacía tres semanas que mi madre no me dirigía la palabra, limitándose a cruzarse conmigo en los pasillos de la casa vieja como si fuera el fantasma del gemelo que dejé sin aire en su vientre.
Pero mi mente no estaba en el cementerio, ni en los reproches mudos de mi sangre. Mi mente seguía en la calle, buscando el rastro invisible de Kevin.
Me terminé de ajustar la venda limpia sobre la palma de mi mano derecha. Los puntos que mi madre había tirado con saña habían dejado una cicatriz deforme, un relieve rugoso que se adaptaba perfectamente al mango de mi cuchillo. Ya no había dolor físico; la fiebre se había llevado la debilidad y me había dejado esto: un cascarón de hielo.
—Están aquí, David —la voz de Xiomara me sacó de la penumbra.
Estaba de pie en el umbral de la puerta trasera del almacén abandonado que conectaba con la casa vieja. Detrás de ella, la silueta masiva de Juan recortaba la poca luz que entraba por las láminas rotas del techo.
—¿Están todos? —pregunté, levantándome del cajón de madera. Mi voz arrastró una parsimonia que hizo que Xiomara diera un leve paso hacia un lado.
—Todos —respondió Juan, dando un paso al frente—. Los mismos que una vez le rindieron cuentas al viejo junto a ti.
Caminé hacia la nave central del almacén, arrastrando apenas la pierna izquierda, un recordatorio eterno de la caída desde el ventanal. Cuando las sombras se abrieron, el pasado de la pandilla original me recibió en un silencio sepulcral.
Allí estaban ellos. Los seis rostros que una vez se sentaron a la mesa conmigo bajo el ala de Goliat; las calamidades que infundían respeto en cada rincón del puerto. Seraph permanecía estática en una esquina, con esa mirada fría que parecía juzgarlo todo. Black Demon y White Snake compartían la penumbra de una columna de hierro, sus siluetas ligadas a la violencia de la calle. Un poco más atrás, Fenrir y Lee vigilaban los accesos con una calma tensa, mientras Kyle completaba el círculo de los sobrevivientes de la vieja escuela.
Ninguno habló. Ninguno hizo un gesto de sumisión. Eran la guardia de Goliat, y yo solía ser el menor del grupo, el Gato Negro que operaba bajo las sombras del viejo. Pero cuando di un paso al frente y dejé caer mi cuchillo sobre la mesa metálica, el estruendo resonó en las vigas del techo y obligó a que todas las miradas se clavaran en mí.
—Goliat está muerto —solté, sosteniendo la mirada de cada uno de ellos—. Cayó conmigo por el ventanal de la casa del puerto y no volvió a levantarse. Sus peones del Sur están corriendo como ratas sin cabeza, y mi hermano mayor, Kevin, está desaparecido.
Di un paso hacia el frente, dejando que la luz parpadeante iluminara la cicatriz deforme de mi palma derecha.
—Ustedes le mostraban respeto a Goliat porque era el encargado de nosotros hasta este año. Hoy, el viejo lobo ya no está. Juan les dio una razón para venir, pero yo les doy la razón para quedarse: la cabeza de cualquiera que se interponga entre mí y mi hermano Kevin. No vengo a liderar lo que quedó; vengo a usar las garras del gato negro para quemar la ciudad desde los cimientos.
Un silencio denso y pesado se instaló en el almacén. Las seis calamidades intercambiaron miradas. Habían sido los intocables de la ruta, pero en mis ojos ya no quedaba el chico que jugaba en el verano. Frente a ellos estaba el espectro que había dejado una mortandad en el pasillo para salvar a su chica.
Kyle dio un paso al frente, rompiendo la formación, mientras una mueca gélida se dibujaba en su rostro. El pacto de sangre de la pandilla original acababa de cambiar de dueño.
Las luces de la ciudad se veían diminutas desde el acantilado del puerto. El auto de Juan permanecía con el motor en marcha, las luces delanteras apagándose para dejarnos a Xiomara y a mí en la penumbra total del mirador.
Ella se apoyó contra el capó, dejando que el viento helado le desordenara el cabello. Miraba hacia el horizonte, donde las lanchas de patrullaje de los del Sur se movían en el agua como luciérnagas moribundas. El tablero de ajedrez estaba listo. Mañana la ciudad despertaría con los primeros cuerpos de la nueva guerra, pero esta noche era nuestra. La última noche de paz antes del colapso.
Me acerqué por la espalda, envolviéndola con mis brazos, sintiendo su calor contra mi pecho herido.
—¿Tienes miedo? —le susurré al oído, mi barbilla rozando su hombro.
Xiomara giró la cabeza levemente, buscando mis labios en la oscuridad. El beso fue amargo, con sabor a lluvia y a promesas rotas, el beso de dos personas que saben que ya cruzaron la línea de no retorno. Cuando se separó, sus ojos brillaron con una determinación fría que me encendió la sangre.
—Le tenía miedo a Black Cat, David —susurró, acomodando el cuello de mi chaqueta con sus manos temblorosas—. Pero ahora que sé que el monstruo solo obedece a mis órdenes... me muero por ver cómo arde el Sur bajo tus pies.
Sonreí de lado, una mueca gélida que no guardaba rastro del chico del verano. Saqué el celular de mi bolsillo; una pantalla limpia, sin mensajes de Kevin, sin llamadas de Ale. Solo el invierno por delante.
Guardé el cuchillo en mi cinto, tomé la mano de Xiomara y nos subimos al auto donde Juan, Seraph, Black Demon y el resto del equipo ya esperaban la primera orden de ejecución. El libro de la supervivencia se había cerrado. El libro de la masacre acababa de abrirse.
Nota: Agradezco a todos por haber llegado hasta este punto. Que sepan que la historia de David Belmont aún no ha terminado y este es solo el primer libro. Después de una pausa, volveremos el próximo mes con la segunda parte completa. Os quiero a todos.