El encuentro entre dos almas que, quizá, estaban destinadas a cruzarse.
Un joven psicólogo y su paciente.
Un vínculo que, desde el inicio, rozaba los límites de lo permitido.
Esta historia será contada desde ambas perspectivas: cómo llegaron hasta ese punto y qué ocurrió en el instante exacto en que sus mundos se encontraron.
Clara Arqueti
Ella tenía 24 años. Era madre soltera.
Su historia estaba atravesada por el dolor: violencia, abandono, pérdidas.
Su padre la había abandonado al nacer, un hombre envuelto en violencia y drogas. Su madre había fallecido de cancer de útero cuando tenía 10 años .Hacía poco más de 6 meses había perdido a su abuelo materno en un trágico accidente vehicular.
En la ausencia de sus padres, él la había criado con mucho amor; era mamá en soledad, día y noche.
Se sentía incapaz de ser amada por un hombre.
Vivía en un pueblo pequeño, donde lo que no ocurría, se inventaba: Valle Sereno.
Las miradas, los prejuicios y las habladurías eran parte del aire cotidiano.
Sin embargo, había algo en ella que contrastaba con todo eso: era magnética.
Alta, de cabello castaño largo hasta la cadera, ojos verdes y grandes, nariz pequeña. Tatuajes, un gran estilo marcado por la moda e impronta propia.
Tenía una habilidad particular: transformar sus traumas en humor. Eso la volvía, curiosamente, graciosa, cálida, cercana.
Siempre arreglada, perfumada, coqueta.
Había hecho de todo para subsistir. Conoció la carencia y su contracara. Aunque hoy habitaba la estabilidad, sentía un enorme vacío emocional. Estaba terminando su carrera de psicopedagoga, postergada una y otra vez por la vida misma.
Era dulce, pero firme. Tenaz.
Escuchaba más de lo que hablaba, porque en el fondo temía volverse demasiado autorreferencial.
Era visible, aunque deseaba pasar desapercibida.
De esas personas que, inevitablemente, destacan.
Frente a toda esa carga emocional, y sintiéndose sin herramientas para sostener y sostenerse, tomó una decisión: pedir ayuda.
No fue fácil.
Con dudas, miedo y pocas certezas.
En una charla, como cualquier otra, una amiga le había recomendado a un joven psicólogo: alguien nuevo en la ciudad, con una mirada fresca, cercano, simpático.
Agendó cita.
Llegado el día, antes de salir de su casa, se colocó todos los anillos que tenía. Los giraría entre sus dedos como una forma de descarga, de sostén, frente a lo que intuía sería abrir su propia caja de Pandora.
Al llegar, la secretaria le sonrió:
—Es amoroso. Le dijo.
Eso no la tranquilizó.
Se sentó en la sala de espera, nerviosa, como si estuviera entrando a un confesionario.
Sabía que el tema más doloroso sería la muerte de su abuelo, comenzó a construir un laberinto mental para evadir el tema.
El consultorio estaba en el piso superior.
Subió las escaleras, tomó asiento, el cuerpo tomado por la ansiedad.
No sabía si era el miedo a hablar con un desconocido o el temor a enfrentarse con todo lo que había vivido.
Mientras esperaba, escuchó la voz de un niño y el sonido de juguetes. Una escena familiar, cercana a su mundo en la docencia.
Respiró un poco más tranquila.
Llegó el momento.
El niño salió.
Desde adentro se escuchó:
—En cinco minutos estoy.
Pasaron diez. La ansiedad creció.
Hasta que la puerta se abrió.
—Pasá.
Y lo vio.
Nada de lo que le habían dicho era suficiente.
Alto, joven, de rulos, ojos cafés, una mirada amable.
Se miraron.
Un segundo.
Suficiente.
Algo ocurrió ahí.
Ambos lo percibieron.
—Hola, buen día… permiso —dijo ella.
—Sí, pasá —respondió él.
Se sentó.
Comenzó a girar los anillos.
Se sintió intimidada.
Le gustó.
—¿Por qué estás acá?
No era esa la respuesta que había planeado.
—Falleció mi abuelo hace 6 meses —dijo.
—Soy mamá soltera.
Como si se hubiera quitado un bozal.
Y entonces no pudo parar.
La sesión transcurrió entre miradas que se cruzaban y otras que ella evitaba, bajando los ojos hacia sus manos.
El cuerpo habló.
Una tos brusca apareció, interrumpiendo cada intento de profundizar en lo doloroso.
El síntoma se hacía presente.
Sentía que él la miraba con dulzura.
Con empatía.
Se sintió escuchada.
Durante cuarenta minutos habló sin detenerse.
Su vida salía en fragmentos, entre chistes y risas:
—Fui víctima de violencia de género.
—No puedo concebir la idea del perdón. —me tocó ser mamá, sola.
— Fui criada por mi abuelo. Un hombre con corazón grande que supo ser resguardo frente al abandono de mi padre.
Cada frase abría una puerta.
—¿Estás dispuesta a tener pareja?
—No —respondió sin dudar.
Pero por dentro pensó:
¿Quién podría quererme con todo esto?
Al final, él le preguntó cómo se había sentido.
Por dentro, ella sabía que algo se había movido.
Algo profundo.
Pero solo dijo:
—Bien… súper.
—Nos vemos la próxima, ¿dale?
Asintió.
Agendó la siguiente cita.
Se fue.
Al salir, no pudo dejar de pensar en él.
En el auge de la era digital, lo buscó en redes.
Y sí, ahí estaba.
Pero no tocó nada.
No quería dejar rastro para que el jóven no creyese que estaba loca, obsesionada.
Al llegar a su casa, el cuerpo habló nuevamente.
Cada palabra dicha volvía en forma de recuerdo. Cada recuerdo, en forma de dolor.
La caja de Pandora se había abierto.
El soma, otra vez, presente.
Pasaron los días.
Siete.
Segunda sesión.
Esta vez se preparó distinta.
Más entusiasmada.
Más coqueta.
Se perfumó.
Se despidió de su hijo con la niñera.
Volvió al consultorio.
Llegó antes.
Quince minutos antes.