Lo inevitable

Capítulo 2: Él - encuentro

Capítulo 2 — Él

Bruno Ensba

Joven, deportista, entregado a su trabajo . Cálido con niños y adultos . Recién recibido de psicólogo. Provenía de una familia humilde y numerosa, el primero en conseguir un título universitario. 33 años. Sin tiempos ni rodeos para el amor.

Comenzó a buscar trabajo en diferentes consultorios, hasta que, un colega le sugirió que ponga el foco en pueblos y ciudades cercanas. Que allí la demanda y la necesidad de una cara nueva era latente.

Se comunicó con el lugar, fue aceptado.

Así, sin pensarlo, terminó su jornada laboral en su localidad y se dirigió hacia un pueblo cercano: Valle Sereno . Simple, poco llamativo, basta vegetación, pero la contracara evidente de lo que estaba acostumbrado a habitar; la ciudad.

Marcado por la ética laboral, jamás imaginó con lo que se encontraría en ese lugar.

Comenzaron las sesiones, se sentía a gusto de poder escuchar a la gente de ese pueblo. Todos con problemáticas diferentes, pero con un común denominador: las habladurías y cómo éstas afectan a cada persona que se acercaba a la terapia.

Cuatro cuadernos anillados, donde registraba palabras claves, nombres, momentos. Los seleccionaba según la edad del paciente y luego los transcribía en su computadora. Cada sesión le dejaba resonando algo “fui violentada” “a…. mi sobrino” “temo ser golpeador” “mi papá no me ve”.

Como profesional, es de aquellos a los que les cuesta separar lo laboral de lo personal, el “llevarse los problemas a casa” era sencillo para él. Quería ser útil, ayudar.

Dentro de toda la teoría aprendida, de la práctica establecida. Había algo que no le habían enseñado, y que quizás a veces, le costaba recordarlo. El psicólogo también es humano.

Nunca le habían enseñado qué hacer cuando un paciente le generaba algo más que escuchar.

Le habían enseñado a sostener.
A observar.
A Intervenir.

Pero no sentir.

Era joven.
Más de lo que le gustaría admitir en su rol.

Estaba dando sus primeros pasos como psicólogo, construyendo su consultorio, su nombre, su manera de trabajar.
Cuidaba cada detalle: el tono de voz, los silencios, la disposición de los objetos, incluso los tiempos.

Sabía que, en ese espacio, todo se comunicaba.

Y también sabía —aunque no lo dijera— que la línea entre lo profesional y lo personal no era difusa: era clara.

No debía cruzarse.

Aquella mañana venía con retraso.

El niño de la sesión anterior no quería irse.
Había juguetes desparramados, una conversación que se extendía más de lo previsto y una paciente esperando.

Cuando finalmente salió, la vio.

Sentada en la sala de espera.

Algo en su postura le llamó la atención antes de verle la cara. Había tensión. Pero también presencia.

—En cinco minutos estoy —dijo, casi automático.

Necesitaba ese margen.

Cuando volvió a abrir la puerta y le dijo que pasara, ocurrió.

Un instante.

Breve. Pero nítido.

Se miraron.

Y supo que esa sesión no iba a ser una más.

Entró.
Se sentó.

Él registró el movimiento de sus manos antes que sus palabras: los anillos girando, uno tras otro.
Ansiedad. Autocontrol.

Se acomodó en su lugar.

—¿Por qué estás acá?

La pregunta salió directa. Más de lo habitual.

Después pensaría en eso.

La respuesta lo sorprendió.

No por el contenido —estaba acostumbrado al dolor—
sino por la forma.

—Falleció mi abuelo hace 6 meses .
—Soy mamá soltera.

Sin rodeos. Sin defensa. Enumeró grandes puntos dolorosos de su vida; como si hubiera estado conteniendo demasiado tiempo.

Y entonces habló.

Durante toda la sesión.

Él escuchaba. Intervenía lo justo.

Pero había algo distinto.

No era solo lo que decía. Era cómo lo decía.

El humor en medio del dolor. La lucidez. La velocidad.

Y también, lo que no decía.

Registró la tos.

El cuerpo interrumpiendo cada vez que algo se volvía demasiado cercano.

Lo anotó mentalmente.

Soma.

La observaba.

Cuando ella levantaba la mirada, él sostenía.
Cuando la bajaba, respetaba.

Pero en más de un momento tuvo que recordarse a sí mismo dónde estaba.

Y quién era en esa escena.

Había quedado asombrado de su energía.

—¿Estás dispuesta a tener pareja?

La pregunta surgió en un momento preciso.
Clínico. Ya que ella mostraba reticencia frente al género masculino.

Pero la respuesta le dejó algo resonando.

—No.

No era solo una negativa. Era una conclusión.

Hacia el final de la sesión, algo ya estaba en movimiento.

En él. En ella, en ambos.

Y eso era lo que no debía ocurrir.

—¿Cómo te sentiste?

—Bien… súper —respondió ella.

No le creyó del todo.

Pero tampoco insistió.

Cuando se fue, el consultorio quedó en silencio.

Un silencio distinto.

Se levantó.
Ordenó mecánicamente algunos papeles.

Pero su cabeza no estaba ahí. Incluso le dio un sorbo al café estacionado hacía dos sesiones, como si la torpeza también se estuviera apoderando momentáneamente de él.

Sabía lo que tenía que hacer.

Sostener el encuadre. Marcar límites. Ser claro.

Había reglas. Había ética.

Pero también sabía otra cosa.

Había algo en ella que no era habitual.

No era solo su historia. No era solo su forma.

Era… difícil de nombrar.

Esa noche, sin proponérselo, pensó en la sesión más de lo necesario.

Repasó frases.
Gestos.

La forma en que lo había mirado al entrar.

No era correcto.

Y lo sabía.

Pasaron los días.

Intentó ordenar lo que había ocurrido bajo categorías conocidas: transferencia, contratransferencia, idealización. La teoría estaba, pero el sentir humano también.

Conceptos que explican, pero no siempre alcanzan.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, deseo amor

Editado: 28.04.2026

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