Las sesiones continuaron entre acercamientos, risas y roces casi imperceptibles. Entre palabras y miradas, construyeron un vínculo seguro… o al menos eso parecía.
A ella ya no le daba vergüenza decir lo que sentía.
A él, en cambio, le seguía costando posicionarse desde su rol profesional.
Un martes. Como todos los martes. 17:00 p.m.
Clara llegó diez minutos antes. Impecable, como siempre.
Pero esta vez había algo distinto. Algo impredecible.
Él, se habia arreglado. Más de lo normal.
Ella siempre había tomado la iniciativa en su vida. Y esta vez no iba a ser la excepción.
Entró al consultorio. Lo miró… y no pudo hablar.
Se quedó quieta.
No sabía si era el nuevo corte de pelo o la forma en que la ropa se ajustaba a su cuerpo. El reloj que rodeaba su muñeca, los zapatos elegantes.
Por primera vez, se había quedado sin palabras.
—Bruno… —dijo, finalmente—. Ya no voy a poder seguir viéndote.
Bruno se quedó inmóvil.
No sabía si lo atravesaba el miedo de perder a su paciente…
o a la mujer que, sin darse cuenta, era la que siempre había esperado.
—Clara… ¿pasó algo?
Intentó sostener la sesión. Volver a lo correcto.
Pero la duda lo desbordaba.
Clara, quien nunca había llorado en terapia, por fin lo hizo.
—Perdón… —su voz se quebró—. Siento que ya no lo puedo manejar. Mi mente busca respuestas… me siento desestructurada. No puedo.
Bruno fingía no entender. Pero entendía todo.
Sabía que sentía lo mismo.
Y le dolía no haber hecho lo correcto a tiempo. No haber puesto un límite. No haberla derivado.
Sentía que había fallado como profesional…
y también como hombre.
—Clara… —dijo, con la voz cargada—. Me fallé… y te fallé. Perdón. Dijo el agachando la cabeza.
Verla llorar le estrujó el pecho.
—Perdón… lo siento mucho… —respondió ella, poniéndose de pie.
Iba a irse.
En soledad.. Como siempre.
Pero esta vez fue distinto. Bruno, en un impulso que rompía toda ética, tomó su mano.
Clara se detuvo. El tiempo se suspendió.
Quedaron frente a frente. Cuerpo a cuerpo. Y ninguno pudo evitarlo.
Sucedió.
Un beso.
El primero.
Entre lágrimas. Entre impulso. Entre todo lo que no habían dicho.
El cuerpo habló. El corazón explotó.
Y por un instante… todo fluyó.
Clara abrió los ojos.
Se secó las lágrimas.
Y lo miró fijamente, como si sus ojos hablaran a través del miedo y del dolor. El miedo de sentir nuevamente Huyó.
Como huía siempre de lo que podía hacerla feliz frente al temor de que algo malo pasara.
Bajó las escaleras corriendo.
—¿Vas a agendar? —preguntó la secretaria.
Siguió corriendo sin responder.
Había dejado el auto en la puerta… pero no importaba.
Corría como hacía años no corría. Lloraba. Reía.
Como si escapara… o como si recién empezara a vivir.
Bruno bajó detrás, pero se detuvo. Había pacientes esperando.
Respiró. Salió disimulando.
Vio el auto. Pero ella no estaba.
Giró la cabeza… y la vio. A lo lejos. Corriendo.
Sonrió, sin poder evitarlo.
—Bruno, te espera José —gritó la secretaria.
Pero él ya no estaba del todo ahí.
Las sesiones dejaron de ser lo que eran.
Bruno estaba… pero no. Su mente seguía detenida en ese beso.
Nunca habían intercambiado números. Nunca había hecho falta. Ese día, sí.
Al finalizar la jornada laboral, buscó la forma de poder contactarse con ella
—Necesito comunicarme para una devolución de José Basualdo y Clara Arqueti —mintió al pedirlo.
Se sintió cobarde.
—Clara no agendó otra sesión —le dijo la secretaria—. Se fue corriendo, ella suele ser cordial, pero esta vez no saludó… incluso dejó el auto.
Bruno salió. El auto seguía ahí.
—¿Qué habrá hecho…, estará bien?
Clara mientras corría y corría . Freno de golpe
—¡¡¡AY SERÁ DE DIOS, el auto !!! Se puso roja de vergüenza, tendría que volver a buscarlo, también existía la posibilidad de cruzarse a Bruno.
—¡¿Que voy a hacer ?!
Exclamó mientras saltaba en plena calle .
Recordó que tenía un buzo oversize amarrado a la cadera , se lo puso, se puso su capucha, lentes y dió la vuelta , pero por la cuadra de enfrente claro. “No vaya a ser que la reconozcan“.
Parecía una famosa escondiéndose de los papparazi .
Pasó por un local que solía ir y escucho a lo lejos
- Eh!! clara ,¿Cómo andas ? . Clara levantó la mano avergonzada. Se sacó la capucha refunfuñando .
Se quedó esperando, a una cuadra del lugar .
Le avisó a la niñera que se le había hecho tarde.
Esperó que se vayan todos los pacientes, la secretaria.
Pero Bruno… donde estaba Bruno?
Era dispersa, nunca se había preguntado cuál era su auto, en que venía, como se iba.
Clara observaba desde la esquina. Parada en el tiempo, reviviendo el momento. Pero con un profundo temor a ser lastimada.
Avergonzada. Temerosa.
Bruno en ese mismo tiempo, salió .
El auto seguía en su lugar. Todo seguía en su lugar.
Menos ella.
Sus manos temblaban. No sabía si era por el frío… o por él.
No podía volver. No podía irse. No podía enfrentarlo.
Pero tampoco podía soltarlo. Lo vio salir.
Y todo volvió a desordenarse. Se escondió bajo la capucha.
Pero él la sintió.
Giró la cabeza. Y la vio. Ahi estaba, semi oculta a media cuadra mirándolo.
El tiempo se detuvo otra vez.
Bruno dio un paso.
Clara retrocedió.
—No… —susurró.
—Clara, esperá.
Su voz ya no era la misma.
—Esto está mal…
—Lo sé.
Camino sin detenerse hacia Clara.
—Esta vez, no quiero decir lo correcto —la miró fijo—. Quiero decir la verdad.
El aire cambió.
—Te pensé todo el día —dijo—. Y no como debería.
Silencio.
—No pude sacarte de la cabeza… ni del cuerpo.