Lo inevitable

Capítulo 6: ¿efímero?

La distancia era clara.
Necesaria.
Ética.

Bruno lo tenía perfectamente claro: romper el vínculo terapeuta–paciente había sido lo correcto.

Pero lo correcto no siempre aliviaba.

A partir de esa decisión, sabía que, si volvía a acercarse, no podría hacerlo desde su rol profesional.
Sería desde otro lugar.
Desde el hombre que, sin haberlo previsto, comenzaba a amarla.

La secretaria se comunicó con Clara.

No hubo respuesta.

Bruno esperó.
Horas. Un día entero.

Nada.

La inquietud empezó a crecerle en el cuerpo.

Tomó su teléfono. Dudó unos segundos, pero finalmente escribió.
Aquel número que había pedido bajo un pretexto clínico, ahora tenía otro peso.

Clara, hola. Soy Bruno. Me gustaría poder hablar con voS sobre lo que está pasando entre nosotros. Quiero que sepas que la derivación fue por ética profesional. Por vos y por mí. De verdad quiero lo mejor para vos. Escribime cuando puedas.

El mensaje fue entregado.

Pero no leído. Bruno recordó, que después de todo. Era humano…

Pasaron los días.

Después, semanas, meses.

Clara había desaparecido.

Sin explicación.
Sin cierre.

Bruno no dejaba de pensarla.
De reconstruir cada instante.
De cuestionarse.

Se culpaba por haber cruzado ese límite.
Por haber abierto algo que después no supo sostener.

Pero lo que más lo desarmaba… era el silencio.

Ese silencio tajante que lo había dejado con el corazón suspendido en una pregunta sin respuesta.

Federico apareció sin aviso.

Amigo de toda la vida.
Leal. Directo. Incómodamente honesto, corredor de autos. Sus dos pasiones: autos y mujeres. Su hermano.
Hijo de un empresario multimillonario, habituado a un mundo muy distinto al de Bruno.

Cuando entró al departamento, se detuvo en seco.

Desorden.
Ropa acumulada.
Cuadernos abiertos por todas partes.
La computadora encendida, saturada de casos, estudios, notas.

Y Bruno… ahí, pero ausente.

Como si hubiera dejado de habitarse a sí mismo.

—¿Qué pasó acá? —soltó, recorriendo el lugar con la mirada—. Parece que te pasó un huracán por encima, hermano.

Bruno, tirado en el sillón, levantó apenas la vista.
Sonrió. Forzado.

—Vamos. Cambiate. Arreglate un poco. Nos vamos.

—No quiero… prefiero quedarme —respondió sin energía.

—Bueno, tarde —dijo Federico, sin darle opción—. Nos vamos al mar. Necesitás aire. Y, sobre todo… bañate. El Chofer espera.

Bruno bufó, pero no discutió.

Sabía que detrás de ese empuje había algo genuino.

Se miró al espejo.
Negó con la cabeza.

No se reconocía.

Se bañó.
Fue a la peluquería.
Armó una valija.

Y se fue.

El mar lo recibió con una calma que no lograba alcanzarlo.

Se instalaron.
Federico había pensado en todo: comida, libros, películas, juegos.

Un intento de reconstrucción, aunque Bruno seguía atrapado.

Le costaba soltar el consultorio.
Las voces de sus pacientes seguían resonando en su cabeza.

Y entre todas ellas…

una.

Siempre la misma.

—Bueno —dijo Federico, rompiendo el silencio—. Tenemos todo para no aburrirnos.

Hizo una pausa, sonriendo con picardía.

—Aunque… hoy hay una fiesta. Exclusiva. Andá preparando algo decente para ponerte.

Bruno lo miró, resignado.

Ya no tenía fuerzas para oponerse.

La noche llegó con exceso.

Lujo.
Luces.
Ventanas enormes abiertas al mar.
Vestidos que brillaban. Trajes impecables.

Copas caras.
Risas ajenas.

Un mundo al que Bruno no pertenecía.

Federico, en cambio, se movía con naturalidad.

—Hermano —dijo, apoyándole una mano en el hombro—. Yo sé que estás mal por una mujer. Pero no podés quedarte ahí. La vida sigue.

Lo miró de arriba abajo.

—Igual… progreso: hoy te bañaste.

Bruno soltó una risa breve, casi automática.

En medio de la música y el ruido, necesitó aire.

Salió al balcón.

El mar oscuro se extendía frente a él.
Respiró hondo.

Como último intento… soltó.

Intentó soltarla.

Ese amor repentino.
Intenso.
Inexplicable.

Efímero.

Pero inolvidable.

Bajó la mirada.

Y entonces la vio.

Una mujer en una hamaca.
Cabello castaño cayendo hasta la cintura.
Un vestido dorado que capturaba cada destello de luz.

Había algo en su forma de estar…
algo que le resultaba demasiado familiar.

Parpadeó.

Se frotó los ojos.
Se pasó la mano por la cara.

—Estoy alucinando… —murmuró.

Volvió a mirar.

El corazón le dio un golpe seco.

—No puede ser…

Forzó la vista.

—¿Clara?

La mujer se balanceaba suavemente, copa en mano, mirando el horizonte.

Y entonces lo vio: Federico acerrcándose a ella con dos copas.

Bruno se tensó.

Conocía esa escena.
Conocía a su amigo y a sus pasiones.

—Si es Clara… no lo voy a tolerar.

El recuerdo llegó de golpe: sus sesiones, su historia, el peso de su entorno.

Bruno recordó, que Clara mencionaba el entorno en el que le había tocado moverse y el por qué estaba tan sometida al juicio ajeno.

Su abuelo, era un reconocido empresario de la zona donde vivía. Propiedades, vehículos, dinero, vacío emocional.

Clara, era un títere de la sociedad. Juzgada… expuesta. Siempre observada.

Supo en ese momento, que esa mujer, podía ser sin dudas Clara .

Mientras Bruno bajaba las escaleras, esquivando gente, la escena avanzaba.

Federico ya estaba frente a ella.

Tomó su copa vacía y le ofreció otra.

—Cambiemos esta por una mejor —dijo con naturalidad.

Ella sonrió levemente.

Se puso de pie.

—¿Cómo estás? Soy Federico Arristomendi.

Tomó su mano con sutileza.

—Gracias… solo estaba sosteniendo la copa —respondió ella—. Pero bienvenido sea. Clara. Clara Arqueti.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, deseo amor

Editado: 05.05.2026

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