Lo inevitable

Capítulo 7: ¿Efímero? parte II

Meses antes…

Clara se marchó luego de ese beso.
Llegó a su casa, atendió a su hijo. Volvió a su lugar.

El miedo de sentir nuevamente la ahogaba, pero tenía la esperanza de que todo fuera diferente.

Con él, a su lado.

Sus miedos se hicieron intensos. Pero la calma de su voz, sus ojos, la presencia de Bruno, la hacían sentir plena.

Incapaz de merecerse el amor, el autoboicot aparecía.

¿Qué es lo que él hará conmigo?
¿Hasta dónde lo voy a permitir?

Era una mujer herida, con miedo a ser lastimada.

Había sido víctima de un monstruo.
Le había robado su inocencia, su autoestima, su cordura. La llevó al límite.

Aguantó una última golpiza con su bebé en el vientre.
Tomó una botella que tenía a su alcance y se la reventó en la cabeza.

El hombre quedó inconsciente.

¿Y Clara?
Expuesta.

No importaban las marcas en su piel, ni el dolor de su cuerpo, ni lo que había pasado.

La gente justificaba el accionar de Marcos. Nadie creía en Clara.

¿Cómo Marcos va a hacer una cosa así?... La loca es ella…

Su abuelo, su gran pilar, fue quien la ayudó a salir de ese pozo, de esa cárcel en la cual se encontraba.
Sin prejuicios, sólo guiado por el amor a su nieta y bisnieto.

Sin dudar jamás de la palabra de Clara...

Marcos Soretiz.
Lobo con piel de cordero.

Encantador en un comienzo: social, atractivo, corpulento.
Parecía el partido perfecto.

El padre del hijo de Clara. Quien lo negó desde el nacimiento.

Estaba consumido por la violencia, los celos, la ira.
Un monstruo, un cobarde que solo lastimaba a la mujer que… al resto del mundo, decía amar.

Hijo del socio de Mauricio, el abuelo de Clara.
Cuando se enteró de lo que había vivido su nieta, cortó todo tipo de lazo, social y comercial, con él y con su familia.

Familia que, era la encargada desde ese entonces, de hacer de la vida de Clara un infierno.

Clara se había prometido no amar más.
Jamás volver a ser lastimada.

Pero Bruno…

Como terapeuta, le había dado la esperanza de enamorarse.
De que lo bueno sí existía.

Bruno, como hombre, le había roto todos los esquemas: creer que es posible amar y ser amada.

Esa misma noche, tranquila, imaginando un universo de posibilidades con Bruno…
cada vez que revivía el momento, su corazón se aceleraba.

Giraba en la cama como una niña, pataleaba.
Estaba contenta.

Esperaba poder hablar con él al día siguiente…

De repente, escuchó un ruido.

Provenía de la sala principal.
Como si un vaso se rompiera.

No había nadie.
Solo ella… y su hijo, que dormía en la habitación de al lado.

Se tranquilizó.
Por fuera, su casa tenía custodios.

Fue a ver a su hijo… Dormía

Intentó dormir.

Escuchó pasos.

Se le paralizó el corazón.
Cada vez más cerca.

Un golpe a la puerta de su habitación.
Un hombre ingresó con fuerza.

No le dio tiempo a reaccionar.
La tomó del cuello.

—Así que ya tenés novio nuevo… Vos no vas a sonreír nunca más en tu vida.

Tomó el celular de Clara y lo arrojó contra la pared, rompiéndolo en dos.

Un amigo de Marcos había visto a Bruno y a Clara fuera del consultorio.

Marcos sabía como meterse a la casa de Clara sin ser visto, aún cuando ella había tomado todas las medidas posibles.

Cinco años y medio sin aparecer. Cinco años y medio que soportaba habladurias, el ser juzgada, el que nadie le creyera. Diez años y medios de Clara criando a su hijo sola.

—¡Marcos, qué hacés acá! Voy a llamar a la po… li… cía…

La voz de Clara se entrecortaba. No podía respirar.

Con sus últimas fuerzas, movió su mano hacia la mesa de luz.
Abrió el cajón.

Tomó un descargador eléctrico. Y lo presionó contra él.

Clara se desmayó por la falta de oxígeno.
El hombre cayó al suelo, temblando.

Los custodios entraron al escuchar los ruidos.

Su hijo, en la habitación de al lado, se despertó.
Quiso correr hacia su mamá, pero el guardia lo detuvo.

—Señor, por favor, permanezca en su habitación.

—¿Qué está pasando? ¿Mi mamá está bien? ¡La quiero ver!

—Sí, señor, su madre solo se desmayó. No se preocupe.

Pero el niño había visto al hombre en el suelo.

Asustado, se escondió en su habitación.
Esperó.

Clara fue llevada al hospital.
Marcos, a la comisaría.

En un sistema de corrupción, en un pueblo pequeño, el de más poder tomaba decisiones y quebrantaba la ley.

—¿Vos sabés quién soy yo? —dijo Marcos, de forma prepotente y sobervia—. Sacame de acá o preparate para las consecuencias.

El guardia miró a su jefe.
El jefe asintió.

—Es la última vez que te cubro, Soretiz. Arqueti también tiene poder. No quiero problemas. Arreglamos esto y no te quiero cerca de la muchacha.

—El que tenía poder era el viejo... a mí no me vas a decir qué hacer —respondió Marcos.

Le quitaron las esposas.

Pagó.
Y se fue.

Sin consecuencias.
Sin remordimientos, con la posibilidad de lastimar a Clara en cualquier momento.

Clara abrió los ojos en el hospital.

Sophie, su amiga de toda la vida estaba a su lado.

—Sophie… —dijo con voz débil—. ¿Dónde está Fermín? ¿Cómo está mi bebé?

—Tranquila, Clara. Está con Fausto, el amigo de tu abuelo afuera. Están iniciando la demanda y cuidándolo. No estás sola.

Sophie la peinó y le colocó un pañuelo en el cuello, para evitar que Fermín viera las marcas.

Fermín entró y la abrazó fuerte.

—Ma, ¿estás bien?

—Sí, mi amor, no te preocupes.

—¿Quién era ese hombre?

Clara sabía que debía responder con honestidad, pero no era el momento.

Un hombre violento, padre abandónico. Era mucho.

Fermín no preguntaba por su padre, porque para él, lo era su abuelo… Clara le había hablado de su padre, cómo era, que hacía, cómo se veía y que había hecho. Asistía a un terapeuta, siempre estuvo contenido.



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En el texto hay: amor prohibido, romance, deseo amor

Editado: 05.05.2026

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