El coche de Daniel no estaba a dos calles. Estaba mal estacionado, a media cuadra, como si lo hubiera aventado. Una camioneta negra que costaba lo que el puesto de pizzas entero. Con todo y don.
Me abrió la puerta del copiloto. Como si fuera 2019.
—¿Te acuerdas cuando odiabas que te abriera la puerta? —dijo, sonriendo. Feliz. Idiota de felicidad—. Decías que era machismo disfrazado de caballero.
—Y todavía lo creo —me subí. Cerré yo misma. Fuerte—. Pero hoy me gusta ver cómo te esfuerzas.
Él se rió. Se subió. Prendió el coche. Olía a él. A perfume caro.
No arrancó.
—Grace —dijo. Se giró hacia mí. Todo el cuerpo—. Gracias. En serio.
—Arranca, Foster. Son minutos. No es una luna de miel.
—Son minutos contigo sin que me dejes en visto —me contestó. Y me miró el bulto de la bolsa, donde traía el celular—. ¿Me vas a contestar ahora? ¿Ya estoy perdonado por rastrearte?
—No estás perdonado. Estás contratado como Uber. VIP. Muy caro, por cierto. Quinientos pesos por una pizza que costaba noventa. Te robaron.
—No me robaron —dijo, y por fin arrancó—. Pagué por verte comer. Valió cada peso.
Aceleró. Lento. A propósito. Los minutos los estaba estirando-
Por el retrovisor vi a Víctor.
No se había movido del puesto. Seguía ahí, parado bajo el farol que ya no parpadeaba. Intacto. Condensándose. Mirando cómo la camioneta negra se alejaba con lo que él creía que era suyo.
Se llevó las manos a la cabeza. Se la agarró. Inquieto. Como perro que le quitan el hueso en la boca. Dio una vuelta sobre sí mismo. Pateó una piedrita. Sacó el celular. Lo guardó. Lo volvió a sacar.
—Va a explotar —susurré, viéndolo por el espejo. Y sentí un placer feo, caliente, en el estómago.
—¿Quién? —Daniel miró por el retrovisor también. Y sonrió. Sonrisa ancha. De ganador. Por primera vez en meses, Daniel Foster iba ganando algo que no era dinero—. ¿Vargas? Que explote. Se lo merece por jugar al héroe contigo.
—Tú también juegas al héroe —le dije—. Solo que tú llegas tarde y en camioneta prestada.
—No es prestada —se defendió, ofendido—. Es mía. Y no llego tarde. Llego cuando tengo que llegar. Cuando ya te cansaste del discurso de barrio y necesitas a alguien que sí pueda pagarte la vida que ahora tienes.
Me giré a verlo. —Cuidado, Daniel. Estás a una frase de que me baje aquí y me regrese caminando con él.
Se calló. Apretó el volante. Los nudillos blancos.
—Perdón —dijo—. Es que... me pongo feliz y digo estupideces. Me pones feliz. Y nervioso. Nunca me habías pedido que te llevara a ningún lado. Siempre te ibas sola. Siempre.
Llegamos a mi calle. No le había dicho dónde vivía. Lo sabía. Claro que lo sabía. Rastreador, dije. Y no mentía.
Se estacionó frente a mi edificio. Apagó el coche. Silencio. Solo el motor haciendo _tic tic tic_.
—Ya llegamos —dije. No me bajé.
—Ya llegamos —repitió él.
Me miró. Yo lo miré. Su mano en la palanca. La mía en la manija. A un centímetro de tocarse si cualquiera se movía.
—Víctor debe estar escribiéndome ahorita —dije, sacando el celular. Sin mensajes. Peor. Mucho peor. El silencio de Víctor dolía más que los gritos de Daniel—. ¿Crees que esté celoso?
Daniel se inclinó un poco. Olía a gloria. A malas decisiones que sí olían bien.
—Espero que sí —dijo bajito—. Espero que no duerma. Que se quede con tu pizza a medias y entienda que hoy, por primera vez, tú te fuiste conmigo. No con él.
Me acerqué. Un poco. Solo para ver cómo respiraba agitado.
—¿Y tú? —le susurré—. ¿Estás feliz, Foster? ¿Te alcanzó para ser feliz con quinientos pesos y un aventón?
—Estoy... —tragó saliva. Los ojos en mi boca—. Estoy pagando con intereses, Grace. Y me encanta deberte.
Afuera, mi celular vibró al fin.
Era Víctor.
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Editado: 14.08.2026