No era un mensaje largo. Víctor nunca escribe largo. Escribe como pelea. Corto. Al hueso.
En la pantalla, con el brillo al máximo en la oscuridad de la camioneta de Daniel, decía:
¿Ya llegaste?
Nada más. Dos palabras y un signo. Pero yo conocía a Víctor. Conocía ese ¿Ya llegaste? que no era ¿Ya llegaste? Era ¿Te tocó? ¿Te bajaste? ¿Te quedaste? ¿Te arrepentiste? ¿Voy por ti?
Daniel lo leyó por encima de mi hombro. Porque Daniel siempre lee lo que no le toca leer.
Se tensó. La felicidad se le borró de un plumazo.
—Contéstale que sí —dijo. Demasiado rápido. Ya no feliz. Ya inquieto él también—. Que ya llegaste y que estás bien. Y que yo te cuidé.
Lo miré. —¿Que tú me cuidaste? ¿Eres mi papá o mi Uber?
—Grace...
—¿Qué? —le volteé el celular—. ¿Quieres que le ponga que me cuidaste? ¿Que me abriste la puerta como caballero y me trajiste sana y salva? ¿Para que mañana me reclame que soy una interesada que se va con el que tiene camioneta?
Daniel apretó la mandíbula. Esa mandíbula cara que no sabía perder.
—No —dijo—. Ponle que te quedas conmigo. Un rato más. En el coche. Hablando.
—Ni muerta —me reí—. ¿Quieres matarlo?
—Quiero que entienda —se acercó. Un poco más. Ya no olía a perfume. Olía a celos. A celos de verdad, no a los míos fingidos—. Que no es el único que puede esperarte bajo un farol. Que yo también sé esperar. Que yo también sé...
No terminó. Porque mi celular volvió a vibrar.
Sullivan, contesta. No me dejes así.
Se me encogió el estómago. Así. Esa palabra era de nosotros. De cuando estba en la univercidad antes de que lo rechazara, me quedaba dormida en su pecho y él me decía _no te duermas así, enojada_.
Daniel lo vio. Claro que lo vio. Leyó así y entendió que había un idioma que él no hablaba.
—Te tiene bien entrenada —soltó. Con veneno. Ya no era el chico feliz. Era Foster otra vez. El que negocia, el que pierde y patea—. Dos mensajes y ya te tiene con la culpa. ¿Así te trae? ¿Con culpa y con pizza?
—Me trae como quiere traerme —le escupí—. Y tú me trajiste como quisiste traerme. ¿Cuál es la diferencia, Daniel? ¿Que tú pagaste más?
Nos quedamos viendo. Respirando fuerte. Los dos enojados. Los dos a cinco centímetros de besarnos o de matarnos. Que en nosotros era lo mismo.
Afuera, un coche pitó. Luz alta. Nos alumbró de golpe.
Era un taxi. Viejo. Blanco con beige. Parado en doble fila justo detrás de la camioneta negra de Daniel.
Se bajó Víctor.
Con mi cartera en la mano. Yo la había dejado.
Caminó hasta la ventana de mi lado. Tocó con los nudillos. _Toc toc_. Calmado.
Bajé el vidrio. El corazón en la garganta.
—Se te olvidó —dijo Víctor. Me tendió la mano. Sin mirar a Daniel. Como si no existiera—.
Daniel se inclinó hacia mi ventana. Sonriendo de nuevo. Sonrisa de tiburón. Feliz otra vez, porque el otro estaba inquieto otra vez.
—Ella no tiene dudas, Vargas —dijo Daniel por mí—. Ya llegó. Está conmigo. Puedes irte.
Víctor por fin lo miró. Uno. Dos segundos. Hombre a hombre. Otra vez.
—Yo no hablaba contigo, Foster —dijo Víctor. Y volvió a mirarme—. ¿Te quedas o te vas, Sullivan? Porque el taxi ya está pagado. Para los dos. O para ti sola,para huir lejos. Tú decides.
Y ahí estaba yo. Otra vez.Dos hombres. Un taxi y una camioneta.
Y el poder, otra vez, todo mío.
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Editado: 14.08.2026