Dicen que en la vida solo llegan tres propuestas de amor verdaderas. Solo tres.
Y yo, en un acto de brillante estupidez, las rechacé todas. Por tonta. Por mensa. Por creer que el tiempo me sobraba.
A mis veinticinco, ya debería estar casada. Eso murmura la gente cuando paso. Eso me grita el espejo cada mañana.
Medias sandías, medias naranjas… el amor ideal que nunca mordí.
Mi primera propuesta fue un desastre con todas sus letras. Secundaria. Yo, una niña que se creía crítica de belleza, rechacé al chico regordete solo porque “no era mi tipo”. Era el rarito que nadie quería cerca. Hoy es el heredero de una cadena hotelera. Si lo hubiera sabido, si hubiera visto más allá de su cara redonda y su suéter dos tallas grande… ahora estaría brindando en París, con vista a la Torre Eiffel, desde uno de sus suites. Pero no. Elegí el orgullo. Y el orgullo no paga viajes.
La segunda estaba condenada desde el inicio. El chico nerd, mi naranja dulce. Le encantaba el color naranja, lo usaba hasta en los calcetines. Lo conocí en la prepa y lo descarté por algo tan absurdo como sus lentes “de abuelo”. Qué ironía. Esos lentes me salvaron. Resultó que mi naranja dulce tenía el alma amarga: vendía sustancias ilegales detrás de la biblioteca. Creo que aún cuenta los días en una celda. A veces me pregunto si sigo viva de milagro.
Y la tercera… ay, la tercera todavía me duele en el pecho. Universidad. Él se llamaba Víctor. Víctor. Un nombre fuerte, de batalla, aunque el mundo lo tilde de “tercer mundo”. No lo rechacé por eso. Lo rechacé porque yo me estaba rompiendo. Los exámenes, las noches sin dormir, el futuro pesándome en la espalda. Él me gustaba. Me gustaba tanto que me daba miedo. Y cuando tienes miedo, huyes. Así que lo dejé ir, con una sonrisa cobarde y un “no es el momento”.
Desde entonces, el cielo me cerró las puertas. Fue como si los dioses se reunieran y decretaran: “No más amor para Grace Sullivan”. Y lo cumplieron. Ahora que por fin quiero casarme, que estoy lista, que me muero por decir “sí”… nadie me mira. ¿De verdad los veinticinco son una maldición? Maldito amor que se fue sin avisar y no deja ni una nota.
Pero se acabó. No pienso sentarme a llorar esperando a Cupido. Yo voy a cazarlo. Le voy a tumbar las alas, a romper su estúpido arco y a arrancarle el corazón para ponerlo en el mío.
—¡GRACE SULLIVAN! ¿Dónde demonios está el diseño que te pedí? ¡Se viene a trabajar, no a soñar despierta!
La voz me sacó del drama como cubetazo de agua fría. Pegué un brinco.
—Se lo envié por correo, ¡jefecito lindo! —le contesté con mi mejor sonrisa venenosa.
Daniel Foster. Mi jefe. Mi pesadilla con traje caro y loción que debería ser ilegal. Y sí, duele admitirlo: estoy detrás de él. Como todas. Unas por amor, otras por dinero, algunas solo por el reto de domar a la fiera. Yo… yo por seguridad. Porque si el mundo es un barco que se hunde, Daniel es un maldito yate.
Me acerqué a su escritorio, ignorando cómo me latía el corazón de tonta.
—Daniel, sal conmigo hoy.
Él ni levantó la vista de los planos.
—¿Te parece que no tengo trabajo, Sullivan?
—Ay, no seas ermitaño. Pero si tan ocupado estás, te tengo una propuesta de trabajo.
Eso sí lo hizo mirarme. Entrecerró los ojos, desconfiado.
—Está bien. Sígueme.
Su oficina huele a él: a café y a problemas. En cuanto cerró la puerta, me tomé la libertad de cerrar las cortinas. Su ceja se alzó, peligrosa.
Esto se va a poner feo. Y aun así, aquí voy. Todo o nada, Grace.
—Cásate conmigo, Daniel Foster.
Silencio. Pude oír cómo se le frenaba el mundo.
¿Casarme con Grace? La vi ahí, plantada, sin una pizca de vergüenza. Ella nunca ocultó que me quería. Nunca. Es descarada, insistente, un maldito dolor de cabeza con lipstick rojo.
—No —solté, seco. Como si eso bastara.
—¿Ni siquiera lo has pensado? —Me retó, con esa chispa en los ojos que odio porque me gusta.
Y ahí empezó. Su letanía. Su discurso de por qué sería la esposa perfecta: que cocina como los dioses, que es ordenada hasta la locura, que es linda, que es franca, que…
Ahí va Grace otra vez, vendiéndome un matrimonio como si fuera un penthouse en preventa.
—Dijiste que hablaríamos de trabajo, no de matrimonio —la corté, ya harto.
—En mi defensa —replicó sin perder la sonrisa—, el matrimonio _es_ trabajo. El más duro.
No pude evitarlo: casi me reí. Casi.
—Fuera de mi oficina. Ahora.
Me sostuvo la mirada. Por un segundo vi algo roto en ella, algo real debajo de toda esa locura.
—Si me dejas salir por esa puerta, Daniel, lo tomaré como un no. Y te juro que nunca más te voy a rogar.
Excelente. Justo lo que necesitaba oír.
Me levanté, abrí la puerta de un tirón y prácticamente la empujé fuera.
No necesito una esposa. No necesito más caos. No necesito a Grace Sullivan complicándome la vida.
Adiós, Foster.
Lo admito solo aquí, en mi cabeza: entré a esta empresa de bienes raíces solo por él. Tres meses rogando al destino, a Cupido, a quien sea… a la basura. Le di clic a “enviar” en mi carta de renuncia antes de que el elevador cerrara sus puertas.
Mientras bajaba, saqué mi lista. Sí, tengo una lista. No juzguen. Respiré hondo y taché el nombre de Daniel con una rabia que me sorprendió.
Bien. Siguiente.
No es un pez gordo como Foster, no tiene trajes de diez mil dólares ni oficina en el piso 30. Pero tiene una cafetería, manos que huelen a café recién hecho y una sonrisa que recuerdo incluso después de años.
Pronto haré que me contrate.
Su nombre es Víctor.
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Editado: 20.07.2026