Asunto: Renuncia inmediata
De: Grace Sullivan
Para: Daniel Foster
Lo leí una vez. Luego otra. Y otra más, como si en la tercera pasada fuera a aparecer el “jajaja es broma, jefecito lindo” que Grace siempre colaba en todo.
Pero no. Nada.
Estimado Sr. Foster:
Por medio de la presente le informo que renuncio a mi puesto como diseñadora y aprendis de ventas junior en Foster & Asociados. Mi último día fue hoy.
Gracias por la oportunidad.
Atentamente, Grace Sullivan
P.D. El café de la oficina es horrible. Debería despedir a la máquina, no a la gente.
Cerré el correo de golpe. Lo abrí de nuevo. Seguía ahí. Seguía siendo real.
Qué típico de Sullivan: renunciar con una posdata insultando a la cafetera.
Me eché para atrás en la silla, aflojándome la corbata como si de pronto me faltara aire. Problema resuelto, ¿no? Eso es lo que debería estar pensando. Una empleada insubordinada, ruidosa, que me propuso matrimonio entre junta y junta, se larga por voluntad propia. Caso cerrado.
Abrí “Responder”. Mis dedos escribieron en automático, con esa frialdad que me tomó años perfeccionar.
Asunto: Re: Renuncia inmediata
Grace,Recibida tu renuncia. Todo está en orden con Recursos Humanos. Te deseamos éxito en tus futuros proyectos.
Daniel Foster, Director General.
Impecable. Profesional. Distante.
Le di enviar antes de que se me ocurriera añadir una estupidez como “no vuelvas a cerrar mis cortinas”.
Listo. Todo está bien.
Eso diría cualquier hombre con dos dedos de frente. Un dolor de cabeza menos. La empresa vuelve a ser lo que construí: orden, silencio, resultados.
Entonces que alguien me explique por qué esta maldita oficina pesa como si le hubieran echado concreto encima.
La mañana se arrastró. Nadie azotó mi puerta para dejarme un croissant “porque te ves más gruñón sin azúcar, jefe”. Así que no desayuné. No es que me importara el croissant. Es el principio. Yo no necesito que nadie me alimente.
Más tarde la impresora decidió morir. Antes, Grace aparecía en dos minutos, le daba su famoso “golpe técnico” —una patada bien colocada—, le susurraba “pórtate bien, cariño” y la maldita cosa volvía a la vida como si le tuviera miedo. Hoy marqué a Sistemas. Tardaron una eternidad. Cuarenta y siete minutos exactos viendo cómo mi productividad se iba al demonio. Terminé con ganas de comprar una impresora nueva solo para prenderle fuego a esta.
Y el silencio… Dios, el silencio.
No hay tacones imprudentes rebotando por el pasillo. No hay un “¿qué haces, ermitaño?” murmurado cuando pasa frente a mi puerta de vidrio. No hay post-its invasivos en mi monitor con letras redondas diciendo “Sonríe, te ves menos viejo” llenos de corazones mal dibujados.
Abrí el cajón de mi escritorio sin saber por qué. Ahí estaba uno, arrugado, que se me pasó tirar: _“Recuerda respirar, jefe amargado. – G”_.
Lo hice bola con rabia y lo lancé al bote. Tres segundos después lo estaba rescatando, alisándolo contra el escritorio como un idiota. Lo guardé de nuevo.
Patético.
Daniel Foster, CEO de Foster & Asociados, rescatando basura sentimental del bote. Si mi padre me viera.
Martínez de Contabilidad entró después con unos reportes. Tocó la puerta. Esperó a que le diera permiso. Habló en voz baja. Se fue sin un solo comentario fuera de lugar. Eficiente. Profesional. Insoportablemente aburrido.
Y ahí me cayó la ficha, como un ladrillo en la cabeza: me acostumbré. En tres meses me acostumbré al desastre con nombre y lipstick rojo. Me acostumbré a que me dijera “jefecito lindo” con esa mezcla de burla y algo más que nunca quise nombrar. Me acostumbré al caos.
Ahora ella no está.
La oficina funciona como reloj suizo.
Y la odio por funcionar.
Para cuando el sol empezó a caer, ya había revisado mi bandeja de entrada más veces de las que voy a admitir. Nada. Ni un mensaje de última hora. Ni un meme pasivo-agresivo a medianoche. Ni otra propuesta de matrimonio que pudiera rechazar para sentirme en control.
Me serví un whisky en mi despacho. A plena luz del día.
Alcé el vaso hacia la silla vacía frente a mí. Esa donde se sentaba a “hablar de trabajo” y terminaba explicándome por qué yo necesitaba una esposa y ella un anillo.
“Salud, Sullivan. Ganaste. Te llevaste el ruido y me dejaste con todo este maldito orden”.
Todo está bien. Todo está malditamente en su lugar.
Por eso la oficina parece un mausoleo y yo el maldito cadáver principal.
Saqué el teléfono. Busqué su contacto. _Grace Terremoto Sullivan_. Así la guardé la segunda semana, cuando entendí que “problema” se quedaba corto.
Mi pulgar se quedó ahí, suspendido sobre la pantalla. ¿Llamarla para qué? ¿Para decirle “oye, vuelve a volverme loco”? ¿”La impresora y mi cordura te extrañan”?
No.
Yo soy Daniel Foster.
Yo no persigo a nadie. Yo no extraño el caos. Yo no admito, ni muerto, que una diseñadora junior con complejo de tornado me desarmó la rutina en tres meses.
Yo. Estoy. Bien.
Bloqueé el teléfono y lo lancé al otro extremo del escritorio. Rebotó contra la base de la lámpara y cayó al suelo.
Perfecto. Muy digno.
Mañana Recursos Humanos me traerá candidatos. Pediré a alguien callado. Metódico. Que toque antes de entrar y que jamás, por ningún motivo, cierre mis cortinas sin permiso.
Alguien aburrido.
Alguien que no tenga el cabello que huele a vainilla, ni la lengua más rápida que el cerebro, ni la costumbre de proponerme matrimonio como quien pide un aumento.
Alguien que no sea Grace.
El único problema, el verdadero problema, es que después de ella… “aburrido” suena a sentencia de muerte. Y yo, por primera vez en años, no sé si quiero cumplirla.
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Editado: 20.07.2026