Lo mas cerca a Amor: Medio limón

3 Desastre controlado

La cafetería se llamaba _Aroma & Versos_. Qué bonito. Qué hipster. Qué poco me importa cuando estás a dos pasos de vivir debajo de un puente por renunciar estúpidamente.

Empujé la puerta y la campanita sonó como si anunciara mi entrada triunfal. Spoiler: no era triunfal. Era desesperada. Tenía el CV en la bolsa —tres meses en bienes raíces y una maestría en fracasos amorosos no lucen mucho en papel—, el rímel corrido de la lloradita digna en el elevador, y un plan maestro: fingir demencia.

Y ahí estaba él.
Víctor.
Detrás de la barra, con ese delantal manchado de harina, el cabello un poco más largo que en la universidad, y la misma sonrisa tranquila que me desarmó hace años. Estaba sirviendo un latte como si estuviera pintando la Capilla Sixtina. Dios, seguía guapo. Injustamente guapo.

Me vio. Se quedó quieto medio segundo. Y sonrió.
Esa sonrisa. Me dieron ganas de salir corriendo y también de tirarme al piso a llorar. Hice lo único lógico: actué.

—¡Hola! ¿Tú trabajas aquí? —pregunté con mi mejor cara de “soy una clienta random que nunca te rompió el corazón en la universidad”. Oscar a Mejor Actriz, por favor.

Víctor arqueó una ceja. Esa ceja lo decía todo: "Te estoy viendo, Grace" .
Pero me siguió el juego, bendito sea.
—Algo así —contestó, limpiándose las manos en el delantal—. ¿Te sirvo algo?

—Sí… eh… un empleo —solté. Directo. Sin anestesia. Sin dignidad.
Él casi tira la jarra de leche.

Parpadeó. Una vez. Dos.
—¿Un empleo? —repitió, como si hubiera pedido un unicornio en vaso grande.

—Ajá —Me acerqué a la barra, apoyando los codos como si fuera mi casa—. Resulta que pasaba por aquí, vi que se ve acogedor, y pensé: “Grace, tú siempre quisiste aprender del maravilloso mundo de la… eh… panadería”. ¿Contratan?

Mentira. Mentira cochina. Yo sabía perfectamente que era suyo. Lo stalkeé en Instagram hace dos semanas, cuando Daniel Foster me dejó claro que prefería comerse un contrato que casarse conmigo. Víctor había subido una foto cortando listón: “Inauguración de mi sueño. _Aroma & Versos_ ya es una realidad”. Y yo pensé: “Mi plan B”.

Víctor se cruzó de brazos. No se veía enojado. Se veía divertido. Peor.
—¿Sabes hacer café, Grace?

—Obvio —mentí otra vez. Lo más complejo que he hecho es un Nescafé con agua de garrafón—. Bueno, casi obvio. Pero aprendo rápido. Soy… muy visual. Y carismática. La gente ama mi carisma. ¿No me amaste en la universidad? Digo… ¿no me amó la gente en general?

Maldita sea, Grace. Céntrate.

Él se mordió la sonrisa. Esa maldita sonrisa que me hizo rechazarlo hace años porque “no era el momento” y ahora me hacía querer retroceder el tiempo y cachetearme.
—Grace —dijo, lento, saboreando mi nombre como si fuera un café nuevo—, esta es "mi" cafetería. Yo soy el dueño.

Abrí los ojos como platos. Manos al pecho. Actuación nivel telenovela.
—¡¿QUÉ?! ¡No sabía! ¡Te juro que no tenía idea! O sea, ¿tú? ¿Dueño? ¡Guau! Qué… qué coincidencia tan cósmica. El destino, ¿no?

Víctor se inclinó sobre la barra, bajando la voz. Sus ojos eran cafés, como el mejor espresso: oscuros, calientes, peligrosos.
—Grace, me viste cortar el listón en mis historias. Le diste like.

Me quise morir.
—Ah. Cierto. Eso. Bueno… le doy like a todo. Soy muy… solidaria. Con los emprendimientos.

Silencio. Un cliente pidió un bagel a mis espaldas. La vida seguía. Mi dignidad, no.

Suspiré. Se acabó la actuación. Dejé caer los hombros y las máscaras.
—Está bien. Te mentí —admití, jugando con una servilleta—. Sí sabía que era tuya. Y sí, vine aquí por ti. No por el café. Bueno, también por el café, necesito comer. Renuncié a mi trabajo esta mañana. Bueno, técnicamente me auto-desempleé después de proponerle matrimonio a mi jefe y que me botara como bicho raro.

Víctor no dijo nada. Solo me miraba. Y en su mirada no había juicio. Había… pena. Lástima. De esa que duele más que un insulto.

—Por favor —solté, y mi voz se quebró sin permiso—. Dame trabajo, Víctor. De lo que sea. Lavo platos. Limpio mesas. Finjo que sé usar esa máquina gigante que gruñe. No sé nada de panadería, soy un desastre con la harina, probablemente incendie algo el primer día. Pero necesito… necesito empezar de cero. Y no se me ocurre un lugar más seguro que contigo.

Ahí estaba. La verdad, vomitada en medio de _Aroma & Versos_ a las 10 de la mañana. Patética. Real. Muy Grace.

Él tardó una eternidad. Luego se pasó la mano por el cabello, dejando un rastro de harina.
—Grace… tú me dejaste ir en la universidad. Dijiste que no querías un romance. Que estabas enfocada.

—Y era verdad —susurré—. Estaba tan rota por dentro que si alguien me quería bien, yo lo rompía primero. Y te rompí a ti. Lo siento. Lo siento tanto que me da asco.

Víctor cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, algo había cambiado. No era perdón. No era amor. Era algo más triste: resignación.
—Necesito a alguien en la caja. Turno de la tarde. Paga el mínimo. Y si rompes una taza, la pagas.

El corazón me brincó hasta la garganta.
—¿Eso es un sí?

—Eso es un “no te mueras de hambre, Grace” —dijo, y por fin sonrió de verdad. Chiquita. Cansada—. Pero que quede claro: aquí vienes a trabajar. No a buscar esposo. No a cerrar cortinas. No a hacer dramas.

—Trato hecho —le juré, alzando la mano como niña exploradora—. Cero dramas. Solo cafés y… y esas cosas redondas de pan. ¿Bagels? Sí. Bagels.

Víctor negó con la cabeza, pero ya estaba agarrando un delantal.
—Te lo dejo en la silla. Empiezas mañana. Y Grace…

—¿Sí?

—Bienvenida a mi caos.

Me entregó el delantal. Olía a canela y a café.
Y por primera vez en tres meses, desde que Daniel Foster me echó de su oficina y de su vida, sentí que podía respirar.

No sabía nada de panadería.
No sabía si Víctor me perdonó.
No sabía si esto era el inicio de algo o solo otro error en mi lista.




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