Lo mas cerca a Amor: Medio limón

4 Tres formas de morir

6:03 am. Aroma & Versos._
Llegué cuarenta minutos temprano. ¿Por qué? Porque el pánico no tiene horario. Porque si la iba a cagar, prefería cagarla sin público.

Me puse el delantal. Olía a canela y a mi dignidad hecha trizas de ayer. Lo planché anoche. Sí, planché un delantal. Nueva yo. Responsable yo. Yo que no incendia cosas.

Víctor ya estaba adentro. Música bajita, luz cálida, y él sacando charolas del horno como si hubiera nacido con una pala de panadero en la mano. Se veía… en paz. Yo se la quité hace años y él la recuperó sin mí. Eso me dio un retortijón que no era de hambre.

—Buenos días —dije. Demasiado fuerte. Demasiado animada. Voz de conductora de programa infantil.
Él ni se giró. —Buenos días, Grace. El café está ahí. La máquina de pedidos es esa tablet. Te explico en cinco.

Café. Máquina. Tablet.
Tres palabras. Tres formas de morir.

Me acerqué a la bestia cromada que gruñía. La máquina de espresso. Tenía más botones que el tablero de un avión. Vapor. Manómetros. Un tubo que escupía como dragón enojado.

—Okey —susurré—. Tú puedes, Grace. Eres visual. Eres carismática. Eres…
—¿Estás hablando sola? —Víctor apareció a mi lado. Olía a pan caliente y a juicio.
—No —mentí—. Le rezo a la máquina. Para que no me mate.

Él se mordió la sonrisa. Esa maldita sonrisa que me daba ganas de renunciar y besarlo al mismo tiempo.
—Mira, esto es el portafiltro. Aquí va el café molido. Esta es la lanzeta de vapor. Quema. Mucho.
—Entendido —asentí. No entendí nada—. Portafiltro. Vapor. Muerte. Anotado.

Intenté poner el portafiltro. Lo puse al revés. Víctor lo corrigió sin decir nada. Sus dedos rozaron los míos medio segundo. Me dieron corriente. No la del enchufe.
—Ahora presiona aquí para…

La máquina rugió. Salió agua hirviendo por donde no debía. Le pegué un grito. Salté para atrás. Tiré un bote de canela. La canela voló. Ahora yo también olía a canela. Y a desastre.

Víctor cerró la llave en un movimiento. Silencio.
Yo tenía canela en el pelo, en las pestañas, en el alma.

Él me miró. No enojado. Peor: con esa paciencia de profesor de kinder que sabe que el niño va a romper otro jarrón.
—Grace.
—¿Sí?
—¿Alguna vez has trabajado en una cafetería?
Tragué saliva. El orgullo me pesaba más que el delantal.
—No.
—¿Y en una caja? ¿Sistema de pedidos?
—Una vez usé una calculadora Casio. En 2009.

Víctor se pasó la mano por la cara. Dejó harina en la frente. Se veía cansado. De mí. Otra vez.
Respiró hondo. Contó hasta tres. Lo vi en sus ojos.

—Okey —dijo al fin. Su voz no tenía filo. Tenía cansancio—. Nueva tarea.

Caminó hasta la trastienda. Regresó con una charola enorme y una tablita con una hoja.
—Necesito inventario de pan. De hoy. Croissants, conchas, bagels, hogazas. Cuentas, anotas, no te comes la mercancía. ¿Puedes hacer eso sin incendiar nada?

Me ardió la cara. No por la canela. Por la vergüenza.
Me estaba mandando a contar panes. A la guardería de los trabajos. Porque no confiaba en mí ni para picar un botón.

Y tenía razón.
Eso dolió más.

—Sí —dije, agarrando la tablita. Me temblaban las manos—. Puedo contar. Fui a la universidad, ¿sabes? Sé contar hasta… mucho.

Víctor me sostuvo la mirada. Un segundo. Dos. Buscaba algo. Sarcasmo. Lágrimas. Drama.
No encontró nada. Porque por primera vez, no estaba actuando. Estaba humillada. Y estaba agradecida. Porque seguía aquí. Porque no me corrió.

—Bien —dijo, más bajo—. Si tienes duda, gritas.
—Entendido, jefe —intenté bromear. Me salió mal. Sonó a derrota.

Me fui a la esquina, junto a los estantes. Croissants. Uno, dos, tres… diecisiete. Conchas. Blancas, rosas. Veinticuatro. Bagels. Olían a todo lo que yo no era: consistentes, redondos, completos.

Contaba. Anotaba. Rayaba la hoja porque me equivocaba. Borraba. Volvía a contar.
Cada tanto, oía la máquina rugir. Oía a Víctor tomar órdenes, reírse con un cliente, decir “claro, el de avena sale en tres”.
Él estaba en su elemento. Yo estaba en el rincón, contando pan como castigo preescolar.

A la media hora, me ardían los ojos. No por la harina.
Porque me di cuenta: yo no vine por el empleo. Vine por él. Por la fantasía de que me viera y dijera “te extrañé”. Y él me vio y dijo “cuenta panes”.

Me lo merecía.
Eso era lo peor. Me lo merecía todo.

—Grace.
Levanté la vista. Víctor estaba frente a mí con un vaso. Agua. Hielos.
—Toma. Te ves… roja.

Roja de vergüenza. Roja de canela. Roja de rabia contra mí misma.
—Gracias —lo agarré. Nuestros dedos no se tocaron esta vez. Él se aseguró.

—Oye —dijo. Se rascó la nuca. Incomodo—. No te mandé aquí para humillarte.
—Ya sé —me reí. Sin gracia—. Me mandaste aquí para que no mate a nadie con la lanzeta. Buena decisión, jefe.

Él no se rió.
—Te mandé aquí porque todo el mundo empieza en algún lado. Yo empecé lavando platos a los dieciséis. Quemé tres charolas mi primer día.

Quise creerle. Quise no sentirme como la niña tonta que arruina todo.
—¿En serio? —pregunté.
—En serio. —Se encogió de hombros—. Además… si te pongo en la caja hoy, quiebras la cafetería y mi seguro no cubre “exnovias dramáticas”.

Ahí estaba. La palabra. Exnovia. Ni siquiera fuimos eso oficialmente. Pero dolió igual. Porque cerró la puerta. Con amabilidad. Con lástima.

—Anotado —dije. Tomé agua. Me supo a orgullo tragado—. Croissants: diecisiete. No me los comí. Todavía.

Víctor sonrió. Chiquita. Real.
—Bienvenida al inventario, Grace. Si sobrevives a esto, mañana te enseño a prender la tablet. Sin que explote.

Se fue. Volvió a la barra. Volvió a su vida.

Yo me quedé con mi tablita, mis panes y mi estómago revuelto.
Conté otra vez. No porque lo necesitara. Porque necesitaba hacer algo bien. Aunque fuera contar.




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