Lo mas cerca a Amor: Medio limón

6 Foster & Asociados

Oficina piso 30. Foster & Asociados. 4:13 pm.

La puerta de vidrio se azotó.
Mateo ni levantó la vista. Ya sabía. Cuando Daniel Foster azota puertas, el piso entero contiene la respiración.

—Cancela las juntas de mañana —gruñó Daniel, tirando el folder sobre el escritorio. Los papeles se regaron. Como su paciencia.
—Pero señor, la de…
—_¡Que las canceles!_ —Su voz rebotó en los ventanales. Afuera, la ciudad seguía. Adentro, su mundo se estaba yendo.

Llevaba tres semanas así. Desde _Aroma & Versos_. Desde el delantal. Desde Víctor.
Desde que el caos se mudó de su oficina a una cafetería de mierda con nombre hipster.

Mateo tragó saliva. Juntó los papeles sin hacer ruido.
—La señora Lagunes llamó otra vez —dijo, bajito. Como quien desactiva una bomba—. Dice que no firma el contrato de Las Lomas si no… si no la atiende la señorita Sullivan.

Daniel se quedó quieto.
La lapicera Montblanc que tenía en la mano crujió.

Lagunes, Treinta millones de dólares en juego. La clienta más difícil del portafolio. La que hace tres meses le dijo: _“Solo firmo si me atiende tu chaparrita intensa. La que se acuerda del cumpleaños de mi yorkie. La que me dijo que este edificio me haría sentir en casa”_.

Esa chaparrita intensa ahora contaba panes. Y le sonreía a otro.

—No está —escupió Daniel. Se pasó la mano por el pelo. Despeinado. Él nunca está despeinado—. Grace ya no trabaja aquí. Consíganle a otra. A cualquiera.

—Señor, ya mandamos a tres ejecutivos. La señora los corrió a todos —Mateo no lo miraba. Miraba el piso. Inteligente—. Dijo textual: “Mándenme a la que me escucha, no a robots con corbata”.

Daniel agarró el primer objeto que vio. Un pisapapeles de cristal. Lo apretó hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No lo tiró. Tirarlo sería admitir que perdió.

Porque perdió.
Perdió el negocio.
Perdió el control.
La perdió a ella.

Y lo peor: la extrañaba.
No como mujer. Eso sería fácil. Eso se arregla con citas y flores y disculpas.
Extrañaba el ruido. Extrañaba llegar y encontrar post-its pegados en su monitor: _“Jefe gruñón, tómate el café antes de matar a alguien :D”_. Extrañaba que le moviera los libros de lugar “para que fluyera la energía”. Extrañaba que le dijera _“hoy te ves menos muerto, ¿dormiste o qué?”_ sin miedo.

Extrañaba que alguien lo tratara como humano y no como firma.

—Lárgate, Mateo —dijo al fin. Voz baja. Peligrosa—. Y dile a Lagunes que si quiere a Grace, que vaya a buscarla a una cafetería en la calle Roma. Yo no soy recadero.

Mateo salió. Sin portazo. Sin ruido. Como se sale de un funeral.

Daniel se quedó solo. Se sentó. Abrió el cajón.
Ahí estaba. Otro post-it amarillo, arrugado. Lo encontró pegado abajo de su escritorio el día que Grace renunció. Lo dejó ahí. Como venganza. Como recuerdo.

_“Si algún día me extrañas, acuérdate que tú me dejaste ir primero. – G.”_

Lo arrugó con el puño. Lo tiró al bote. Falló.
Cayó al piso. Como él.

_6:52 pm. Aroma & Versos._

La campanita sonó.
Víctor levantó la vista de la máquina. Grace estaba en la caja, peleándose con la tablet. Mordiéndose el labio. Concentrada. Sin ver.

Y entró él.
Sin traje. Sin corbata. Camisa blanca remangada, ojeras de tres días, y cara de haber matado a alguien o haber perdido treinta millones. Ambas eran ciertas.

Grace lo sintió antes de verlo. Se le erizó la nuca. Levantó la vista.
Y se le congeló la sonrisa.

Daniel caminó hasta la barra. No dijo “hola”. No dijo “Grace”.
Miró a Víctor. Luego a ella.

—Un café —dijo. Voz rota. Voz de hombre que no duerme—. Extra amargo. El más amargo que tengas.

Víctor no se movió. Lo midió. De arriba abajo. Como se mide a una amenaza. Como se mide al ex que vuelve a moler.
—Tenemos espresso doble —contestó, parejo—. Sin azúcar. Sin leche. Sin esperanza. ¿Te sirve?

Daniel soltó una risa. Sin gracia. Vacía.
—Perfecto —dijo—. Que sepa a cierre de negocio perdido. Que sepa a…

No terminó. Miró a Grace.
Y ahí estaba. Todo. El enojo. Los celos. El cansancio. La verdad.

—Que sepa a que la señora Lagunes no firma si no la atiende mi ex aprendiz junior —soltó. Directo. Sin armadura—. La molestosa. La que me coqueteaba en las juntas. La que era buena.

Grace se quedó sin aire.
Porque Daniel Foster jamás admite que se equivoca. Jamás admite que pierde. Y ahí estaba, sangrando orgullo en medio de _su_ cafetería.

Víctor puso el espresso en la barra. Golpe seco.
—Dos tiros —dijo—. Extra amargos. Como pediste.

Daniel no agarró el café. Agarró el borde de la barra. Con las dos manos. Como si se fuera a caer.
—Ella quiere que tú negocies, Grace —dijo. Y le costó. Cada palabra le costó un año de vida—. Dice que tú le vendes una casa, no metros cuadrados. Que tú… —se rió, amarga— que tú le caíste bien.

Grace tenía el lápiz en la mano. Lo apretó.
—Ya no trabajo para ti, Daniel —susurró. Pero no sonó débil. Sonó real—. Ahora cuento panes. Y uso esta tablet.

—Lo sé —dijo él. Y por primera vez, la miró sin máscara. Sin jefe. Sin Daniel Foster—. Y se te ve… bien. Se te ve mejor que nunca. Y eso me está matando.

Silencio.
La cafetería entera dejó de respirar. Hasta la máquina de espresso se calló.

Víctor carraspeó. Se metió entre los dos otra vez. Sin tocar. Solo estar.
—Tu café se enfría, Foster —dijo. Nombre, no “señor”. Territorio marcado—. ¿Lo quieres para llevar o te lo tomas aquí, viendo lo que perdiste?

Daniel lo miró. Dos segundos. Hombre a hombre. Pasado contra presente.
Agarró el vaso. Lo bebió de un trago. Hizo una mueca. Sí estaba amargo. Como su vida.

Dejó un billete de quinientos en la barra. No esperó cambio.
—Perdón por el show —le dijo a Víctor. No a Grace. A Víctor. Porque sabía quién era el rival ahora—. Y Grace…




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