7:03 pm. Trastienda de Aroma & Versos._
Tenía el celular en la mano. La pantalla me quemaba los dedos.
_Daniel Foster. Jefe. Ex jefe. Idiota._ Así lo tenía guardado. No lo borré. Porque soy masoquista. Porque una parte de mí seguía esperando que… no sé. Que doliera menos.
Víctor estaba afuera, trapeando. Me dio “privacidad”. Mentira. Se quedó cerca de la puerta, fingiendo que acomodaba sillas. Lo escuchaba respirar. Lo escuchaba cuidar. Lo escuchaba _verme_, aunque no me viera.
Marqué.
Un tono. Dos.
Al tercero contestó. Sin “hola”. Sin “Grace”.
—Foster.
Se me cerró el estómago. Esa voz. Tres meses despertándome con ella en juntas. Tres meses dormiéndome pensando en ella.
—Soy yo —dije. Estúpido. Obvio que soy yo—. Grace.
Silencio. Lo escuché exhalar. Como si hubiera estado aguantando el aire desde las 6:52 pm.
—Lo sé —dijo al fin. Más bajo—. Vi tu número. No lo borré.
No sé por qué eso me dio un vuelco. No significaba nada. Significaba todo.
—Voy a ir —solté. Sin rodeos. Sin aire—. Con Lagunes. Voy a cerrar la venta.
Otro silencio. Más largo. Pude oír el clic de su pluma. Ese tic que tenía cuando estaba nervioso. Cuando perdía. Cuando _rogaba_, aunque jamás usara esa palabra.
—Gracias —dijo. Y le costó. La palabra le salió raspada, como si no la usara nunca—. De verdad, Grace. Gracias.
Y ahí estaba.
Eso.
Ese tonito. Ese _por favor_ disfrazado de profesionalismo. Ese Daniel Foster, el intocable, el que nunca pierde, pidiéndome a mí. A la molestosa. A la que botó.
Algo en mi pecho se encendió. Chiquito. Cruel. Dulce.
_Te tengo._
Por primera vez en mi vida, yo tenía el poder. Y me gustó. Dios, me gustó que le doliera. Que me necesitara. Que tuviera que tragar orgullo y contestar mi llamada y escuchar mi voz para no perder treinta millones.
Quise decir mil cosas. _De nada. Te odio. Te extraño. ¿Por qué no me elegiste a mí en vez de los contratos? ¿Por qué vienes a mi cafetería a sangrar orgullo y me dejas hecha un desastre?_
No dije nada de eso.
—Solo eso —dije. Voz plana. Pared de concreto. Hielo—. Voy a cerrar la venta. Es todo. No me llames para agradecer. No me llames para hablar. No me llames.
Que sufra. Que se retuerza. Que entienda lo que se siente esperar.
Si así es como Daniel Foster cae de rodillas, entonces que se arrastre. Yo ya me arrastré bastante.
Me temblaba la mano. Me temblaba la voz. Pero no me quebré.
Escuché que se reía. Sin gracia. Amarga.
—Entendido —dijo. Y sonó a derrota. Sonó a hombre que por fin entiende que no todo se negocia—. Solo eso.
Colgué.
Antes de que pudiera decir algo más. Antes de que yo pudiera decir algo más. Antes de que los dos dijéramos algo que nos hiciera retroceder diez casillas.
Me quedé mirando el celular. La pantalla se apagó. Mi reflejo me devolvió la mirada. Ojerosa. Cansada. Con harina en la ceja.
Pero había algo nuevo en mis ojos. Un brillo. Filo.
Victoria.
La puerta se abrió despacio. Víctor asomó la cabeza. No preguntó. Nunca pregunta. Solo está.
—¿Bien? —dijo.
Asentí. Mentira.
—No —corregí. Y sonreí. Poquito. Real. Y con algo más que Víctor no se esperaba—. Pero voy a ir.
Él entró completo. Se recargó en la mesa de acero. Cruzado de brazos. Muro. Refugio. Y me estudió.
Porque Víctor ve. Víctor siempre ve.
Notó el brillo. Notó la comisura de mi boca tirando hacia arriba, no de felicidad, sino de _gusto_. Notó que mi mano dejó de temblar cuando dije “no me llames”. Notó que, por primera vez desde que llegué hecha mierda a su cafetería, Grace Sullivan no se veía rota. Se veía peligrosa.
Se veía feliz de que Daniel Foster, por fin, le rogara.
Y Víctor supo, en ese segundo, que si hacer sufrir a Daniel era el precio para que él cayera a mis pies, yo estaba dispuesta a cobrarlo. Con intereses.
—Vas a ir con Lagunes —. Su voz era pareja, pero los ojos no. Los ojos ya me habían leído.
—Sí. Mañana a las 10. Su oficina. —Me guardé el celular en el delantal. Junto a la servilleta. _Lo arruiné, ¿no?_—. Solo a cerrar. Entro, firmo, salgo. Sin dramas.
Víctor arqueó la ceja. Esa ceja que lo dice todo.
—Ajá. Sin dramas. Tú. Grace Sullivan. Sin dramas. —Hizo una pausa. Me caló—. Sin venganzas.
Tragué saliva. Me cachó.
—Oye —le pegué en el brazo. Suave—. Puedo ser profesional. Fui aprendiz junior de bienes raíces, ¿recuerdas? Sé negociar. Sé cerrar.
—Lo sé —dijo. Y me miró raro. Como si me viera completa por primera vez—. Por eso te quería en la caja. Porque vendes. Porque haces que la gente compre cosas que no sabía que necesitaba. Como croissants. Como casas. Como perdón.
Me ardió la cara. No por la harina. Por él. Por lo que vio.
—Bueno, ya —me hice la loca—. Mañana cierro Las Lomas y vuelvo a la tablet. Trato.
Víctor no se movió.
—Voy contigo —dijo.
Lo miré. —¿Qué?
—A las lomas —repitió. Como si fuera obvio—. No vas sola. No después de… él. No después de todo.
Se me atascó la risa en la garganta.
—¿Perdón? ¿Eres mi guardaespaldas ahora? ¿Mi… qué?
—No —negó con la cabeza. Serio—. Soy tu jefe. Y no dejo que mi empleada vaya a firmar contratos de treinta millones sin respaldo. ¿Qué tal si te..? ¿Qué tal si te…?
No terminó. No dijo _qué tal si te vuelve a romper_. Pero lo pensé. Él lo pensó. Los dos lo pensamos.
Y yo pensé algo más: _qué tal si lo rompo yo a él esta vez_.
—No necesito niñera, Víctor —dije. Suave. Porque no estaba enojada. Estaba… expuesta. Él me había visto el monstruo chiquito que se alegraba del dolor ajeno—. Puedo sola. Siempre he podido sola.
—Lo sé —se acercó un paso. Veinte centímetros. Diez. Cinco—. Pero no tienes que. No aquí. No conmigo.
El aire se puso espeso. A canela y a algo que no sabía nombrar.
Me llegó su olor. Café. Jabón. Casa.
Y me dio miedo. Porque Víctor no me miraba con lástima. Me miraba con cuidado. Como si supiera que estoy a un paso de ser la villana de mi propia historia. Y aun así se quedara.
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Editado: 10.08.2026