Lo mas cerca a Amor: Medio limón

8 Jaque

El elevador olía a dinero y a flores carísimas. Exacto como la recordaba.
Víctor me dejó en la entrada. Sin bajarse del coche. Solo dijo: “Treinta minutos. Si no sales, entro. Y no voy a pedir permiso”.
Guardaespaldas hipster con delantal en la cajuela. Dios, ¿en qué momento se volvió mi personal?

Toqué. La puerta se abrió antes de que mis nudillos cayeran.

—¡Mi niña! —La señora Lagunes , setenta años, perlas, pelo perfecto y mirada de halcón, me envolvió en un abrazo que olía a Chanel Nº5 y a poder—. Sabía que volverías. Estos inútiles de traje no saben vender una casa, saben vender excusas.

Me solté. Sonreí. La Grace de ventas. La molestosa. La que se acuerda del nombre del yorkie.
—Señora Lagunes le traje el contrato de Las Lomas. Listo para firmar. Sin letras chiquitas. Sin robots.

Ella aplaudió, literal. Como niña.
—Lo sabía. Solo tú me entiendes. Pasa, pasa.

Y ahí estaba él.
Daniel Foster.
Parado junto al ventanal como si fuera casualidad. Como si no hubiera dormido en su oficina esperando este momento. Camisa azul, sin saco, mangas remangadas. Se veía…cansado. Y cuando me vio entrar, se le desarmó la cara medio segundo. Alivio. Culpa. Hambre.

—Grace —dijo. Voz neutra. Ojos no—. Gracias por venir.

No contesté. No tenía que hacerlo. Yo tenía el poder ahora. Y los dos lo sabíamos.

La señora Lagunes me sentó a su lado en el sofá de cuero italiano. Daniel quedó de pie. Como en penitencia.
—A ver, mi niña, explícame otra vez por qué este edificio huele a hogar —dijo ella, agarrándome la mano—. Porque estos —señaló a Daniel con la cabeza— solo hablan de plusvalía. Yo quiero hogar.

Me giré. Papeles en mano. Pero no los miré. Miré a Daniel. Directo.
—Porque tiene luz a las 7 am en la cocina —empecé. Mi voz, suave. De ventas. De veneno—. Porque el balcón cabe una mesa para dos. Porque el eco en la sala vacía suena a risas, no a soledad. Porque yo me mudaría ahí si pudiera.

Daniel tragó saliva. Lo vi en su cuello. Lo vi en sus manos, que se cerraron en puños.
Yo no le estaba vendiendo a Lagunes. Le estaba vendiendo a él. Lo que perdió. Lo que no supo cuidar.

La señora suspiró. Enamorada.
—Eso. ¡Eso! Firma, firma.

En tres minutos, treinta millones cambiaron de manos.
Lagunes firmó con una pluma fuente que valía más que mi coche. Me abrazó otra vez.
—Eres un ángel, niña. Un ángel molestoso. Te voy a recomendar con todas mis amigas.

Daniel dio un paso al frente. Carraspeó.
—La comisión de la venta te llegará por transferencia, Grace —dijo. Formal. Pero su voz se quedó atorada en mi nombre—. Directo. Sin intermediarios. Te la mereces. Toda.

Levanté la ceja. Ahí estaba. El Daniel de siempre, intentando arreglar con dinero lo que rompió con palabras.
—Gracias —dije. Seca. Profesional—. Foster & Asociados siempre tan puntuales.

Él se pasó la mano por la nuca. Nervioso. Ese gesto que solo yo le conocía.
—Te ves… bien —intentó. Su tono bajó dos octavos. Coqueteo de manual. El que usa con clientas divorciadas—. Aroma & Versos te sienta. Aunque extraño mis post-its.

Boom.
Ahí estaba. El anzuelo. El _vuélveme a mirar_. El _perdóname sin decir perdón_.

Sonreí. Lento. Con filo.
—¿Extrañas el caos o a la que lo hacía, Daniel? —Ladeé la cabeza. Inocente. Mortal—. Porque el caos sigue. Solo cambió de oficina.

La señora Lagunes nos miró a los dos. Vieja loba. Olió la sangre. Y sonrió.
—Ay, estos jóvenes —dijo, levantándose—. Los dejo que arreglen sus… contratos pendientes. Yo voy por té.

Se fue. Nos dejó solos.
El ventanal de piso a techo nos devolvía el reflejo. Él, yo, y cuarenta pisos de caída libre.

Daniel dio un paso. Uno solo.
—Grace, yo… te extraño —lo soltó. Sin armadura—. A ti, a nosotros. Con todo. Y te veo ahí, con tu delantal, con tu… _él_, y me doy cuenta que eras tú. Siempre fuiste tú la que hacía que esto no fuera solo dinero.

Me llegó su olor. Caro. A pérdida.
Y me gustó. Me gustó verlo roto. Me gustó que _él_ me rogara ahora.
Porque si Daniel Foster se arrastra, si cae a mis pies, entonces yo gano. Entonces todo el llanto, todo el “inapropiado”, toda la humillación valió la pena.

Di un paso también. Quedamos a medio metro. El mismo que tenía con Víctor ayer. Pero este quemaba distinto. Quemaba a revancha.
—Sí —susurré—. Pero lo arruinaste. Perdiste tu oportunidad.

Vi cómo le dolió. Y me regocijé medio segundo. Solo medio.

Afuera, cuarenta pisos abajo, un coche negro estaba estacionado en doble fila.
Víctor.
Recargado en la puerta, brazos cruzados, lentes oscuros. No veía nada. Pero imagino mi postura. Veía la de Daniel. Veía que yo no me había ido todavía. Imagino que le sonreía a Daniel como no le sonreía a él. Veía que el triángulo estaba armado otra vez.

Y entendió.
Grace Sullivan ya no era la chica que lo rechazo por falta de tiempo . Era la chica que tenía dos hombres en el tablero. Uno que la rompió y ahora la quería de vuelta. Y otro que la estaba armando pieza por pieza y no pedía nada.

Y podía elegir.
Podía hacer sufrir a Daniel hasta que se desangrara de orgullo.
Podía hacer sufrir a Víctor con solo mirarlo de más.
Podía hacerlos sufrir a los dos, solo porque por fin podía.

Volví a mirar a Daniel. Tenía la mandíbula apretada. Esperando mi veredicto. Esperando que yo dijera “te perdono” o “vete al infierno”.

Sonreí. Y no fue amable.
—La transferencia —dije, agarrando mi bolsa—. Que sea hoy, Foster. Sin excusas. Como tú me enseñaste.

Me di la vuelta. Tacones firmes. Espalda recta.
—Grace —me llamó. Roto.
No volteé.

Salí.
El elevador olía a victoria.
Abajo, Víctor abrió la puerta del copiloto antes de que llegara. No preguntó. No dijo nada. Solo me miró las manos. Vacías. Sin temblar.

—¿Cerraste? —preguntó cuando arranqué el cinturón.




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