Lo mas cerca a Amor: Medio limón

11 Latiendo a venganza

El vapor del horno me pegaba en la cara. Olía a gloria, a grasa, a malas decisiones tomadas bien.
Víctor pidió una pizza combinada “Para empezar”, dijo. Como si fuéramos a cenar o a declarar la guerra.

— Y dos boings de mango. Que la millonaria invita hoy.

Víctor me lanzó una mirada. _Millonaria_. La palabra todavía colgaba entre nosotros desde la cafetería.
—No uses el dinero de la culpa para invitar —dijo bajito, solo para mí—. Usa el tuyo.

—Es mi dinero ahora —le contesté, encogiéndome de hombros. Sonreí. Con filo—. Y la culpa no se rechaza, Vargas. Se cobra. Con intereses.

Él negó con la cabeza. Pero no dijo nada. Porque sabía. Sabía que parte de mí estaba ahí, con él, comiendo y otra parte seguía viendo la pantalla de las 11:00 pm. _¿Estás bien?_

Me entregaron la pizza. Le di una mordida sin pena.
—Dios —dije con la boca llena—. Esto sí es plusvalía, señores.

Víctor se rió. Por fin. Se le marcaron las arruguitas de los ojos. Las que no le veía a Daniel nunca porque Daniel no se reía, negociaba.

Y entonces lo sentí.
Esa electricidad en la nuca. La que solo pasa cuando el pasado te respira en el oído.

Levanté la vista.

Daniel Foster.
Parado bajo el mismo farol parpadeante de hace rato. Sin traje. Camisa blanca arremangada, pelo revuelto, ojeras de “no dormí porque una aprendiz me dejó en visto”. Y cara de _te encontré_.

Se me atragantó la pizza.
Tosí. Víctor me pasó el boing sin mirar. Pero lo vio. Claro que lo vio. Se tensó entero. Como perro guardián. Como hombre que ya entendió que los fantasmas no tocan la puerta. La tumban.

Daniel caminó. Despacio. Las manos en los bolsillos. Igual que Víctor hace diez minutos. Copia barata. Original rota.
Llegó al puesto. Miró al don. Luego a mí. Luego a Víctor. Luego a la pizza.

—Buenas noches —dijo. Su voz era grave. Cansada. Usada—. Otra pizza.

El don ni se inmutó. Aquí todos somos iguales a las 11:30 pm.
Daniel sacó un billete de quinientos. El don le dio cambio como si fuera Godínez, no dueño de media ciudad.

Se giró hacia nosotros. Hacia mí.
—Los millonarios también comen pizza, Grace —dijo. Y no sonrió. Lo escupió. Como reto. Como excusa—. Sobre todo cuando tienen hambre… de otras cosas.

Boom.
Ahí estaba.
Daniel Foster, en un puesto de lámina, a medianoche, rastreándome el celular porque no le contesté dos mensajes. Admitiendo, sin admitir, que me siguió. Que me necesitaba. Que treinta millones no le quitaron el hambre de mí.

Y me encantó.
Dios me perdone, pero me encantó verlo caer tan bajo. Tan humano. Tan mío.
Porque eso era: mío. Aunque no lo quisiera. Aunque lo odiara. El poder era mío.

Víctor no se movió. Le dio una mordida a su pizza. Masticó. Tragó. Recién entonces habló.
—Qué coincidencia, Foster —dijo. Nombre. Sin “señor”. Sin miedo—. La pizza es chica. Pero el hambre es más.

Daniel lo miró. Uno. Dos segundos. Hombre a hombre. Pasado contra presente. Chequera contra horno.
—No es coincidencia —contestó Daniel. Y me miró a mí—. Cuando algo te importa, lo encuentras. Aunque tengas que… rastrear un celular.

Me quedé helada.
Lo dijo. Lo admitió. Delante de Víctor. Delante del don. Delante de mi pizza con piña.
_Te rastreé porque no me contestas. Porque me estoy volviendo loco. Porque sin tus post-its no sé vivir._

Víctor dejó la pizza en el plato. Despacio. Se limpió las manos con una servilleta. Y se paró derecho. No para pelear. Para marcar. Otra vez.

—Pues ya la encontraste —dijo Víctor. Voz pareja. Barrio. Real—. Ahora qué. ¿Le vas a pedir otra pizza o le vas a pedir perdón? Porque aquí no fián ninguna de las dos.

El don se rió.
Daniel no contestó. Me miró a mí. Solo a mí.
Y yo tenía el mundo en la boca. Salsa valentina, pizza y dos hombres esperando a ver a quién elegía hacer sangrar primero.

Le di otra mordida a mi pizza. Masticé. Despacio. Hice tiempo. Hice daño.
—Él tiene razón —dije al fin, señalando a Víctor con el taco—. Aquí no fián. Ni pizza , ni perdones, ni segundas oportunidades. Todo se paga, Daniel. En efectivo.

Daniel asintió. Una vez. Tragó orgullo. Tragó saliva.
—Lo sé —dijo—. Por eso vine. A pagar. Lo que cueste.

Le dio una mordida a su pizza. Hizo mueca. Picaba. Como su vida. Como la mía.
—Y sí —agregó, mirándome a los ojos—. Los millonarios también comen pizza. Sobre todo cuando la chica que les enseñó a comerla ya no les contesta los mensajes.

Silencio.
Solo mi corazón latiendo en la garganta.

Víctor agarró su boing. Le dio un trago. Y me miró.
—¿Sullivan? —preguntó. Como si no pasara nada. Como si pasara todo—. Invita la millonaria, ¿no?

Sonreí. Y esta vez no fue cruel. Fue poder.
—Otro —dije—. Y cóbrale a él. Que hoy anda pagando por las molestias.

Daniel no se quejó. Sacó otro billete.
Víctor no sonrió. Pero no se fue.

Y yo me quedé en medio.
Un hombre a cada lado.
Y el corazón latiendo a venganza, a duda, a hambre.

Contaba cómo hacerlos caer.
De rodillas.
Uno por uno.




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