Víctor entendió antes que yo hablara. Siempre entiende. Ese es su problema. Y su condena.
Me limpié la salsa de los dedos con la servilleta. Despacio. Un dedo a la vez. Sabía que los dos me estaban mirando. Uno como si me rezara. El otro como si me cuidara. Y yo no quería ser ni santa ni cuidada. Quería ser la que cobra.
—Ya me dio frío —dije, de la nada. Me abracé sola—. Y mañana entro temprano.
Mentira. Pero sonó a verdad. Víctor frunció el ceño. —Te llevo. Terminamos esto y te llevo, Sullivan.
Ahí estaba. Mi pie.
—No —dije. Y lo miré. Dos segundos. Lo suficiente para que doliera—. Que me lleve él.
Silencio. El don apagó el horno. Hasta el farol dejó de parpadear.
Señalé a Daniel con la barbilla. Sin tocarlo. —Vivo a treinta minutos. Y ya que anda pagando deudas... que pague la gasolina. ¿No, Foster?
Daniel. Dios. Si hubieras visto su cara.
Se iluminó como si le hubiera dado los treinta millones de vuelta. Se le borraron las ojeras de un plumazo. Enderezó la espalda. Hasta la camisa blanca se le vio más cara.
—Claro —dijo. Demasiado rápido. Demasiado feliz—. Claro que te llevo. Mi coche está aquí. Aquí mismo. A dos calles.
Víctor no dijo nada. Apretó el boing. El cartón crujió.
—Grace —dijo bajito. Solo para mí. Como antes. Pero ahora ya no era tierno. Era filo—. No hagas eso.
—¿Qué cosa, Vargas? —le sonreí. Inocente. Con toda la pizza todavía en los dientes—. ¿Pedir un aventón? Pensé que éramos modernos.
—No estás pidiendo un aventón —me escupió entre dientes—. Estás haciendo una escena.
—Y tú estás haciendo cara de celoso —le contesté en el mismo susurro—. Se te nota. Inquieto. Como dijiste que nunca te ibas a poner por mí.
Víctor tragó saliva. Miró a otro lado. A la calle. A cualquier parte donde no estuviéramos nosotros dos.
Daniel dio un paso al frente. Ya saboreándose la victoria. Puso una mano casi, casi en mi espalda baja. Sin tocar. Marcando territorio que no era suyo.
—Vámonos cuando quieras, Grace —dijo, y me miró como si yo fuera su post-it favorito. El único que sí le contestó.
Me paré. Agarré mi bolsa. Dejé la pizza a medias. A propósito.
—Nos vemos mañana, Víctor —le dije—. Gracias por la pizza. La millonaria te transfiere.
Víctor se quedó sentado. No se paró. No me detuvo. Porque si me detenía, perdía. Y si no me detenía, también.
—Sullivan —dijo, al fin. Voz ronca—. Cuídate.
—No te preocupes —le contesté, y ya iba caminando con Daniel al lado—. Voy con chofer pagado.
Daniel me abrió la puerta del puesto de lámina como si fuera la de un Bentley. Me reí. Fuerte. Para que Víctor oyera.
Caminamos dos pasos. Daniel iba flotando. Lo sentía. Hombros anchos, sonrisa de niño rico al que por fin le prestan el juguete.
—Gracias por elegirme —me susurró, feliz. Idiota. Hermoso—. Pensé que no lo harías.
Lo miré de reojo. Farol, ojeras, camisa arremangada. Tan humano. Tan fácil.
—No te elegí, Daniel —le dije, bajito, dulce, veneno—. Te usé. Para que él se quede pensando en mí toda la noche. Como yo me quedé pensando en ti cuando no me contestaste.
Se le congeló la sonrisa un segundo. Solo un segundo. Luego volvió. Más oscura. Más suya.
—Me sirve —dijo—. Úsame lo que quieras. Mientras sea yo el que te lleva a casa.
Atrás, el boing de Víctor se cayó al suelo. O lo tiró. No volteé.
Que sufra. Que se inquiete. Que aprenda que a mí no se me guarda. Se me persigue.
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Editado: 10.08.2026