Después de ese primer mensaje, comenzó a volverse parte de mis días.
Ya no revisaba el celular por aburrimiento… lo hacía esperando encontrar algo suyo.
Buenos días. ¿Ya comiste? Cuéntame cómo estuvo tu día.
Pequeñas cosas. Cosas simples.
Pero nadie me había hecho sentir tan escuchada en mucho tiempo.
Había noches en las que hablábamos hasta quedarnos dormidos. Y aunque nunca estuvimos en el mismo lugar, sentía que de alguna manera él estaba conmigo.
Me aprendí sus horarios. Sus silencios. Sus cambios de humor.
Y sin darme cuenta, también me aprendí la manera en la que alguien puede convertirse en hogar sin siquiera abrazarte.