Nunca fuimos nada.
Y quizá por eso dolió tanto.
No había promesas. No había títulos. No había un “nosotros” oficial.
Pero estaban las llamadas de madrugada. Los mensajes largos. Las canciones dedicadas. Las ganas de contarnos todo.
Éramos demasiado para ser amigos… pero nunca lo suficiente para existir de verdad.
Y creo que lo peor de un casi algo es eso:
No tienes recuerdos claros que demostrar. Solo sentimientos que todavía siguen aquí.