Las madrugadas empezaron a pertenecernos.
Mientras el mundo dormía, nosotros seguíamos hablando como si el tiempo no existiera.
Y qué peligroso era sentirse tan cómoda con alguien.
Había noches donde empezábamos hablando de cualquier tontería… y terminábamos confesando heridas que nunca le habíamos contado a nadie.
Creo que ahí empezó todo realmente.
No en los mensajes. No en las canciones.
Sino en la confianza.
En esa sensación rara de sentir que alguien finalmente entendía partes de ti que llevaban años escondidas.
Él se convirtió en mi lugar favorito al final del día.
Y yo, sin darme cuenta, empecé a necesitar esas conversaciones más de lo que estaba dispuesta a admitir.