Después de eso empecé a hacer algo que nunca debería sentirse necesario cuando quieres a alguien: intentar convencerme de que todo seguía igual.
Aunque ya no se sintiera igual.
Me repetía que estabas ocupado. Que quizá solo estabas cansado. Que todos tenemos momentos donde necesitamos espacio.
Y tal vez era cierto.
Pero el corazón siempre nota cuando alguien empieza a irse emocionalmente antes de hacerlo por completo.
Había días donde extrañaba la versión de nosotros que hablaba sin esfuerzo.
La versión donde las conversaciones fluían solas. Donde no existía esa ansiedad horrible de esperar una respuesta. Donde yo no tenía miedo de sentirme reemplazable.
Y aun así seguía buscando maneras de quedarme cerca de ti.
Mandándote canciones. Preguntándote cómo estabas. Intentando recuperar algo que poco a poco se nos estaba escapando de las manos.
Pero amar a alguien también puede cansarte cuando empiezas a sentir que eres la única intentando sostener la conexión.
Y creo que una parte de mí empezó a romperse ahí: cuando tuve que fingir que no me dolía notar la distancia creciendo entre nosotros.