Creo que ninguna despedida duele tanto como las que llegan sin un verdadero cierre.
Y lo nuestro terminó así.
Sin una última conversación bonita. Sin explicaciones completas. Sin ese momento donde dos personas se miran y aceptan que ya no pudieron salvar lo que tenían.
Simplemente pasó.
Y de pronto ya no estabas.
El bloqueo dolió más de lo que me atreví a admitirle a otras personas.
Porque no solo sentí que perdía contacto contigo.
Sentí que perdía acceso a una parte importante de mi vida.
A nuestras conversaciones. A nuestra rutina. A la persona que durante tanto tiempo había sido mi lugar seguro.
Recuerdo quedarme mirando la pantalla intentando entender cómo alguien que antes estaba tan presente podía desaparecer de manera tan definitiva.
Y aun así… nunca pude odiarte.
Porque incluso rota, seguía entendiendo que ambos estábamos intentando sobrevivir a nuestras propias heridas.
Tal vez alejarnos era la única manera que encontraste para protegerte.
O para protegernos.
Y aunque me dolió muchísimo… una parte de mí siempre supo que el cariño entre nosotros había sido real.