Lo mucho que odio amarte

CAPÍTULO 1

Estaba ordenando mi cuarto, en especial mi armario, sacando cajas y objetos que no había tocado en mucho tiempo, quizás desde que estaba centrada en comer, dormir, estudiar y tener todo el 6to año aprobado para las vacaciones de verano. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando el polvo que se levantaba de cada caja que abría y cerraba. Estaba empacando todo, debía dejar todo listo para irme lo más rápido posible de la ciudad con mamá y Sebastián, mi hermano. No quería perder más tiempo en un lugar donde ya no era bien recibida, un lugar donde siempre serías juzgada, pero era difícil no distraerse con lo que uno iba encontrando en el camino en plena mudanza.

Mamá odiaba que dejara las cosas tiradas, o lo que era peor, amontonar las prendas de vestir unas con otras, cosa que después llevaría a que todo terminara arrugado o en un total desorden. Así que le había dedicado gran parte del mediodía a apartar las cosas con cuidado y sacar todo aquello que ya casi no usaba, lo que me quedaba chico o lo que necesitaba llevar. Por lo que tuve un poco de ayuda en el proceso, aunque no la quería.

Lo que tenía previsto para la tarde, lo cual era ya marcharme, se había visto interrumpido por el mensaje de mi mejor amiga, Mariana. Me había invitado a su casa un rato, a pasar una última tarde juntas, pero no creía poder estar de ánimos. Porque si todo sucede más rápido, mejor; quizás menos dolor, quizás menos tener que pensar en el viaje y todo lo que estaba dejando atrás con él.

Sin embargo, entre tanto caos, había algo que me impactaría: mi hermano encontrando una carta, una carta que dejaba por sentado palabras que me tragué y nunca las dije. No sé por qué razón guardé esa carta; tenía que haberla quemado, tenía que haberla roto en pedazos. Pero yo quería, de alguna manera, dejar una evidencia de lo que su ausencia me había dejado, del malestar que me había provocado, de como por tomar malas decisiones y confiar ciegamente en alguien que hizo que ahora este como estoy.

Y qué tonta fui, porque si quería dejar o incluso llevarme algo de él, ya lo estaba haciendo. Es decir, este viaje, solo este viaje era por su causa y porque al parecer, huir era lo mejor que podía hacer. Así que ahí no más dejé lo que estaba haciendo, le arrebaté el papel de las manos a Sebastián y la abrí para refrescar lo que había escrito. Me senté en el suelo, con las piernas cruzadas y la mirada perdida en ella.

A mi hermano, se le había cambiado la cara al darse cuenta de mi reacción y de lo que había hallado. La habitación se volvía cada vez más callada, más silenciosa, impenetrable a llenar el ambiente con las canciones de los 80 y 90 que estaba escuchando mi madre muy tranquila en la cocina, provocando así que lo único que resonaba en mis oídos fuera el latido de mi corazón, fuerte y disonante en la inquietud.

Un dolor agudo, como una punzada en el esternón, un vacío, me comenzaba a robar el aire y algunas lágrimas traviesas picaban mis ojos, calientes y saladas como el mar. Y entonces, mi memoria, caprichosa y cruel, me llevó de regreso a ese fin de semana de septiembre, a la feria de secundaria y a la persona a la que alguna vez me enamoré perdidamente.

No sabía que la carta pudiera causar tales efectos. Pero lo hizo; hizo que tuviera una mezcla de nostalgia, de bronca, de rencor. De todos modos, no fue su culpa por encontrar aquel papel; quizás fue la mía por dejar que algo tan estúpido me afectara, sobre todo por pensar que había cosas que creía haberlas olvidado o simplemente superado. Aunque, al parecer, hay algunas que nunca se irán, que perdurarán con nosotros y que con un solo contacto pueden llevarte a despertar ciertas sensaciones reprimidas.

Al final, Sebastián me quitó la carta de las manos y la tiró hacia alguna parte de la habitación, formando un bollo con ella. Me dio un abrazo y, poco a poco, iba recobrando la compostura. No sé si fue buena idea dejar que me viera así, tan vulnerable, tan triste, pero de alguna manera siempre lo terminaba haciendo. Otra vez terminaba quedando expuesta y débil. No quiero ni imaginar lo que será cuando llegue el momento y vea el rostro de ese bebé con sus rasgos y su inevitable parecido.

Septiembre

Hace un año y algunos meses

Cuando llegue a la feria, el predio era bastante espacioso y contaba con abundante zona verde, al aire libre, con unas enormes puertas para el ingreso y una estrecha calle de por medio que separaba a los emprendedores, artistas y donde estaríamos nosotros, en dos secciones: una donde se encontraban los juegos, inflables, el escenario y equipos de música. Por el otro, las carpas con puestos de comidas y jugos naturales, tatuajes falsos, maquillaje, hasta productos caseros para el hogar y artesanías que siempre sabían estar presentes para ese tipo de eventos.

Rulos, bueno, era el apodo que le habíamos puesto a Mariana junto con Ale, nuestro amigo, por sus característicos rizos de su cabellera. Aquella había decidido participar de la feria que suele organizarse cada año durante la primavera, para las promos, es decir, el 5to y 6to año, y poder recaudar fondos para las distintas actividades que se llevan a cabo y requieren tener plata. Y por supuesto que no estaba interesada en ello, ya que suelo mantenerme alejada de estos asuntos por distintas razones, que no pienso mencionar, pero de alguna manera me terminó insistiendo a que asista con ella. Así fue como un sábado, como cualquier otro día corriente, monótono y agobiante, tal vez por mi aburrida rutina, terminó provocando que mi mundo acabara de cabeza.

Entonces, aquel día nos convertimos en todas unas expertas en licuados y jugos naturales, más específicamente alrededor de seis personas en la misma labor; todos en una carpa chica, apretujados, con poca capacidad para que entren más de nuestros compañeros y nos puedan ayudar con la venta, y la división de tareas. La reglamentación era malísima, por parte de los organizadores, que habían impuesto. A veces estaba fresco y a veces hacía calor, no teníamos sillas para poder tomar un descanso, así que era estar de pie desde el medio día y toda la tarde noche con los talones y piernas doliéndote a no más poder. Eso era el primer día, porque no estaba ni enterada que pasaría el mismo martirio el domingo. Pero a quien le puedo mentir, ese siguiente no estuvo tan nefasto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.