Estábamos en mi época favorita, la primavera, aunque, a decir verdad, a veces me asusta un poco. Me asusta porque nuestra profesora de Literatura no tarda en decir un viejo dicho: "la primavera los tiene mal. Para mí que les picó el bichito del amor", o algo así, todo porque el aula suele encontrarse muy dispersa; mis compañeros apenas prestan atención a las clases y algunos se sonrojan al mencionar a un chico o una chica que les atrae. Ahí se encienden todos mis sentidos, porque no quiero que lo sucedido, el día de la feria con Mauricio, me afecte y sea a mí a quien le pique el bichito ese del amor.
No es que no quiera enamorarme. Enamorarse está bien, no tengo ningún problema. Pero últimamente no quiero echar a perder mi vida, mis metas, ni dejar de lado lo que me gusta por un chico que quizás no valga la pena. No quiero que jueguen conmigo, que me lastimen y luego pasar días de insomnio, cansancio y melancolía para olvidarlo. No quiero estropear lo que he conseguido. Mamá y papá están orgullosos de mí y no quiero defraudarlos.
Dejando a un lado el amor y la primavera, había otra cosa que me interesaba al estar en septiembre, la estudiantina. La fiesta del estudiante suele organizarla el 6to año y dura toda una semana. Ellos se encargaban de todo, pero esta vez participamos nosotros, por insistencia de un grupo que quería formar parte. Los directivos lo vieron como una gran idea para fomentar la convivencia entre cursos, pero yo opinaba lo contrario, porque mis compañeros nunca se lo tomaban en serio y siempre había peleas.
El salón de actos se solía adornar, por ser uno de los más grandes, contando con la capacidad de llenarlo con tiras de papel crepé, banderines, globos y carteleras con frases. Este tenía gradas, un techo que nos beneficiaba un montón en caso de que ese día lloviera, un escenario pequeño para las presentaciones, parlantes, iluminación y hasta un telón si teníamos que usarlo. Además, en caso de emergencia contaba con dos salidas. Estaba bastante bien para la mayoría de cosas que se suelen hacer dentro de ese sitio, ya que luego los juegos y deportes se llevarían a cabo en otro lugar. Posiblemente en el exterior, en el patio, en la cancha.
Cuando finalizó nuestro segundo módulo, nuestra segunda clase, se hizo una reunión entre todos mis compañeros para ponernos en marcha. Por lo general, tiende a ser confidencial lo que se sugiere hacer o lo que se elige, hasta tener todo por escrito y presentable en una hoja, la cual tenemos que entregar a los directivos. Cuando estos confirman y no hay nada para modificar, recién ahí podemos comunicarles a los cursos que participarán de aquella jornada, todo lo que deben saber.
Tuvimos que plantear algunas temáticas, votar... y se eligió la de siempre: representar países. Cada curso debía vestirse de un color según el país que les tocara, elegir una mascota que desfilara, etc. A mí me encantaba pensar en los preparativos, el diseño, la decoración, los juegos y el premio; era mi trabajo, aunque fue de a poco perdiendo el encanto. Resultaban ser poco originales o creativos, quizás porque mi mente estaba a otro nivel y siempre quería hacer algo a lo grande, pero el presupuesto no alcanzaría y preferirían hacer lo más cómodo.
-Quiero saber quién estará a cargo de armar la cartelera, de colocar las mesas y sillas para los profesores que serán los jurados, de adornar, de traer comida para las ventas, entre otras cosas que faltan -pregunta, Agustín, nuestro delegado. Él era la voz y oídos del 5to año.
En el medio de la reunión, mientras aquel mantenía contacto con el delegado del 6to año y les iba informando lo que se iba confirmando, hubo un cambio de planes por su parte. Lo de arreglar todo el salón, aún se mantenía, lo que cambiaba era que iban a dejarnos el último día de juegos para que nosotros lleváramos el mando. Y como no hubo objeción ante aquello, aceptaron.
En un momento, cuando el aula se convirtió en un gran barullo, le chisté a Alejandro, quien no estaba prestando atención porque se encontraba respondiendo unos mensajes en su celular.
-¿Crees que podamos encargarnos de adornar? Podríamos ser tú, yo, Mariana. No es mala idea. Sabes que disfruto mucho el adornar.
-Estaría bien, por mí no hay problema. Pero, ¿y si critican que no les gusta lo que hicimos? Después que no me venga, que los globos, que la tela, que el sonido, que las luces, porque no permitiré quejas -dijo enumerando con sus dedos al mismo tiempo que no le quitaba el ojo a la pantalla.
Moví la boca con desaprobación y me quedé pensativa.
-Sí, puede que tengas razón. ¿Y si hago la cartelera? Esas cosas también suelo hacer bien. Usaría goma eva para las letras, algunas flores y si el telón es negro pueden que vayan plateadas o puedo hacerla de colores.
-Lo que tú quieras hacer, por mí está bien. -Giró su cabeza inclinándose un poco, al punto en que tocara mi hombro, para responderme y siguió escribiendo.
Me acerqué a él para tratar de averiguar que tanto escribía. Pero lo notó y lo apartó de mi vista.
-¿Con quién te estás hablando? No me estás atendiendo y quiero que tomemos una decisión rápida con respecto a la celebración, para poder bajar al patio. Sabes que la mayoría del tiempo lo pasamos encerrados en estas aulas estudiando y no voy a soportar perder más tiempo acá y saber que no llegaran a nada. Prefiero que hagamos nuestra parte y luego lo que se nos cante.
Se le formó una sonrisa boba en su rostro, aun pegado al aparato, y sin aguantar más le quité el teléfono de las manos.
-Aja, ¿quién es Evelyn? -Lo interrogué mientras arrugaba mi cara al desplazar mi dedo por la pantalla y ver una gran cantidad de mensajes-. ¿Te escribiste con ella toda la mañana?
Alejandro contuvo un grito para no llamar la atención por su celular. Se sumó a una lucha casi infantil conmigo, intentando recuperarlo, pero no lo logró. Se lo merecía por no prestarme atención cuando le hablo.