Descubrí algo. No sé cómo una cosa llevó a la otra, pero descubrí, en medio de una charla entre mis padres, que no les cae bien la familia Almada, en especial Mauricio, porque lo consideran un "bueno para nada", sin futuro y que anda en malas juntas; un vago, en otras palabras. Y quizás tengan razón, quizás su mirada no sea tan errada, pero no lo sé con certeza, no lo he visto como es fuera de la escuela. Y tampoco quiero llevarme esa idea de él
En más de una ocasión, durante la cena, no pude evitar tomar largos tragos de jugo, apretar los labios para evitar hablar y asentir con la cabeza. No quería entrometerme. No me imagino cómo se pondrían si les dijera que existe una posibilidad, aunque minúscula, de que esté sintiendo algo por él. Un sentimiento equívoco, por supuesto. Ellos prefieren que tenga una buena reputación, buenas calificaciones, que me egrese, luego me gradúe y me especialice en lo que más me gusta; para este tema, dicen, habrá tiempo más adelante.
Siento a veces una presión por tener que tomar una decisión correcta, porque si me equivoco, solo perderé el tiempo, ya sea tanto para esto como para mis estudios. Y estaban en lo cierto, era justo lo que yo quería, pero cuando comienzas a tener ese cosquilleo en el estómago, la sonrisa tonta en tu rostro al escuchar su nombre o el irremediable temblequeo en todo el cuerpo solo por verlo, es algo que solo termina confirmando tus sospechas: estás enamorada. ¿O no? Tal vez solo se trata de algo pasajero, atracción, cualquier cosa menos enamoramiento.
Aunque deseara negarlo, estaba empezando a sentir cosas por Mauricio, y quería pensar en ello. Quería darle vueltas al asunto, enredarme en el lío, enfrentarme a la realidad y perder el sueño, como ya me estaba pasando. Y eso es lo que ocurriría ahora: tomaría la misma ruta hacia el instituto, para tropezar, una vez más, con ese bache. ¡Sí, un maldito bache todos los días! Esa imperfección del pavimento lo estropeaba todo, especialmente el camino que había intentado mantener recto y sin desviaciones. Ese bache sería mi obstáculo. Sería Mauricio.
No quería distracciones. Y esto lo era. A pesar de todo, me lo propuse. Me propuse que pasara lo que tuviera que pasar. Después de todo, ¿qué perdería? Bueno, siendo así, había mucho que perder.
—¿Cuánto llevas? —Me preguntó Mariana.
Mordí la parte trasera de mi lápiz, tras llevármelo a la boca, luego de ver mi hoja en blanco puesta sobre la mesa y recordar que aún seguía en evaluación. Estábamos en una semana de pura celebración pero también complicada por los exámenes. La hora en el reloj de pared jugaba una carrera con el tiempo como nunca antes y los casilleros de las consignas vacías esperaban mis respuestas.
—Voy 4 de 20. —Le comuniqué.
—No estudiaste, ¿cierto?
—Sí, lo hice, solo estoy desconcentrada.
Lo di todo hasta donde pude. Es decir, respondí la mayoría, pero el salir bien en ellas era muy baja, teniendo en cuenta que no me agradaba Economía. Yo soy más de las artes.
Cuando el timbre sonó, salí al balcón que también daba a nuestra aula, arrastrándolos conmigo a Mariana y Alejandro. Supervise de ahí la zona, el pasillo, el patio, las escaleras hasta incluso el baño de hombres. Sin dudas, estaba despejado. No obstante, era una rutina a la que no me tenía que acostumbrar.
—¿Cómo les fue? —consultó Alejandro.
—Supongo que bien —respondí—. Aunque si solo prestará más atención a las clases, todo sería más fácil. Pero no.
—Vas a salir bien, Viqui —dijo y me dio un abrazo consolador.
—¿Podemos ir al salón? Se supone que habíamos elegido para decorar y vamos a mitad de semana, la mayoría ya trajo lo suyo y la parte más importante está faltando. Si no queremos problemas, deberíamos bajar —indicó Mariana mientras masticaba un chicle azul de sabor tutti frutti—. Bueno, en realidad lo que eligió hacer Victoria , antes de salir corriendo con el celular de Ale.
—¡Fue una broma, Mari! Ya pasó —Le aseguré— Y sí, tienes razón, sacaré las cosas de mi mochila. Hay que bajar.
Fuimos hasta el salón de actos, estaba vacío, por lo que nos sirvió. Nos dividimos y comencé a armar guirnaldas. Mariana, inflaba y colocaba los globos de color dorado, rosado y blanco. Lele, dibujaba en una cartulina algo seguramente interesante, para luego pegarlo con cinta en las paredes. Tal vez las indicaciones de la ubicación de cada uno de los cursos en las gradas, flores para el telón, círculos, entre otras cosas.
Al rato, aparecieron Joaquín, Agustín, Milagros, Esmeralda, Delfina y digamos que el curso completo, para colaborar con la decoración o tal vez para observar lo que ya estaba casi terminado. Subí las escaleras cuando se hicieron presentes. Lele comenzó a pasarme una tela oscura a la que luego le colocaríamos unas letras doradas y después más guirnaldas con globos: en otra vida, si no fuese artista, sería una excelente organizadora de eventos. Otra de mis pasiones ocultas.
Fue así que empecé a colocar las primeras letras sobre aquella superficie, a medida que Lele también me las iba alcanzando. Tras voltear un alfiler, Mauricio apareció. Él siempre aparecía en el momento exacto, donde mi torpeza se activaba, donde nadie lo llamaba. Sin embargo, no tomé en cuenta que era amigo de Joaquín y, digamos, de la mayoría, excepto de mí y mis dos fieles acompañantes, a quienes no les caía bien y a quienes tampoco les importaba. Pero de todas formas, no debía estar aquí, como había dicho antes, esto era confidencial y él ni siquiera pertenecía a nuestro curso. Eso se había acordado, pero él siempre rompe las reglas.
—Otra vez está aquí. —Le dije entre dientes a Ale mientras me pasaba el alfiler que se me había caído.
—Aún no entiendo por qué tanto te fastidia, no te ha hecho nada, ni siquiera te registra —contestó haciendo que su tono sonara algo molesto.
Me dolió. Sí, tiene razón, no me registra y yo me estoy armando la historia.
La escalera comenzó a tambalearse.