Todo había sucedido muy rápido. El fin de semana estaba a punto de llegar, y los planes para disfrutarlo ya estaban en marcha, pero había un problema. El problema era casi inexistente, pero para mí siempre había algo, más si tenía que pasar un día con mi amiga y otro con Ale y someterme a un sinfín de preguntas. Además, era justo lo que quería evitar; quería salir, despejarme y no mencionarlo. Y eso que casi no suelo salir tanto como parece. Estos últimos días estaban siendo bastante movidos, en especial desde que quiero escapar de lo que siento por Mauricio.
Escapar, escapar, escapar. Siempre estoy escapando.
A Mariana se le había ocurrido juntarnos en su casa por la tarde y pasear por la noche en la Costanera, quizás comer algo y quedarnos a dormir. A mí me fascinaba la idea; disfrutar de la vista, de las zonas verdes que rodeaban nuestra ciudad, dar un paseo... Además, el clima parecía ideal para estar hasta altas horas mirando el río y el cielo estrellado. Sin embargo, Alejandro tenía el cumpleaños de su primo, así que no podía acompañarnos a la Costanera. Aun así, estaría disponible el sábado y quería compensarnos con una salida al cine.
No había hablado con Lele desde que Mariana me buscó en el baño. Como había dicho, quería evitar sus preguntas a toda costa, cambiando de tema. Aunque supongo que ya se habrá dado cuenta del motivo por el que estaba así, porque cuando le doy muchas vueltas a algo o tiendo a distanciarme, enseguida sospecha y no descansa hasta averiguar qué ocurre; y siempre lo consigue. Ahora, recordar mi indiferencia hacia él me hace sentir culpable; me cuesta decirle que creo sentir un odio hacia Mauricio solo porque hay algo que me hace quererlo un poco. Y ya me imagino su respuesta: "¿Qué? ¿Qué le viste, Victoria, por favor?". Y la verdad es que no lo sé. Yo también quisiera saberlo.
—Creo que esto podemos solucionarlo de una manera muy sencilla. Hoy vamos a la casa de Mariana y te quedas hasta la hora que tengas que irte al cumpleaños. Podés llevarte una muda de ropa, si querés te cambias allá. —Me dirigí a Alejandro— Y en cuanto al cine, sí, con eso no hay drama.
—Puede ser. —asintió y luego prendió su celular— Entonces, le voy a avisar a mis viejos que voy a hacer eso.
Comenzó a marcar el número de su madre mientras bajaba por las escaleras para hablar, dejándonos a mí y a Mariana en el recorrido por los pasillos de la escuela.
Aquella estaba ubicada en un extenso terreno, una institución bastante grande por cierto, y por lo que tendría sentido que contara con un máximo de dos pisos y tuviera tanto por recorrer. Su estructura estaba en perfecto estado, al menos era lo que se decía. Las baldosas brillaban en cada lugar, las paredes estaban pintadas mitad blancas y mitad verdes, con sillas y mesas cómodas, una buena conectividad de luces y pizarras para evitar el polvillo. Excepto que tenía algunos defectos: las paredes en las esquinas solían tener una especie de moho y manchas de humedad en la parte interior de las aulas, debido a las goteras o grietas por una mala construcción. En ellas retumbaba el sonido muy seguido, en especial, en la hora de música y eso provocaba que los demás profesores no pudieran seguir dictando sus clases. En invierno, al estar a más altura, pasábamos mucho frío. Y en verano, hacía mucho calor. A veces los ventiladores dejaban de funcionar cuando más los necesitabas y lo peor de todo es que no había picaporte en todas las puertas.
Volviendo al dilema, quería acompañar a Ale y al mismo tiempo quedarme con Mari. Quizás luego de la llamada podría hablar con él y explicarle las cosas, suponiendo que también le prometí contarle lo que me sucedía. Pero, al final, terminé siguiendo a aquella. Sus ojos verdes me insistieron en continuar y dando media vuelta su cabello rizado comenzó a moverse de un lado a otro con cada pisada que daba.
Ni siquiera prestaba atención a las aulas que atravesábamos; mi mente estaba en la charla pendiente con mi amigo y en la confesión que temía hacer. Divagando así, no me di cuenta de que habíamos llegado al pasillo que conectaba nuestras aulas, la de Mauricio y la mía, y fue una mala idea. Muy mala idea. Sentía su presencia, aunque no estuviera ahí. ¡Qué estupideces se te pasan por la cabeza cuando estás enamorada! Seguramente estaba cerca, en alguna de las aulas que aún no habíamos recorrido. Sabía que pronto aparecería en el pasillo. En nuestro pasillo. Y, por alguna razón, disfruté el simple hecho de cerrar los ojos al oír su voz. No lo hacía para pasar desapercibida; no era tan ingenua como para creer que cerrando los ojos me volvería invisible. Los había cerrado porque me sentía irremediablemente atraída hacia él. Lo detesto, lo detesto, lo detesto. Me provocaba sensaciones que no sabía que era capaz de sentir. ¿Y si lo que sentía por Mauricio era más profundo de lo que parecía? No, no, no. No podía permitirme pensar en eso. No cuando todo estaba tan revuelto en mi cabeza.
Mientras tanto, Mariana iba unos pasos delante, contándome sobre el malestar de sus perros por una mala comida y sus planes de empezar natación la semana siguiente, algo que le encantaba y reflejaba su espíritu deportivo. Todavía no se había dado cuenta de que yo seguía en el mismo lugar, paralizada. Quizás hipnotizada. Intenté tranquilizarme, respirar, porque creo que de los nervios ni siquiera lo estaba haciendo. Pero cada vez lo escuchaba más cerca.
Se me habían erizado los vellos de los brazos. Detestaba cuando me pasa. Detestaba ponerme así. Detestaba encontrar agradable la fragancia de su perfume; pareciera que se bañaba en él, como si su aroma fuera imposible de ignorar. Detestaba a Mauricio Almada. No, detestarlo era poco. Lo odiaba.
Lo había visto y creo que él también a mí. Había doblado en el pasillo y Mariana estaba llegando al final del mismo, por lo que me apresuré a entrar en una de las aulas que estaban abiertas y vacías para esconderme. Cuando pasó por la puerta y supuse que se había ido, asomé la cabeza y vi que saludó a Lele. Mantuvieron una charla que me resultó imposible escuchar, por lo que solo me quedó observarlos. Se notaba entre ellos la diferencia de altura, porque Alejandro le llevaba dos centímetros más, de hecho lo hacía ver más imponente, más respetable, como un profesor con reglas estrictas. ¡Anda a saber lo que Mauricio le contaba! Yo sé que la última vez que tuve la oportunidad de verlos, antes de que Mariana me interrumpiera, mi amigo llevaba su mano para rascar la pequeña barba en nacimiento y ponía en duda lo que soltaba de su boca.