Cuando llegó la hora, los padres de Rulos nos llevaron al lugar acordado. Mariana llevaba el pelo suelto y vestía un top verde militar que contrastaba con sus ojos y su piel morena, pantalones negros engomados ajustados y zapatos de tacón. Para mi gusto, iba demasiado arreglada para un simple paseo nocturno por la Costanera. Yo, en cambio, llevaba una camisa beige, unos jeans, zapatillas y el pelo en una cola alta. Después de que sus padres se fueran, indicándonos que pasarían a recogernos a las dos de la madrugada o que, en caso contrario, tomáramos un remis, supuse que mi amiga tenía otros planes. Era un plan perfecto.
Comenzamos a recorrer el paisaje verde, algunas cuadras. A veces nos apoyábamos en las barandillas de los miradores para admirar el río. De hecho, me hubiera gustado sentarme en los escalones que dan a la playa y disfrutar del momento, pero estaba algo fresco y Mariana lo usó como excusa para seguir caminando, sugiriendo ir a otro sitio.
—¿Qué tenés planeado? —suspiré—. ¿Qué es más importante que sentarse a no hacer nada?
—Algunas cosas —contestó—. ¡Qué aburrida eres! Sí, a veces está bien sentarse y no hacer nada, pero otras hay que salir y divertirse. Y yo, esta noche, pienso divertirme, y quiero que vos también lo hagas.
—Me meterás en problemas, Mariana.
—Nos meteremos. —Corrigió y comenzó a señalar un punto en el aire— ¿Ves ese paraje? Bueno, ahí iremos hoy.
—¿Querés colarte a una fiesta?
—¡Obvio! Sígueme. —Declara y toma mi mano arrastrándome hasta el boliche.
—Siempre por las malas —Me quejé poniendo mis ojos en blanco.
En la entrada del boliche había dos patovicas cruzados de brazos, vestidos con trajes negros, eran altos, robustos, con una mirada bastante intimidante y carecían de cabello. Aquello no me gustaba para nada, menos tener que mentirles en la cara de que estábamos en una lista con nombres que Mariana inventaba al azar. Por suerte, nos dejaron entrar antes de que siga abriendo más la boca, ya que ellos no contaban con ningún papel. Eso sí, una vergüenza me dio porque habían intercambiado miradas, dándose cuenta de lo que queríamos lograr. La fiesta no era privada y el plan de Rulos no resulto tal y como esperaba.
—Sabes que mi papá suele trabajar en estos lugares, ¿no? —Le dije tomándola del brazo— ¿Qué hubiese pasado si uno de esos guardias hubiese sido él?
—Sí, disculpa, se me pasó. —Llevó una mano a su cabeza— Pero en cualquier caso, se lo hubiera explicado todo a Walter. Ahora, para darte tranquilidad, propongo echar una mirada y ver si podría estar.
Estaba repleto de gente por doquier, pero papá no estaba por ningún lado y el lugar no era muy grande como para seguir buscando rastros de él. En mi vida había estado en un boliche y ahora que me encontraba en uno, quería explorarlo, aunque pueda que termine mal.
—Hay que pedir algo. —Sugirió Rulos y estuve de acuerdo. Quizás eso me sacaría el susto.
La primera ronda, lo tomamos todo de un solo sorbo, nos habíamos pedido un trago en unos vasitos pequeños de vodka, así puro. Dado a lo fuerte que era, en un principio sentí como ardió en mi garganta, a lo que hice algunas muecas hasta sentir que se aliviaba esa sensación. En nuestra segunda ronda, mantuvimos una bebida diferente a la anterior en nuestras manos un poco más de tiempo y bailábamos en el centro de la pista, sin importarnos quiénes nos vieran, sin importarnos quiénes estuvieran. Unas horas después volvimos a pedirnos algo, en especial una cerveza y mientras Mariana se encargaba de hacerlo, observé a las otras personas que nos acompañaron durante los cinco primeros bailes.
—Aquí tienes, Victoria. —Me indica y me da el vaso lleno con la bebida.
Cuando se trata de ingerir alcohol en mi organismo, siempre decía que, por mí, solo prefiero degustar y tomar de ella moderadamente. Es decir, de forma autocontrolada, sin apuros y a su tiempo, y no beber hasta no recordar nada al siguiente día o hacer mezclas. Aunque, se volvía algo difícil con Mariana insistiendo cada vez más, y no sabía si iba a terminar vomitando o cantando unas cuantas verdades o cosas sobre mis sentimientos. Y yo sé que a simple vista parecía una persona aburrida, pero cada uno debe disfrutar a su manera, y yo tengo mi manera de divertirme. Quizás, no tengo la libertad absoluta como para divertirme de la manera que quisiera.
—Gracias. —Tomé un sorbo y lo sostuve en mi mano. Nos apoyamos sobre la pared de cristal, más bien sobre unas ventanas que eran corredizas, y seguimos observando a todos para hacer algo de tiempo y descansar.
Como si no fuera suficiente, subieron aún más el volumen de la música en los enormes altavoces de cada esquina, y volvimos a la pista. La misma era un remolino de cuerpos. Cuerpos lindos y envidiables. Supongo que nadie piensa en eso mientras baila, pero cuando lo hago, veo a las otras chicas y chicos, tan delgados, y me cuestiono. Comparándome con ellos, mis caderas eran anchas, mis piernas y abdomen esbeltos, y a veces me costaba soltarme, moverme con soltura, y bailar reggaeton. Pero como dije, creo que, bajo los efectos del alcohol y las luces tenues, uno no se pone a pensar demasiado en lo que yo si prestaba atención. Aun así, intenté que eso no me impidiera bailar. Soy arriesgada y me gusta arriesgarme a todo, demostrar que yo también soy capaz de hacer lo que los demás creen que no.
Así que no sé en qué momento, pero Mariana empezó a bailar con un chico, y yo hice lo mismo. Ojalá tuviera la misma valentía que tenía para invitar a alguien a bailar como para confesarle mis sentimientos a Mauricio. Pero era diferente. El chico con el que bailaba y hablaba no lo volvería a ver, ni siquiera estaba segura de volver a cruzarme con él esa noche. Creo que en algún momento me había hecho saber su nombre, pero ya no lo recordaba. Además, era imposible entre el sonido que resultaba ensordecedor, la mezcla de risas, conversaciones entrecortadas y adolescentes cantando a todo pulmón la letra de las canciones.