El sábado por la mañana estaba agradecida, porque al despertar no tenía un fuerte dolor de cabeza por los acontecimientos de la noche anterior. Los padres de Mariana, Gustavo y Luciana, nos prepararon un té con leche, el cual decidimos disfrutar en la terraza, bajo el sol que apenas comenzaba a asomarse. Siempre me ha encantado la terraza de Rulos. Su casa es considerablemente más grande que la mía. En cuanto a su familia, siempre han sabido recibirme y tratarme con cordialidad, un gesto encantador para alguien que aún se siente culpable por haber asistido a una fiesta y haberles mentido en la cara.
Cuando no tenía clases, solía despertarme muy temprano para dibujar en mi cuaderno, pero con el bullicio matutino en la casa, la concentración se volvía una misión imposible. Por eso, prefería hacerlo por la noche, cuando todos dormían y nadie podía interrumpirme. Sin embargo, ahora estaba en casa de Rulos, un lugar con un ambiente agradable, quizás debido a que ella no tenía hermanos. Siendo hija única, creo que algo bueno tenía que tener. En fin, sabiendo que amaba dibujar y pintar, Rulos me ofreció una hoja. Así que, con calma, tomé mi desayuno y disfruté del paisaje. Me encantaba poder observar desde su terraza el ajetreo de las calles, las personas que salen a correr, otras paseando a sus perros y algunas simplemente yendo a hacer trámites al centro. La casa de Mariana estaba, quizás, a unas veinticinco cuadras del centro.
Comencé a trazar líneas en la hoja, inspirada por una mariposa que se posaba con delicadeza sobre el barandal de hierro, observándonos con sus diminutos ojos. Mientras dibujaba, los recuerdos de la noche anterior volvían a mi mente: Mauricio, el boliche, el momento en que nos fuimos y él fumando afuera. También recordé lo bien que se veía. Vestía un jean negro, una remera blanca corta con un estampado y zapatillas, todo muy sencillo, muy cómodo. De hecho, soñé con él en la madrugada, con esa noche, pero había decidido que sería mejor no contárselo a Mariana, para evitar las preguntas que sin duda surgirían.
Mauricio representa todo lo que se considera mal, y por eso es tan difícil amarlo. Mis padres no lo aceptarían, y mucho menos a mí si decido estar con él. Él es completamente opuesto a mí: mientras yo me quedo hasta tarde haciendo tareas de la escuela, él se la pasa en las fiestas; yo intento llegar temprano a las clases, mientras que él aparece despreocupadamente a cualquier hora; yo me tomo las cosas en serio, y él parece tomarlo todo a la ligera, con gracia. Somos tan diferentes que no logro ver cómo podría funcionar esto. ¿Por qué tuvo que aparecer aquel día? ¿Por qué tuvo que ir a la feria? ¿Por qué no podía escapar a algún lugar donde no pudiera encontrarte, si siempre vas a estar ahí? Todo está en juego. Todo. Y no podía llegar y desordenar mi vida así como si nada.
—Eh, después de todo, nunca se había ido —comenta sabiendo que pronto sacaríamos el tema.
Recuerdo, recuerdo sus palabras en el baño...
"Estoy segura de que, con el alcohol que cargará en pocos minutos ahí cerca de la barra, ni será capaz de reconocerte."
Pues, Rulos, cómo decirte que te habías equivocado. Mauricio me reconoció cuando apenas comenzaba a salir del boliche y decidía bajar por los escalones. Pudo haber estado borracho o fumando, pero eso no quita el hecho de que me había reconocido y luego no me quitó la mirada de encima. Ojalá esas miradas pudieran significar algo.
—Lo sé, si hubiéramos apostado, de seguro habrías perdido. —Asentí. Le terminé regalando una sonrisa antes de volver a hablar— Y aun así, lo pasamos bien.
—¿Y ahora qué harás con Sebastián? Si tu amor inalcanzable y prohibido, te vio, quién nos asegura de que también él pudo haberlo hecho —agrega y se deslumbra al ver mi dibujo terminado cuando se lo muestro.
—Si me vio y fingió no hacerlo, entonces... ahí estoy en el horno. —Suspiré dejando una leve pausa— Sabes, a veces no comprendo a Sebas. Él tiende a ser muy protector, otras veces, no le interesa lo más mínimo que haga. Lo que ocurre es que mi madre ha sido exigente por años y tal vez mi hermano actúa de esa forma porque hago cosas que a mi edad él no pudo hacer. Obvio que ahora sale de fiesta, hace sus cosas, tiene su auto y va a la universidad. Él se preocupa mucho por sus notas y yo también lo hago, pero parece que a esta altura ya no me quedan ganas para seguir el año bajo las reglas de mamá. Me siento cansada y siento que Mauricio hace eso, me saca de mi zona de confort, saca a la Victoria rebelde y todo lo que puedo ser. Tal vez por eso estoy enamorada de él, tal vez por eso me atrae. Sin embargo, mi hermano no tiene eso, no tiene a alguien que lo saque de su mundo. O quizás si y yo no sepa nada.
—Para mí que es envidia. —Aseguró bromeando y luego recuperó su tono serio— Sí, pero si Mauricio tiene la posibilidad de deshacerse de vos a la primera oportunidad que tenga, lo va a hacer. No lo dudará. Yo te avisé. Ese chico no es para vos y no lo necesitas. Pero... allá vos.
—Lo sé. Seguramente hay miles de chicos en los que podría fijarme y yo vengo y me fijo en él. Solo a mí me pasan estas cosas.
—A todos les pasa, Viqui, no solo a vos. Pasa que a veces cuando el corazón habla, no puede uno sentarse y esperar. No se queda quieto, el corazón, la cabeza, ni mucho menos el alma. O tal vez, cupido no apunta bien y uno termina teniendo mal ojo para los chicos.
—¿Crees que podría interesarle? ¿Sentirá algo por mí o solo soy yo la boba ilusionada?
—No eres boba, ilusionada sí, pero boba jamás. Y no sé, Mauricio siempre que salía con alguna chica, acababa mal. No sé por qué. Tal vez no le corresponden, o no busca nada serio, o le gusta ir tanteando el terreno y ver si andarían, las usa, no sé. Pero con vos, si tuviera la posibilidad de que esté con vos, yo diría que se sacó la lotería. Bueno, la Quiniela. —Extendió sus brazos para que aceptara su abrazo y lo hice— Estoy segura de que si tuviera la oportunidad de conocerte, vería lo importante que eres para nosotros, tus amigos. Además, ¿qué más puede pedir? Eres linda, inteligente, alegre y comprensiva, curiosa, creativa y toda una romántica.