Era lunes, la semana apenas comenzaba y la mayoría estaban emocionados por probar todo lo que se había preparado para ellos por el Día del Estudiante. A mí también me emocionaba un montón, porque era el primer día, el día de los campeonatos de handball y fútbol. Y a pesar de que no era una fanática del deporte como Mariana, me encantaba jugar al handball. Este podría ser la última vez que pueda estar dentro, jugando, el año que viene no, el año que viene lo organizábamos nosotros a todo eso y ya no podíamos participar, porque ya nos iba y que sentido tendría si no.
Participaron de cada curso doce para el partido de handball, que sería solo de chicas, y once para los de fútbol, que serían solo chicos. Se les establecía un tiempo estimado y se iban anotando los puntos. Cada grupo tenía su hinchada, su mascota, su bandera y su color representativo. ¿Ya había dicho que amaba la estudiantina, no? Yo no sabía si últimamente estaba amando mucho o amando todo a la vez, que me hacía sentir feliz en todo momento. Pero la verdad era que todo aquello no dejaba de emocionarme. Lo sentía muy especial, especial porque gran parte iba a quedar como un recuerdo de lo bueno que tenía la secundaria.
Rulos estaba fascinada con todo, ella estaba lista para ir corriendo y ponerse una pechera para formar algún equipo. Alejandro no, a él no le importaba tanto, decía que para los partidos no era demasiado bueno. Él era flaco, alto, de brazos y piernas largas, y para posicionarse como defensa era muy útil. Pero bueno, allá él, si no quería no lo iba a obligar. Aunque por lo general esperábamos un rato a que jugaran los más chicos mientras supervisábamos y luego, si le faltaba algún integrante a alguien, se unía alguno de nuestro curso. Al menos, así colaborábamos con la organización de los chicos del 6to año.
Mi amado, el señorito Mauricio Almada, había mostrado interés. Quería sumarse. Al parecer, le gustaba esto de la competición y la destreza física.
—¿Hacemos equipo? —Le consultó a Alejandro.
Digamos que estaba pegada a Lele, Mariana a mi lado con los brazos cruzados y Mauricio estaba enfrente dirigiéndole la palabra. Y yo sabía que con un solo movimiento podría llamar su atención, pero no lo hacía, porque justamente buscaba que no notara que estaba ahí.
«Si no me muevo, no me ve», pensé en ese entonces y no pude evitar reírme para mis adentros por como sonaba eso.
—No, yo no juego —respondió—. Aunque eso deberías organizarlo con tu curso, así son las reglas. Curso contra curso, ¿entendés?
Reglas, reglas, reglas. Romper las reglas. Supongo que eso es lo que pensaba en su interior. Y a él le gustaba, le gustaba romper las reglas y causar caos.
—Sí, claro, entiendo. Sin embargo, es una lástima, amigo —dijo mi amado con una forzada sonrisa—. Me hubiese gustado que las reglas sean diferentes y puedas formar parte de mi equipo.
Y dale con romper las reglas.
—Después nos vemos. —Le ofreció la mano y se dieron un apretón con Ale.
Cuando estaba por retirarse, nuestras miradas se cruzaron, como si Cupido nos hubiera flechado, en ese preciso instante de desconcentración en el que solo quería verlo un poco. Él, tan descarado, lo hacía a propósito y lo sabía, sabía que con su sola presencia me provocaba mil sensaciones. Mil cosas a la vez. Mil taquicardias por minuto. Mil ganas.
—Tranquila, Victoria, ya podés respirar con normalidad. Ya se fue. —Indica Mariana.
—Hasta yo sentí la tensión. Mira que me puse serio, pero por dentro estaba aterrado. Muerto del miedo —comenta Lele, suspirando aliviado—. Creo que también me enamoré. ¿No te molesta compartir, Viqui, verdad?
—¡Alejandro, no! —dice Rulos dándole un golpecito en la nuca—, que la idea ni se te pase por la cabeza. ¿Escuchaste?
No pude evitar reírme ante aquello. Pero luego la risa, se convirtió en malhumor otra vez. Parecía bipolar.
—Ni siquiera se molestó en saludarme. ¿Acaso no existo? ¿Acaso no vio que estaba literalmente a su lado? O es tan ciego o se hace el importante para llamar la atención —expresé enojada— ¿Hacemos equipo? —Imité su voz—. Cada día es más insoportable.
—Victoria, mira el lado positivo, se encontraron a primera hora de la mañana y no tuviste que averiguar en dónde estaba. Él te buscó.
—No, Mariana, no lo hizo, solo buscó a Alejandro para hacerle la invitación que ya sabia que no podía hacer. No es lo mismo. Además, lo hizo para molestarme y lo consiguió. —Pasando las manos por mi rostro agregué—: No existe esa casualidad de que el chico que te gusta te busque, en vez de vos a él, las cosas no suceden así.
—¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Vas a ver como juega al fútbol? Porque está a nada de empezar, según el cronograma que se armó, y te recomiendo que te apures si así lo deseas —formuló Ale.
—No. —Negué.
—¿No? —hablan los dos al mismo tiempo sorprendidos.
—¿Acaso tendrá fiebre? —exagera Mariana y colocó su mano en mi frente tomándome la temperatura.
—Voy a hacer algo mejor que ver a Mauricio —dije y aparté a Mari de mí—. Voy a jugar al handball, porque quiero y porque puedo.
Mientras me dirigía a cambiarme, no tardé en escuchar las súplicas de Lele en modo de burla, levantando las manos al cielo:
—¡Bendita seas Victoria y tus locuras!
—Estamos en una escuela católica, pero tampoco es para exagerar tanto, Alejandro. —Le pegó Mariana en el brazo retándolo.
Mi uniforme consistía en una simple pechera negra de friselina con el número de integrantes en la cancha, en plateado; en mi caso, era el seis. Además, llevaba puesta una calza pescadora negra del mismo tono que la pechera. No me gustaban mis piernas, pero ahí estaba con aquello que me llegaba hasta un poco arriba de las rodillas. Mi pelo estaba recogido en una colita alta y solo tenía que esperar a que terminara el segundo tiempo del partido de fútbol para entrar.
El equipo en el que se encontraba Mauricio, indudablemente ganó. Lo levantaron en el aire cuando anotó el último gol y comenzaron a alentarlo tras su triunfo. Por lo que me informaron, no fue todo color rosa, porque tuvo una pelea con un estudiante del otro curso, cosa que no pasó a mayores. Algunos decían que solo estaba bromeando. Yo, aún pensaba que era para llamar la atención y menos mal que no estaba cuando pasó, porque de inmediato entraría en pánico. No me gustan las peleas, ya sean reales o en joda. En definitiva, no me gustan, ya que no venía de una familia conflictiva y menos que se vaya a las manos para arreglar ciertos asuntos.