Lo mucho que odio amarte

CAPÍTULO 10

Comenzábamos una nueva semana, una en la que habían acabado las celebraciones, la estudiantina y toda la diversión que había traído. Eso llevaba a que muchos se pusieran de malhumor, puesto que nadie quería volver a la normalidad de las clases, porque nos costaba más de lo debido retomarlas. Nuestra mente aún seguía aferrada a aquellas jornadas emocionantes, llenos de alegría pura; sobre todo la mía, en esos encuentros recurrentes y fortuitos con Mauricio.

Con el paso de los días, me llegaban chismes de Mauricio, las cuales algunas se contradecían todo el tiempo. Había cosas que no tenían sentido, detalles absurdos que, sin embargo, tenían una explicación lógica... a veces. Traté de no creer todo lo que me contaba Alejandro, porque a mi amigo le gustaba alimentar mis fantasías para que no perdiera la esperanza. Pero eso no justificaba que me mintiera descaradamente.

"Victoria me mira demasiado. Sé que lo hace cada vez que puede."

¡Qué mentiroso! Bueno, quizás no tanto. El caso es que él también lo hacía y claro, resulta que era yo nomas. Mauricio se metía en nuestras clases de educación física para ver los entrenamientos y creo que eso eran pruebas más que suficientes para demostrar que no me equivocaba. ¿A mí? ¿A las chicas? No sabía si a veces solo era el entrenamiento o estaba ahí por otra razón, pero Mariana lo vio, y yo también lo vi cientos de veces. Parecía que se salteaba sus clases para espiarnos y para perder tiempo ahí.

"Victoria y yo coincidimos mucho en la parada del colectivo."

¡Obvio que íbamos a coincidir! Si mis papás no me podían ir a buscar al instituto, ¿dónde esperaba que estuviera? ¿Acaso no sabía que estudiábamos en el mismo lugar? Ese comentario era totalmente innecesario. Para colmo, le faltó decir que tomamos el de la misma línea, porque era el único que pasaba por esa calle, si era que no querías caminar otras tres cuadras para tomar otro.

"Dijo que pasara a visitarlo. Tiene ganas de tomar unos tragos conmigo."

¡Qué raro que ahora eran tan amigos! ¿Eso debía preocuparme? Ahí, sí había algo que no me cuadraba. Aunque... podría ser una buena forma de sacarle más información.

"Mauricio el otro día pasó por tu casa en auto con su primo. Resultó que viven cerca, a unas doce cuadras."

¡Se me paró el corazón! Había pasado por mi casa... ¿A qué hora? Tal vez me había levantado de una siesta profunda y cuando me asomé a la puerta, había logrado verme con el cabello despeinado, la cara marcada y con la ropa arrugada. ¡Qué vergüenza! De todas formas, ya sabia que vivíamos cerca.

"Chica rebelde."

Esa frase se me quedó grabada. Mauricio la dijo cuando llegué tarde a la escuela por unos estudios médicos. Lele estaba hablando con él cuando me vio ingresar al aula en horario de recreo, y él susurró esas palabras sin darse cuenta de que mi amigo lo escuchó. Cosa que me llevaba a pensar que estaba al pendiente de lo que hacía. Y aunque lo negara, me encantaba que me llamara "chica rebelde". Su chica rebelde. Ah, y sí, lo había seguido por Instagram. Algo de lo que me terminé arrepintiendo a los dos segundos y no volví a abrir la app en días.

—¡Javier, es tu último aviso! —Citó la secretaria y mi rostro se llenó de confusión—. Ya te lo dije, ¿no te quedó claro? Tendría que llamar a tus padres. Si esto vuelve a pasar, vas a responder por los daños.

¿En qué te habías metido ahora, Mauricio? Para entrar en contexto, habíamos bajado al patio con Mariana y nos sentamos en el banco para descansar, luego de arrastrarla conmigo, recorriendo todo el edificio, tratando de encontrar a mi amado. Hasta que finalmente lo vi, bajaba rápidamente las escaleras corriendo para que nadie lo viera, para que nadie viera lo que él y sus amigos habían hecho. Al parecer estaba en su aula jugando a la pelota, que de por sí la sacaron sin pedir permiso y a causa de eso, rompieron el ventilador de techo que de suerte no cayó al suelo. Ahí me di cuenta de que tu segundo nombre era Javier.

—Disculpa, profe. —Sus disculpas sonaban en tono de burla. Apretó sus labios con fuerza para evitar reírse y peinó con sus manos su cabello— No va a volver a pasar.

—Espero que así sea, porque ahora van a estar bajo vigilancia. —Advirtió la secretaria y luego se marchó. El patio quedó en silencio y luego se llenó con el murmuro de los estudiantes que iban y venían.

Mi amado giró sobre sí mismo, para dirigirse a uno de los bancos de cemento, como si no me hubiera visto que estaba atenta a lo que había pasado. Quizás no se había percatado de mi presencia y aun así, su mirada apenas se posó en la mía antes de que se uniera a sus amigos. Más tarde, llegaba Lele para sentarse junto a nosotras.

—¿Ustedes hablaron hoy? —Le pregunté con la mirada fija en mis zapatos y los brazos cruzados sobre mi pecho.

—No, —contesta y Lele se da cuenta de lo cerca que Mauricio está de nosotros— usualmente hablamos cuando estoy solo o apartado de ustedes.

—Ah, mira vos. —Fruncí los labios y asistí con la cabeza— Hoy se completa tan indiferente, como un completo imbécil. Yo no voy a andar soportando sus cambios de humor.

—Uy, cuidado Victoria, tu amado puede revelarle secretos muy profundos a Alejandro. —comenta Mari riendo, por lo que había dicho Alejandro. Cuando paró de reírse, se dirigió hacia mí—: Aunque... ¿Sabes por qué lo hace? Para llamar tu atención, para que estés detrás de él, para que te preocupes por su bienestar. Está claro.

—¿Y vos, como sabes tanto Mariana?

—Es obvio. ¿No lo ves?

Lele se había quedado en silencio, pero luego fue como si hubiera vuelto a nuestra conversación y no tardó en protestar de lo que Rulos se había reído:

—No, jamás me revelaría sus más oscuros secretos. Pero tengo que ser más listo, ganarme su confianza y solo así va a poder contarme hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, podría ser capaz de decirme si siente algo por Viqui.




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