Estábamos en la segunda semana de octubre, y el mes estaba siendo bastante variable, tan así que las mañanas a veces resultaban heladas y luego un calor insoportable al mediodía. Esto le venía como anillo al dedo a Belén, la compañera de Mauricio y mi nueva supuesta amiga, ya que con la excusa del frío podía pedirle la campera a él, quien al parecer nunca parecía tener frío. Y como él se la daba de galán y caballeroso, por darle su campera a las demás, se las entregaba sin problemas. Nunca entendía cómo no pasaba frío, porque, para ejemplificar, esto era así: yo iba con un camperón largo y grande que me cubría desde la cabeza hasta las rodillas, quien parecía una loca por semejante abrigo, mientras que él solo asistía a la escuela de remera corta y su campera. No miento, pocas veces lo he visto con algo más de abrigo, cuando no llevamos el uniforme. Yo sería capaz de resfriarme con solo que alguien estornuda a mi lado. Él parecía inmune a todo, una estufa humana.
—Mirá lo que tengo puesto. —Presumió Belén girando. Seguidamente, me dejó tenerla entre mis brazos por algunos segundos. La olí, quería saber si aún tenía esa fragancia que tanto me gustaba, pero creo que se fue perdiendo y el aroma quedó impregnado en las prendas. O tal vez, era yo quien estaba perdiendo el olfato.
—Ya casi no se siente. —Le indiqué devolviéndole la campera.
—¿En serio? —Se fijó— No, yo aún lo siento.
—Hay que tomarnos una foto. —Sugirió— Aprovechemos y lo subo después a Instagram para que lo vea.
Mauricio seguía a Belén, por lo que si hacía lo que decía, él lo iba a ver. Y siempre que hacíamos algo o estábamos juntas y tenía la oportunidad de que pudiera subir una historia y él la viera, lo hacía. Pero ahora, poco me interesaba si con eso ganábamos una reacción en su historia, después de lo que había ocurrido y esa charla junto al río, sabía que lo vería igual o le daría lo mismo. Una de dos.
—¡Hola! Lamento interrumpirlas, pero voy a necesitar robártela solo por esta vez. —Informó Mariana a Belén, tomándome del brazo, arrastrándome hasta algunas de las esquinas del salón.
—Creo que sé de qué se trata... —murmuré. Lele venía a paso apresurado hasta nosotras, parecía que estaba haciéndose del baño y necesitaba saber lo que pasaba rápido para poder seguir con lo suyo.
—¿Y bien? Ahora que estamos todos, podés empezar a confesarlo todo. —Insistió Lele. Ellos querían saber sobre lo sucedido en la salida escolar, la charla que tuvimos con Mauricio aquel día y que todavía no les contaba.
—¿Sobre qué? —Me hice la distraída.
—Empieza con M y hablas todo el tiempo de él. —Ale intentó hacerme recordar, al mismo tiempo que puso los ojos en blanco.
Al ver la insistencia en el tema, se los conté y, una vez que acabé, Alejandro fue al baño. Nosotras, en cambio, fuimos a comprar chicles al kiosco, algo que había estado haciendo muy seguido. Rulos sospechaba que lo hacía por Mauricio, y sí, lo hacía por él. Las cosas que hacía por amor no tenían nombre, y menos la plata que gastaba en chicles, solo para pasar por el kiosco y verlo. Además, no era justo que no pudiera recorrer los lugares a los que siempre había ido, privarme de hacerlo solo porque él pudiera estar ahí y yo huir; ya no quería que se repitiera, aunque eso ya lo tenía un poco superado.
Cuando estábamos a mitad de camino hacia el kiosco, vimos una pequeña llovizna a lo lejos, lo que impedía dirigirnos al único lugar donde vendían golosinas dentro del instituto. Aun así, lo vimos como un reto. Así que tomé a Mariana de la mano y corrimos, mientras nos tapábamos con nuestras camperas. Mauricio estaba justo ahí, junto a sus amigos, bajo un árbol y cubriéndose con las hojas, ¿qué hacía? ¿Estaba buscando enfermarse? Nunca iba a ser capaz de entender cómo funcionaba su cerebro.
Había notado su presencia, lo había visto, pero Mariana lo hizo más evidente pellizcándome.
—¡Auch! Ya lo vi, Rulos, ya lo vi. —Le susurré, frotándome el brazo y quejándome— Me dolió, no hagas eso.
—Victoria, —me llamó Joaquín desde su grupo de amigos. En ese momento, me quedé paralizada, porque pensé que había sido Mauricio—. ¿Podés decirle a Alejandro que necesitamos hablar con él?
—Claro. —Mauricio fijó su vista en mí. Estaba sentado como de costumbre, con la espalda encorvada y los codos sobre sus muslos, dejando caer las manos entre sus piernas. No tardó en darse cuenta de lo que estaba haciendo, arrepentido apretó los labios y miró hacia otro lado—. Aunque deberían buscar otro lugar, estoy segura de que Ale no querrá mojarse.
—Estamos bien acá. —Esta vez habló Mauricio, sin mirarme—. Tampoco pensamos movernos.
Mordí mi cachete sin querer, tras masticar mal el chicle, por lo que había dicho. Así que, enojada y con la cabeza bien alta, giré sobre mí misma y me fui al aula. Cuando terminé de subir las escaleras, vi a Alejandro salir del baño y, sin muchas vueltas, le comuniqué:
—Tu amigo te está buscando.
—¿Quién?
—Joaquín. —Mariana le hizo señas de que algo estaba mal conmigo—. Están en el patio.
—¿Y con esta lluvia? —Asentimos—. Bueno, ¿no quieren acompañarme?
—No, —me anticipé— tengo frío, estoy empapada, de mal humor y tenemos medio módulo de Matemáticas y luego Inglés. Así que anda solo. Además, Mauricio, tu otro amigo, también está ahí y ni siquiera tiene intenciones de moverse de su lugar.
—Lo siento, Lele, te buscan solo a vos. —Se despidió Mariana, conteniendo la risa.
—¿Qué estás esperando, Mariana? ¡Vamos! —Alcé la voz al ver que no me seguía al aula.
—Voy, estoy yendo... no te la agarres conmigo.
Cuando salí del instituto, aún llovía, pero más fuerte que antes. Mamá había ido a buscarme, y confiaba en mi intuición de que lo hacía para mantenerme vigilada. Me preguntó cómo me había ido y si me había mojado mucho, ya que mi campera estaba bastante húmeda. Al patio solo fui una vez para comprar, después de eso no, más que ir a la biblioteca, al baño y al aula.