Entre el beso y el partido, fuimos a comer todos juntos. Pedimos empanadas de carne y Coca-Cola. Estábamos sentados en una mesa redonda; yo estaba pegada a Miguel, y Sebas estaba junto a otro compañero del equipo que había invitado. En varias ocasiones, Miguel intentó tomarme de la mano y acercarse más a mí, sin que mi hermano se diera cuenta. Empecé a creer que, por ese beso, él se lo tomaría todo en serio, como si eso bastara para ponernos de pareja, sobre todo porque yo le correspondí el beso. No negaré que sentí cosquilleos y mariposas en el estómago, pero mis sentimientos por Mauricio siguen ahí, y solo son para él. Hubiera preferido que ese beso fuera con Mauricio, pero es imposible. Y, claro, se me antojaba volver a besar a Miguel, quizás por el contacto de nuestros labios, por su cercanía, y por lo bien que se sentía que alguien se te acerque sin vueltas, que te sea directo, algo que Mauricio nunca haría. Y, para colmo, me sentía pésima, porque sentía que lo había traicionado. Sin embargo, la verdad es que le era —o trataba de serle— fiel a alguien que no me amaba.
—Así que, Migue —dijo el invitado, con la boca casi llena—, ¿se puede saber quién es la chica que besaste en la tribuna?
Tomé mi bebida como si estuviera sedienta. Lo miré esperando su respuesta.
—Ah, sí, sí —dijo, como si no fuera gran cosa.
—¿Qué? ¿Besaste a alguien? —Se sorprendió mi hermano—. ¿En qué momento? ¿No me lo ibas a contar?
—Sí, ¿a quién besaste, Migue? —Le seguí el juego. Sus ojos grises se abrieron en sorpresa, y apreté los labios para evitar una carcajada.
—No sabía que les interesaba mi vida amorosa —expresó, y todos nos encogimos de hombros, indiferentes—. Bueno, está bien, se los voy a contar. Pero deben prometer que no se lo dirán a nadie más; solo ustedes lo van a saber. Es un secreto, y ella moriría si se lo contara a alguien más.
—¡Ya, confesá, tigre, quién es la mujer! —Saltó Raúl, emocionado.
—Ella es hermosa. Tiene ojos claros, cabello castaño oscuro y corto, tez trigueña, y un lunar debajo del párpado izquierdo. Es esbelta, pero eso no importa, porque es perfecta tal como es. Además, tiene una mirada... una mirada que, cuando se enoja, no sabes si va a asesinarte o solo hacerte arrepentir de lo que dijiste. Es muy enamoradiza, curiosa, un poco analítica porque le gusta tener el control, a veces perezosa, inteligente, valiente y algo bipolar. Cuando la tengo cerca, quiero todo de ella, en especial la forma en que aprecia el mundo. Le gusta la pintura, como a Victoria, quizás algún día puedan conocerla —hizo una pausa, remarcando esto—. Ella no suele expresar mucho sus sentimientos, es un poco cerrada en eso, suele proteger su corazón como si fuera lo más valioso y frágil que puedan tener y romper. Pero cuando lo hace, es muy obvia, no puede evitar ocultarlo, pero tampoco lo grita a los cuatro vientos. Por lo que he visto, busca ser feliz, encontrar un buen chico que la quiera, y saber lo que se siente ser amada. Bueno, tal vez no la conozco demasiado; si ella me lo permite, podré descubrirlo mejor. Aunque hay un problema...
—¿Cuál es el problema? —preguntó Sebas, atento.
—Ella no me ama. Está enamorada de alguien más.
¡Auch! Se había sincerado conmigo, y al mismo tiempo podía escuchar cómo su corazón se rompía. Yo, en cambio, sentí como un balde de agua fría me despertaba del ensueño que me habían provocado sus palabras, su confesión.
—Creo que ella no tenía intenciones de romperte el corazón; no la conozco, pero sé que no sería capaz. Sos un gran chico, aunque al principio le diste otra impresión, pero con el tiempo eso cambió. Y está agradecida de que te hayas abierto así con ella, pero si ama a otro chico, no es porque no seas suficiente o porque no seas bueno para ella. Su corazón fue capturado hace un tiempo, antes de conocerte, y aún espera tener una oportunidad con ese chico —dije, mirando la mesa—. También creo que ella lo consideró en algún momento, pero tampoco quería arruinar la amistad con su mejor amigo; no quería echar a perder eso ni entrometerse entre ellos. Es desagradable, lo sé, pero estoy segura de que encontrarás a alguien más que te haga sentir como ahora.
—Sí, lo supuse. Gracias, Viqui.
—¿Victoria la conoce? Porque habla como si la conociera —preguntó mi hermano, pero Miguel no respondió, ya que Raúl lo interrumpió.
—¡No entendí nada! —Reclamó Raúl, molesto—. ¿Nos vas a dar su nombre o no?
—No.
—Amigo, estoy acá para lo que necesites. Pero igual, hay muchas chicas, y si ella no te valora, tenés que dejarla ir. Cuando se dé cuenta de lo que perdió, ya va a ser tarde —le aseguró Sebas—. Aun así, ¿por qué la besaste si no te amaba?
—Porque quería dejar en claro que la amaba, y que si tenía que esperarla, lo iba a hacer. Pero ya vi que no, que ella es feliz como está, lo cual me alegra, y espero que siga así, radiante como siempre. Que ningún chico le robe esa sonrisa que tanto me gusta.
Así se siente no ser correspondido. Y me dolía, me sentía mal, pero eso sí era algo sobre lo que no tenía control. No tenía control sobre sus sentimientos, y tampoco podía, de mi parte, tratarlo mal y desaparecer para que me olvidara. Le estaría haciendo un daño mayor. Las cosas no se arreglan dejando a alguien con el corazón o el amor en las manos; se arreglan hablando y dejando claras las cosas. Y yo con Miguel no quiero nada; con Mauricio quiero todo.
Esperé hasta que nos subimos al auto de mi hermano, ya que él lo llevaría a su casa. Cuando Sebas bajó a comprar un efervescente en la farmacia para su estómago, no dudé en hablarle.
—Fue muy lindo lo que dijiste ahí. Lamento no haber hablado antes con vos para aclarar todo esto. Mi intención nunca fue jugar con tus sentimientos ni lastimarte.
—Tranquila, Viqui, nadie se murió de amor. Con el tiempo uno sana y retoma su vida donde la había dejado.
—Eso suele decir mi amiga —confesé, regalándole una sonrisa—. Pero sí, tenés razón. Es así.