El estudio fue obligatorio durante los días restantes. Recuerdo que, al hacer la prueba de Biología sobre enfermedades infectocontagiosas, no sabía si mi mente iba a hacer cortocircuito; temía que me jugara una mala pasada y agregara fórmulas de logaritmos de Matemática, datos sobre la economía y el modelo agroexportador de 1880 de Historia, o la teoría de activos y pasivos de Contabilidad. Nos volvieron locos. Pero estábamos acostumbrados; aún faltaban meses para el último trimestre, y aun así nos metían presión. Era parte de la rutina. De hecho, siempre fue así, quizás desde que sacaron las materias divertidas como Artes Visuales, Música y Tecnología; fue ahí cuando pusieron las más serias, las que usaríamos en el ámbito laboral en el futuro.
Por otro lado, me fastidiaba saber que, mientras yo le dedicaba tiempo a cada examen —hasta lloraba por las noches pensando que un mal resultado podría terminar con mi mundo y se vendría todo abajo—, los demás lo hacían ver tan fácil, usando el machete delante de los profesores. Lo peor era que ninguno se daba cuenta, o quizás sí lo sabían y fingían. Y no ayudaban a nadie; era tan mala que, si me pedían algo, me hacía la ciega, sorda y muda. Por algo no todos se llevaban bien conmigo. No me confundan, yo no era la chica amable que te va a dar las respuestas, porque si te veo te voy a decir "arréglate como puedas". ¿Por qué tendría que ayudarlos? Ellos nunca hicieron nada bueno por mí. Discúlpenme, pero yo no vengo a solucionarles la vida, porque nadie lo hace por mí. Así que sí, se los repito: "arréglate como puedas".
¿Cómo podés decir eso? ¿Acaso nunca hiciste machete, Victoria? Sí, lo hice, en dos ocasiones, y desde que me descubrieron, nunca más. ¿Qué hubiera pasado si lo seguía haciendo? Amenazas y manipulaciones por parte de mis compañeros, porque, recordemos, yo era la "buena" y llevaba una vida diferente. La gente se aprovecha de los vulnerables, se creen con derecho a controlarte, como si fueras un títere. No me cabe duda de que se volverían expertos en hacerte sentir la miseria, la vergüenza y la humillación. Vivimos en una sociedad injusta; quizás esto sea lo de menos, y no podemos luchar contra eso porque podrías ser catalogada como la peor persona del mundo, cuando perfectamente no lo sos.
Haciendo un gran paréntesis, Mauricio sacó malas notas en algunas pruebas, y no le molestaba en absoluto; directamente guardaba las hojas en su mochila por semanas. De todos modos, él ya daba por sentado que no aprobaba el año, y quién sabe si hasta el recreo también se llevaba. No sé por qué hacía eso; él entendía cada contenido, era listo y no le costaba participar. Podría destacarse y no lo hacía. Creo que se sabotea a propósito, como quien está a punto de encontrar la felicidad absoluta, pero comete un error para fingir que no puede alcanzarla. Sin embargo, siempre te da la respuesta más simple: "me da pereza".
El preciado viernes a la noche fue nuestra escapatoria a todos esos pensamientos y responsabilidades. Fui a esa casa quinta; era pequeña por fuera y espaciosa por dentro, amueblada, con baño, cuatro habitaciones, cocina, sala de juegos y comedor. El patio era lo más hermoso: un camino de cemento, piedras y con plantas, bien iluminado, conducía a la pileta climatizada bajo techo, con ventanas corredizas.
—¡Bienvenida, Victoria! —me recibió Paula en la entrada, con un beso en la mejilla, en bikini y con una toalla en la cintura—. Dejá tus cosas donde quieras.
—Okey, gracias —dije, con una sonrisa forzada.
Dejé mis cosas en un sillón y observé a los que estaban en la pileta; eran cinco, y no conocía a ninguno. Otros seguramente estaban adentro.
—¿Te vas a quedar ahí o vas a entrar? —apareció Mauricio a mi lado, viendo que todavía no me había puesto el bikini para la pileta y tal vez acechando desde las sombras a los demás.
Verlos me hacía sentir fuera de lugar. Tenía ganas de irme, pero era demasiado tarde para arrepentirme.
—¿Alejandro no llegó todavía?
No sé qué iba a hacer sin Ale y Mariana. Estaba perdida.
—No, está retrasado. Pero como no hay horario de entrada ni salida, no es un problema —dijo, y no me había percatado de que su torso estaba desnudo y tenía su pantalón corto de baño, el pelo mojado y una bebida en su mano—. Si prometes cambiar esa cara y que vas a limpiar tu baba, te los presento.
—¡A mí no se me está cayendo la baba! —protesté.
—¿Ah, no? A mí me parece que sí, y justo por acá —lo dibujó en mi rostro, y le pegué en la mano para que dejara de burlarse. Él negó con la cabeza, al mismo tiempo que evocaba una sonrisa y se escondía detrás de su vaso bebiendo.
Después de eso, lo dejé solo y fui al baño a cambiarme, ya que llevaba el bikini puesto debajo de la ropa. No me gustaba exponerme, menos con desconocidos; era insegura con mi cuerpo, mis piernas, brazos y abdomen, que no era plano y tenía estrías. Me hice un rodete, me dejé la parte de arriba del bikini y abajo un pantalón corto negro, mis ojotas, y llevé mi toalla. Por suerte, me encontré con Lele en el camino, y le agradecí que estuviera ahí. Nos saludamos, esperé a que se cambiara, y me acompañó.
Entré lentamente a la pileta para adaptarme a la temperatura; a pesar del calor, se sentía bien el vapor del agua. Apenas daba pie, pero eso no me impidió acercarme al grupo. Estaban en una ronda esperándonos.
—Victoria y Alejandro —empezó a presentarlos Mauricio—, ellos son Darío, Emiliano, Joel, Matías, Natalia y Paula (a la que ya conocen). Lisandro iba a venir, pero le surgió algo.
—Un gusto —dijimos.
Los chicos me cayeron bien. Emi era morocho, de ojos marrones claros, cabello corto con tintura blanca en el jopo, estatura mediana, ceja izquierda cortada, piercing en la nariz; era carismático y gracioso. Matías y Darío eran todo lo contrario: altos, cabello castaño largo y despeinado, atléticos e intimidantes, ojos verdes; apostaba a que eran hermanos. Joel era petizo, robusto, pelinegro, ojos marrones; era enérgico, gran bebedor y nadador.