Lo mucho que odio amarte

CAPÍTULO 16

Besé a Mauricio Almada. Bueno, nos besamos. No lo podía creer; todavía estaba por los aires, tratando de aterrizar, y más Alejandro, que había vuelto y vio la escena. Se suponía que ya se había dado cuenta si no habíamos regresado, pero de todas formas no íbamos a durar mucho en la pileta, o no nos dejarían nada para comer. Nos separamos, y salí lo más rápido que pude; me envolví en mi toalla y fui al encuentro con mi amigo. Mauricio se quedó ahí, como hipnotizado, sin poder quitarme la mirada de encima. Se mojó el rostro y quedó unos minutos pensativo.

Una vez adentro, me sequé y me volví a vestir; ya había sido suficiente pileta por esa noche. Me senté con los chicos, y comimos las últimas pizzas. Nadie dijo nada sobre nuestra ausencia; quizás porque esas cosas son normales para ellos, además de que estaban en sus celulares o charlando. Lele no paraba de mirarme para que le contara todo, y le pegué en la cabeza varias veces para que dejara de hacerlo. Mi amado apareció poco después en el comedor; estaba mojado y descalzo, con la toalla alrededor del cuello, secándose los oídos y el pelo. Paula lo reprendió por estar así de tranquilo y desabrigado, ya que había comenzado a soplar un poco de viento fresco, así que lo mandó a cambiarse. Él no le hizo caso, tomó algunas porciones de pizza, las llevó en un plato, posó su mirada en mí, y se fue a quién sabe dónde.

Mientras ayudaba a limpiar, no pude evitar pensar en lo que podría pasar después de ese beso; mis inseguridades aparecieron en el peor momento. Me preguntaba qué iba a pasar ahora, si decidiría olvidar lo ocurrido y hacer como si nada hubiera pasado, si mi sobrepensar podían poner en riesgo nuestros sentimientos (si es que los había), si estar con él había sido un simple capricho, o, peor aún, si no estábamos listos para una relación. Fui al sillón de la sala de juegos, donde había dejado mis cosas, y comencé a guardarlas. Para mi suerte, lo vi llegar; esta vez estaba cambiado, con una remera larga y negra, y jeans gastados.

—¿Ya te vas? —preguntó desde la puerta, comiendo un pedazo de pizza.

—Sí, yo... —aclaré mi garganta, y él se limpió las manos y la boca—. Debería irme, no quiero molestar. Además, algunos chicos ya se están yendo; puedo aprovechar para decirle que nos alcancen a Alejandro y a mí, o a Joel, como me dijiste.

Se acercó hasta quedar muy cerca de mí. El espacio entre nosotros se redujo.

—¿Tenés miedo de quedarte sola conmigo?

—No —negué con firmeza.

—Entonces, ¿por qué estás huyendo? ¿De qué estás escapando?

—No estoy escapando de nadie.

—No estás siendo sincera como otras veces.

Su mano acarició mi mejilla y rozó sus labios lentamente con los míos. En una voz susurrante y seductora, sin despegarse demasiado, agregó:

—Quédate conmigo, Victoria, solo por esta noche.

¡Mauricio, no hagas eso, otra vez! Sabía que la propuesta era encantadora, y que solo me resistía a sus encantos porque no podía controlarlos.

—No quiero que me permitas quedarme. Si lo hacés, no voy a poder irme jamás, y no quiero que me lastimes.

—¿Por qué haría eso? Yo no te voy a lastimar. Quiero que te quedes —repitió, y me dio otro beso dulce—. Prometo hacerte el desayuno cuando despiertes.

—Ni siquiera sabés lo que me gusta.

—No hay problema, lo voy a descubrir. De eso se trata.

Me quedé, al igual que Natalia, Emi y los hermanos. A las dos y media de la madrugada, después de unas partidas de cartas y algunos tragos, Mauricio me llevó a una habitación, tomados de la mano. Nos acostamos; yo tenía mucho sueño, pero intenté mantener los ojos abiertos para disfrutarlo un poco más tenerlo a mi lado. Él apoyó el codo en la almohada y la mano en la cabeza, mientras acariciaba mi cabello con la otra.

—No pensé que fueras tan cariñoso.

—No pensé que fueras tan frígida —dijo, y yo tomé mi almohada y comenzamos una pelea de almohadas.

—¿Cuál es tu color favorito?

—Azul marino —respondió, haciendo una pausa—. ¿No era que sabías todo de mí?

—No era cierto. Nadie sabe todo de la otra persona —respondí—. El mío es el amarillo. Dejáme pensar a ver que más puedo preguntar... ¿Hay algo que no te guste comer?

—La mayonesa. Lo demás, como todo; no tengo problemas.

—¿La mayonesa? ¿Y cómo hacés con los panchos? ¿No le ponés nada?

—Sí, o no los como, o le pongo otro aderezo. Creo que soy alérgico; una vez me salieron manchas en la piel, y desde entonces no comí más.

—Tu caso sí que es interesante...

Sonrió, mostrando su hoyuelo. Sentí que estaba en el lugar indicado, con la persona indicada.

—Aunque se suponía que hablaríamos, yo aún tengo ganas —cambié de tema, poniéndome más seria—. Necesito que aclaremos algunas cosas.

—Está bien, te escucho —dijo, tomando mi mano y besándola.

Tuvimos una pequeña charla esa madrugada. Él no negó haber cometido errores en sus decisiones o en lo que me había dicho; sus palabras fueron sinceras, y me dijo que nunca había sido tan sincero como lo era conmigo. Me amaba, y eso es lo que importaba. Aunque quise aclarar qué pasaría a partir de entonces, quedó en suspenso. Él me dio a entender que seríamos pareja, pero mi mente me decía que dejara que todo fluyera; que lo que tuviera que pasar, pasaría. Que, mientras haya confianza y comunicación, nada podría fallar.

Luego hablamos de otras cosas que ya sabía, pero que ahora podía describirlo de otra manera. Mauricio Javier Almada, mi amado, era mozo con solo dieciséis años; le gusta jugar al fútbol con sus amigos, salir de fiesta, viajar, fumar un poco, manejar el auto de su primo como si fuera suyo, usar buzos lisos de colores, y pasar tiempo con su familia. Era tranquilo e independiente; no se abre a cualquiera, a veces omite sus pensamientos, actúa como lo tratan o como cree que debería, necesita su espacio, y que aprecien sus decisiones.

Físicamente, tiene labios delgados y pequeños, con un lunar mediano en la parte inferior. Tiene pestañas largas y cejas arqueadas y pobladas. Su cuerpo es delgado pero corpulento, porque gana masa muscular con buena dieta y poco ejercicio. Vive con sus hermanas Inés y Paola, su madre Roxana y su padre Andrés. El tatuaje debajo de sus costillas es por la muerte de su hermano mayor, quien falleció por neumonía y otras complicaciones inmunológicas en 2019.




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