Luego de aquel inevitable disgusto por su desaparición en la casa quinta, mi amado, se disculpó al otro día en clases. Hablamos algunas horas en el pasillo del instituto y, a su vez, aprovechaba a robarme algunos besos pegados a esas paredes, cuando nadie nos veía; ni profes, ni compañeros, ni preceptores, siendo uno de los lugares más transcurridos. Ahí también fue donde me prometió que no se iría la próxima vez sin antes avisarme. Y aunque me gustaría seguir hablando de cómo nuestro amor fue creciendo con el pasar de los días, a veces parecía que iba en decadencia. Casi a fines de octubre fue el cumpleaños de Mauricio; quise darle una sorpresa, quería celebrarlo con él, pero aquello no pasó. Supuestamente hizo algo pequeño con su familia y amigos, y yo no pude estar ahí por dos razones. La primera, mi mamá no sabía que estábamos saliendo, por lo que decirle que iría a su casa era demasiado evidente, como cuando le pedí permiso para ir a la casa quinta. La segunda, supuse que él la pasaría mejor así, sin que yo estuviera a su lado, ya que no había demostrado demasiado afecto en los mensajes que le había mandado. Y cuando están raros, mi mejor opción es dejarlos así.
Ahora bien, me voy a permitir adelantarme en el tiempo, solo a finales del mismo mes y casi principios de noviembre, para contarles algunas de las cosas más bonitas que había experimentado en mi vida, como nuestra primera cita, después de tanto. Antes no pudimos llevarla a cabo, no solo por su cumpleaños, sino por otro par de cosas. Supongo que la vida, o el destino, no lo quería. Había caído enferma y tuve que hacer reposo; tuve que asistir a la maratón de Mariana, en la que tuvo que correr 10 kilómetros y, como no hacerle el aguante a semejante reto; tuvimos alguna que otra salida de amigos, en donde Lele pudo conocer a Miguel y yo a Evelyn, la fulana de la que hace tiempo él estaba embobado y casi nunca hablaba. Aunque Evelyn fuera perfecta para él, creo que no podría conformarlo completamente, ya que cuando estábamos en la plaza del centro tomando mates, sus ojos no dudaron en posarse en un chico que cruzaba caminando. Sin embargo, opinar demás sin conocer está mal, y como no quería que pensara que inventaba cosas, preferí callarme y que me contara lo que tuviera que contarme cuando estuviera listo.
En fin, retomando la cita con Mauricio, fue muy romántico y se dio en un Bowling, donde pasamos el rato jugando a los bolos y compitiendo por quién ganaba más puntos. Nos encantaba competir. Esa tarde, me enseñó a jugar al pool (resultó ser todo un maestro, y yo malísima, pero al menos aprendí); hicimos karaoke e incluso algunas travesuras, como tocar el timbre de algún desconocido en el centro y salir corriendo. Me compró un collar con un dije grabado con nuestras iniciales y me lo colocó. Y luego acabamos en la Costanera a ver la creciente del río, el cual había acaparado gran parte de las zonas verdes y las de tierra del parque, hasta de los miradores.
Los de la represa habían largado un poco de agua, debido a que, en ese entonces, la represa estaba bastante cargada por las últimas lluvias que habíamos tenido, y luego yo había caído enferma, como antes mencioné. Y creo que debía dejar de ser tan sentimental, pero el amor nublaba mi visión y hacía que todo lo que Mauricio hiciera me llenara aún más. Hasta me emocioné en medio de ese desastre natural cuando me propuso ser su compañera de vida formalmente, ser pareja sin seguir escondiéndonos. Cosa que para algunos suena bastante meloso y tierno, sobre todo para aquellos que tienden a cerrarse y ser fríos y duros consigo mismos.
Ahora, ¿por qué en medio de una inundación me lo propondría? Quizás no significaba nada, pero como a mí me gusta apreciar paisajes, le encontraba sentido a todo. Y mi pensamiento no fue otro que quizás éramos eso: una inundación que arrasaba con todo, que era tan intensa, tan fuerte, que aún así tenía dificultades a veces para seguir adelante, para poder avanzar y dejar a un lado los pensamientos, los obstáculos y todo aquello que ponía traba a la experiencia de mi primer amor. Además, éramos la representación de un desastre natural, el caos... o quizás simplemente porque no había lugares abiertos a esa hora y justo llegabamos para uno de los acontecimientos que se repetían en algún momento de cada año, por la lluvia o por algún inconveniente con el funcionamiento de las turbinas de la represa. Aun así, eso no quitaba el hecho de que deleité cada pequeña cosa que hizo y que estuviera a mi lado.
—¿En qué pensás cuando me ves? —inquirí, curiosa.
—Desde ya que no en el futuro; no sabemos qué nos espera, y anticiparnos podría hacernos desear que todo ocurra con rapidez. No necesitamos que todo ocurra ahora, puede esperar. Entonces, diré que solo pienso en el ahora, en el presente, en el poder que tendrá el tiempo, en el permitirnos recrear y generar nuevos momentos. Seguir compartiendo las mañanas, los recreos buscándonos, uno al otro para hallarnos, y el pasillo, ese en el que al final de cada adiós me gusta dejar mi marca en tu piel. Los atardeceres, los que aún nos quedan por presenciar, y los sitios que aún nos faltan explorar. Las noches, cada una de ellas, las más frías y las más calurosas, un cuarto y un techo en donde quepamos ambos, tu ropa... mi ropa. La fantasía, la típica de los "te amo" debajo de la lluvia, los apodos tiernos, las llamadas telefónicas hasta la madrugada, las caricias, las sensaciones, lo diferente, lo atrevido, lo verdadero. Y en lo absoluto, todo lo relacionado a vos, Victoria. Pero, más que nada, en nosotros, así de a dos, así en plural.
—Me encantás. Y deberías hacer declaraciones de amor más seguido; te sale muy bien —dije, burlándome; él soltó esa risita ronca con el chillido agudo que tanto me gustaba escuchar.
Me acompañó hasta la parada del colectivo para regresar a casa. Lo invité a que se quedara; quería presentárselo a mi mamá y a la familia. Nunca lo había visto tan nervioso, pero se terminó quedando.