Lo mucho que odio amarte

CAPÍTULO 18

Una semana, unos días, quizás unos cuantos más, mi madre estuvo circunspecta luego de mi confesión. A veces lograba verla con la mirada apagada, ausente y desorientada. Eso me generaba un gran rechazo de su parte. Su hija estaba creciendo y hubiera preferido que la presentación de su novio sea en otra ocasión, tal vez a los veintidós años y no en ese entonces. Y a mí también me generaba un pesar, un malestar en el pecho, por su pensar, porque de alguna manera me dolía crecer, en el sentido de dejar de ser una niña para pasar a ser una adulta, como ella lo veía, y que tendría algunas cosas de las que me debía preocupar y cuidar. Y lo que ella sentía, eso me hacía entenderla aún más, ese sentimiento raro en el pecho en donde los hijos crecen mientras los adultos envejecen. Y nadie quiere envejecer.

Como dijo mi padre: "tenemos miedo" y eso es, miedo a soltar. Miedo de dejar a quienes amamos en las manos equivocadas. Miedo a que se aprovechen de nosotros y nos lastimen. Vivimos constantemente con miedo. Puedo poner como ejemplo casos similares, como aquella vez que aprendí a andar en bicicleta sin las rueditas y temía caerme, aterrizar en el pavimento y rasparme las rodillas. O cuando quise treparme a un árbol, como mis primos lo solían hacer, y una vez que estuve arriba no quise bajar porque estaba muy alto; le temía a las alturas y con un mal salto, podría doblarme el tobillo. O como la vez que me caí en una planta llena de ortigas, la piel me ardió y se enrojeció, me llevaron de inmediato al hospital y rogué que ese día no fuera mi fin. Bueno, está bien, dejemos en claro que me caía o me lastimaba con facilidad y había un poco de exageración en el proceso. Pero este miedo, era diferente, eran los miedos de mamá y papá, de su hija y de su novio poco conveniente.

Aunque no todos los padres o hijos actúan de la misma manera, hay quienes preferirían ser independientes y alejarse de ellos. En mi caso, si lo hacía, me ahogaba en un vaso de agua, porque sola, no podía. Y yo quería seguir creciendo a su lado, que aún me tomaran de la mano al cruzar la calle o cuando me encuentre en mi momento más deplorable. Amaba a mis padres con mi vida y eso no cambiará, a pesar de que a veces sean un poco injustos o por más que ahora otra persona me estaba esperando al salir del instituto. Sin embargo, nunca estamos solos, hasta que queremos estarlo.

El día que Mauricio se volvió a presentar en mi casa y pudo conocer a mis padres, fue un momento muy incómodo:

—Mauricio, te presento a mis padres —le dije yo a mi amado.

—Un gusto conocerlos, señor Walter y señora Renata —respondió él.

Mi padre se acomodó sus lentes para verlo mejor y le estrechó la mano. Mi madre realizó la misma acción, con la mandíbula tensa y la sonrisa forzada.

En noviembre no había forma de aburrirnos. Una tarde, me llevó a merendar, me regaló flores de diferentes tonalidades y nos quedamos en casa viendo películas de Marvel. Otro día, vimos dibujos animados de nuestra infancia, bailamos vals (como aquel que practicás para tu fiesta de quince años) y videos en pareja. Además, me ayudó a pintar en el taller, aunque solo hiciera un círculo con palitos porque no tenía conocimiento, para que después de tanto trabajo termináramos con una guerra de colores. No hay mejor manera para describirlo: semanas enteras con el itinerario lleno.

En efecto, hubo tensión, pasión y afecto, sobre todo peleas que dejaban en evidencia nuestra rivalidad cuando no estábamos de acuerdo en algo y que, por supuesto, nos encargábamos de mantener pero siempre en joda. Sin dudas, hubo mucho amor y fuimos testigos de los sentimientos intensificados del corazón, de las expediciones de nuestros cuerpos y sensaciones. Me mostró sus lugares favoritos, me enseñó rincones, conocí sus músicas, sus comidas favoritas, fantaseamos, fantaseamos con llamar a nuestros padres suegros y suegras, con llamar a nuestros hermanos y hermanas cuñadas y cuñados, nos hicimos bromas, nos descubrimos. Al menos hasta ahí, todo funcionaba de maravilla, todo estaba perfecto. Y como no siempre todo era enteramente de color rosa, porque pronto eso se acabaría, y los días y meses que vendrían serían los peores...

Para mitad, casi terminando noviembre, se venían muchas cosas, como la fiesta entre mi curso con el último año, lo cual fue una de las pésimas decisiones que tomé: meterme con la organización de esta y querer que cambien de parecer. Para ponerlos en contexto, surgió de la siguiente manera: estábamos buscando algún lugar indicado para despedir al sexto año y sabíamos que llevarlo a cabo requeriría de muchas cosas, como plata para los gastos de comida, bebida, música, etc. Siempre trataba de no opinar, solo escuchar para que cuando llegara el momento, ponga lo que hiciera falta y listo. Y si creía que todo sería como la feria, aquella vez que no tenía ganas de ir, esto fue muy diferente, no se comparaba a nada.

¿El problema? La plata, mi indecisión de ir o no ir, mi opinión, absolutamente todo. Pero vamos a aclarar que era lo que pasaba con la plata, caso que sucede de forma recurrente: nunca alcanzaba para lo que querían, siempre había pérdidas por el camino y el sitio para nada era el más seguro. Aunque ese no fue el más grave, fue la seguridad, el lugar a donde querían realizar esa despedida, lo que le sumaba todo lo enumerado anteriormente. A este punto, se armó todo un caos, una discusión sin fin y yo ya me había exaltado, me habían sacado de quicio, colmaron mi paciencia y sacaron a la Victoria que tanto ansiaban.

A partir de entonces, fui la destructora, la perniciosa, la aguafiestas y pesimista, hasta la divisora de amistades. ¿Acaso eso no contrasta nada a quien era y cómo era en realidad, no? Obvio que no, pero para ellos lo era, era eso y mucho más. Todo eso, solo por compartir mi humilde opinión y cantar verdades que nadie quería escuchar. No voy a repetir las palabras que salieron disparadas de mi boca por el enojo, solo aclarar que la estafa se olía a kilómetros de distancia y nadie quería aceptarlo, ni mucho menos que los adultos se enteraran y eso les impidiera seguir con la organización. Y después saltaron con argumentos sin coherencia, sin sentido, porque no les importaba si era una trampa y si acababa en desdicha.




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