Se fue. Se fue de todas las maneras que podría haber y tal vez nunca lo volvería a ver. La reconciliación, o lo que se supone que era, y ese beso, no duraron mucho. Estuvimos algunos días que sí y que no, estando y no al mismo tiempo, que todo terminó quedando ahí, acabado y en la nada. Y otra vez, me di cuenta de que no debía haber insistido tanto en que se quedara, en que se quedara a mi lado. Y él nunca tuvo las agallas para decirme qué era lo que pasaba conmigo, por qué esa forma de comportarse, por qué esa forma de tratarme, por qué desaparecer como si nada, por qué ignorar mis mensajes y llamadas como si lo nuestro nunca hubiera existido. Su partida me había dejado muchas preguntas y todo había sucedido a pocos días de que las clases acabaran y entráramos en vacaciones de verano.
Así que sí, preparó su valija y se dirigió a la terminal con sus padres, abandonando todo. Cuando quise detenerlo ya era tarde. ¿Se imaginan lo doloroso que fue saber que se marchaba, que acababa con lo poco de esperanza que me quedaba, que acababa con todo y que ni tuvo la intención de despedirse, de explicarme las cosas? Fue lo peor. Si antes estaba destrozada, ahora lo estaba aún más. Y lo sabía, yo sabía que algo andaba mal, que hacía tiempo estaba raro. Debí haberle hecho caso a mi intuición, debí haberme dado cuenta y leer las señales que me lo indicaban, que me indicaban que nada sería como antes y ya no volvería a funcionar.
-Ah, ¿no te enteraste? Mauricio repitió por segunda vez el año escolar y ni rindiendo las materias que le quedaban, pudo salvarse -comentó Paula el día que fui a su aula y me la crucé, en el intento de encontrar a Mauricio-. ¿Qué raro, no? Es tu novio y no te lo dijo. Bueno, era, porque se fue.
Sus palabras resonaron una y otra vez en mi cabeza. Resulta que si repetís por segunda vez, te quedás sin banco y eso requiere tener que buscar un nuevo instituto para seguir tus estudios. Salvo que no esté interesado en ellos y quiera dedicarse a hacer otras cosas. La verdad no lo sabía, nunca pudimos hablar bien con Mauricio y se suponía que lo fundamental en la relación era la comunicación. Y siempre que trataba de hablar con él sobre sus estudios, poco le importaba, no le gustaba que se lo mencionara, no quería responder, a veces cambiaba enseguida de conversación o saltaba con el "no me presiones, estoy en eso". No obstante, para que comprendan mejor, voy a retroceder unas semanas a los hechos.
Nos invitaron al cumpleaños de Belén en un salón hermoso. Yo esperaba la llegada de Mauricio, no a horario, porque nunca lo hacía, pero que sí esté presente. Le dije a Ale que le escriba, que le preguntara si vendría, porque aún seguían raras las cosas entre nosotros. Y mi amado, lo único que le contestó fue "¡Hola amigo! Estoy de viaje, lo siento, no voy a poder ir". ¿Cómo no alterarme con eso? ¿Se iba sin decirme nada? ¿Otra vez me abandonaba? Y viéndolo así, quien te abandona una vez, no dudará en hacerlo de nuevo.
Era de noche, bastante de madrugada, había bebido demasiado, a causa de que nunca llegó y también porque nos divertíamos. Aun así, quise salir de la fiesta e ir a buscarlo. Por lo que, llamé a Sebas, el cual me levantó de ahí y condujo hasta la terminal. Si podíamos alcanzarlo, podía detenerlo.
No pude. Cuando bajé del auto, el colectivo estaba en movimiento. Me fijé alrededor, en las ventanillas, y lo vi, sentado en el primer piso con la mirada perdida en su celular. Lamenté mucho no haber podido estar antes, para que al menos me explique el viaje tan repentino que decidió hacer. Paula había mencionado que era porque se iba de vacaciones, que no sabía cuándo volvería, pero también se inventaba cada cosa y no le di demasiada importancia. Además, en ese momento, carecía de información a pesar de la de Paula, como a dónde iba o qué haría, cosas que ni a sus amigos les había contado.
A Lisandro, quien me lo encontré comprando en el kiosco cerca de mi casa, le consulté si sabía algo. Él supuso que iría a Buenos Aires o tal vez a Paraná, pero nada más que eso. Con Joaquín ni hablé, hace mucho que estaban peleados y enterarse de eso, hasta lo haría alegrarse de que así sea. En cuanto a Natalia, Matías, Emi o alguno de los demás chicos, no tenía cómo comunicarme con ellos, apenas sabía sus nombres.
Entonces pensé, ¿siempre hubo alguien más? ¿Otra mujer? ¿Quién era? ¿Sucedió durante octubre? ¿Noviembre? ¿Era necesario irse porque repitió de año? Los interrogatorios jamás tuvieron un justificante o alguien que viniera y me lo confesara todo. Me quedé con la duda por mucho tiempo y me volví un mar de lamentos.
-Tranquila, yo te voy a ayudar a sanar -dejó asentado Miguel cuando se lo conté. Aunque seguramente no fue su intención y yo lo había malinterpretado.
Aun así, no, a mí nadie me iba a sanar. Yo misma lo iba a hacer. No quería que alguien más curara mi dolor, mi corazón roto, por el chico que me dejó. No quería que me tuvieran lástima o pena, porque esas eran las consecuencias del amor, esas eran las cosas con las que tendría que lidiar por andar con Mauricio Javier Almada, el chico de los malos hábitos, quien llevaba un estilo de vida muy diferente a la mía y la acepté de todos modos. ¿Saben por qué? Porque a mí no me servía curarme con las segundas opciones, si no fuiste capaz de elegirlas al comienzo, ahora menos lo vas a hacer. Además, nadie quiere ser la opción de nadie. Tienen que amarnos tal y como somos, así de lleno, con los brazos bien abiertos, a la primera y sin rodeos.
A partir de entonces, emprendería un viaje más largo del que mi amado había hecho. Uno en el que me levantaría todos los días sin importar qué, en el que aprendería de todos los errores que ambos habíamos cometido, de los tropiezos y los daños causados, de absolutamente todo.
No iba a negar que hubo meses en los que me rompí y tuve que seguir adelante, en especial el año siguiente, aquel en el que sería el último para mí y no lo compartiría con él, como solíamos hacer. El timbre tocaría y ya no volvería a buscarlo por el pasillo, el patio, su aula que daba a la biblioteca, el salón de actos, las clases de Educación Física, su mirada. Sobre todo su mirada. Ya no me comportaría como una rebelde para que me notara, ya no iría al kiosco a comprar chicles con la excusa de verlo, ya no habría más castigos, no más llamados de atención al despacho del director, ventiladores rotos ni corridas por las escaleras. Nada volverá a ser como era antes.