Lo nuestro no puede ser romance

2. Andrew: Estando al piano la vi

—¡Andrew!

La voz de mi madre me llega antes que su cuerpo, porque es que ha entrado sin llamar, como siempre.

Y, por lo tanto, ello hace que detenga mis manos bruscamente sobre las teclas del piano.

—mamá, sabes que no me gusta que entres a mi cuarto así —le reclamo, pero ella parece no hacerme caso; en su lugar, espera una respuesta de parte mía—. ¿Qué quieres?

Sin molestarse en responder a mi reclamación, ella anuncia.

—Vamos a salir, hijo. ¿Seguro que no quieres venir? Iremos con tus hermanos un rato a pasear en bicicleta por Bocagrande, y luego quizá les compremos helados y pizza.

—Gracias por tu invitación, mamá, pero no, gracias —le contesto, negando con la cabeza y mirando las teclas del piano vertical que está delante de mí—. Ya te lo dije cuando estábamos almorzando, y espero respetes mi decisión, no quiero salir. Prefiero quedarme practicando, y leyendo la biblia. Además, le prometí a mi Luisi que después de que yo terminara de hacer eso veríamos una película juntos por WhatsApp.

Mi madre me mira, alzando una ceja, y luego su expresión se vuelve triste; pasa de la sonrisa dulce que traía a una mueca seria, pero al final suspira y se encoge de hombros.

—De acuerdo, cielo. Pero sería bueno que salieses con nosotros de vez en cuando, no siempre es bueno que te quedes aquí encerrado.

—Ya sé, pero hoy no quiero —murmuro, sintiéndome algo incómodo, y presiono sin querer una tecla al azar.

—Como quieras —mamá vuelve a suspirar, resignada, y me da un beso en la mejilla antes de irse.

Yo la observo mientras se da la vuelta, dándome la espalda, y camina hacia la salida de mi habitación, para luego desaparecer de mi campo visual, aunque no sin antes dejarme la puerta entreabierta, —odio cuando hace eso—, y, justo después, termina perdiéndose hacia las escaleras para disponerse a bajar la misma, con el fin de reunirse con mi padre y mis hermanos.

Y sé cuando llega abajo, porque pese a que estoy en mi cuarto, escucho lo que dicen en el piso inferior, —amortiguado, claro—, pero igual es entendible.

La primera voz que oigo es la de mi hermano del medio.

—¿No viene?

A los pocos segundos, mi madre, quien ya ha terminado de descender los últimos escalones, le responde.

—No, cariño. Dice que tiene que estudiar.

—Siempre dice lo mismo.

Ese que habló es mi hermano menor.

—Sí, él pareciera que siempre tiene tiempo para estudiar en el piano o la biblia, pero nunca puede sacar un rato para nosotros.

Imagino a mi hermano del medio, Brian, rodando los ojos con fastidio, y sacudiendo la cabeza, algo muy típico en él.

—Curioso que se encierre tanto en el estudio, y sin embargo, en la escuela no le va muy bien.

De nuevo, mi hermanito menor.

—Dios, que se vayan ya, quiero volver a practicar la pieza de Corazón de niño, de Raúl di Blasio…

—Eso es porque no sabe organizar su tiempo. Siempre tiene espacio para los amigos, su novia, la música y la iglesia, pero parece que para lo más importante que se tiene en la vida, que somos su familia y formarse para entrar a la universidad, no tuviera ni disciplina ni ratos libres.

Ese quien acaba de hablar, ha sido mi padre, y tras su comentario, decido que ya no quiero seguir oyéndolos más.

Motivo por el cual, me levanto bruscamente de la silla del piano, y sin asomarme, pateo la puerta con el pie izquierdo, haciendo que esta se cierre del todo con un golpe seco y cortante que tengo la plena seguridad de que resonó en toda la casa.

Y, probablemente, los sobresalté, pero a mí no me importa.

Estoy harto de que vivan a todas horas hablando de mi persona, y encima lo hacen como si yo no pudiera oírlos desde acá arriba.

Sus palabras me hieren en cierto modo, no solo porque tienen razón en que no sé distribuir mi tiempo, sino porque también me siento incomprendido por ellos.

O sea, ¿qué le ven de malo al hecho de que me quede en casa?

No me gusta salir, eso es todo.

Cosa que, en un adolescente de mi edad, no es normal, pero estoy aburrido de las multitudes, suficiente tengo con aguantar toda la fama que ya poseo a nivel nacional e internacional como para andar firmando autógrafos a toda persona que me cruce por las calles o locales de la ciudad porque a mi madre le da la gana.

Además, sí es cierto que, desde que me convertí al cristianismo, —ellos son católicos—, ya casi no les dedico tiempo, me he aislado, pero porque quiero estudiar la biblia, alimentar mi alma, y lo demás, que pase a un segundo plano.

Ya sé, no es lo más sano, especialmente porque en el fondo, y pese a que sus comentarios me ponen de mal genio, sé que tienen razón y que los estoy descuidando, pero ya sacaré momentos para estar con la familia y mejorar en la escuela, donde, me esfuerzo, en serio que lo hago, pero con tantos conciertos que he tenido últimamente, no tengo casi tiempo para dedicarme a las tareas.

Por lo menos, mis profesores en ese aspecto han sido comprensivos, y al final, optaron por enviarme talleres para ponerme al día, los cuales, gracias a Dios, sí he podido completar y entregar más o menos a tiempo, aunque siempre con algo de retraso, y por desgracia, también bastantes equivocaciones, algunos los termino aprobando apenas, pero los otros los acabo perdiendo por tener respuestas incorrectas o inconclusas.




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